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ESCRITO AL RASO

El verdadero periodismo de Manuel Alcántara

David Felipe Arranz
lunes 25 de octubre de 2021, 20:08h
Actualizado el: 26/10/2021 09:58h

La Fundación Alcántara, que guarda la memoria de uno de los grandes cronistas que en el mundo hispánico han sido, ha celebrado estos días pasados su VIII Congreso Internacional de Periodismo, que han codirigido al alimón el periodista, escritor y último Premio Nacional de Periodismo Cultural Guillermo Busutil y el profesor de la Universidad de Málaga Agustín Rivera Hernández, experto máximo en las crónicas boxísticas del maestro Alcántara en el diario Marca, entre 1967 y 1978, cuando éramos todavía algo en el oficio.

Recomendamos los poemarios Manera de silencio (1955), Plaza Mayor (1961), La mitad del tiempo (1972) o Este verano en Málaga (1998), amén de sus recopilatorios Fondo perdido (1997), Vuelta de hoja (1998) o el más reciente La edad de oro del boxeo. 15 asaltos de leyenda (2014), para quienes aún nos e hayan enterado de quién fue (y es hoy) el malagueño Manuel Alcántara (1928-2019) o el periodismo quintaesencial y resplandeciente de palabras percutidas en su Hispano Olivetti. El desembarco en la vida de los periódicos de aquellos periodistas supuso la ulterior conquista de los bienes democráticos de la opinión pública española. Pero la desmemoria y las prisas, como todo lo que se precipita, se ha vuelto tacaña con sus padres putativos. Así que por entropía y distopía, en vez de cuidar del legado de nuestros pasados, nos entregamos a la voracidad de los “influencers” y otras especies televisuales y de esta vaina. Lo audiovisual nos vende la cosa por la cantidad de “likes” o “followers” que se tenga, ya lea o escuche uno las tonterías que le dicen algunos.

Don Francisco de Cossío, que de periodismo sabía un rato, dijo que las cosas de alguien, cuando ese alguien muere, quedan como dormidas. El caso es que Busutil, que es un sentimental, amén de un dignísimo heredero de don Manuel, ha montado este tinglado maravilloso para resucitarle esas cosas suyas, actualizarlas en plan siglo XXI y reivindicar el periodismo que fue –y que se fue–, del que quedan unos pocos, como Manuel Vicent, que le puso el broche de oro a unos trabajos con sus días por los que se vio pasar a Sergio Vila-Sanjuán, Gerardo Sánchez, Blanca Berasategui, Antón Castro, Marisol Galdón, Jesús García Calero, Alejandro Luque, Berna González Harbour y demás gentes de nivel. Lo que allí ha salido, durante las jornadas, es la empática propuesta de que el sistema este que nos sacude le preste más atención y mejores soldadas a los chicos de la prensa.

Porque el político cree que el ciudadano es tonto y que nos vende sus ideas o descerebramientos, según, entre la nostalgia y el programa, el gesto y la verborrea. De manera que lo que Busutil, Rivera y nuestros compadres demandan y el sistema hostiga es una dignidad del reporterismo, del columnismo, del cronicón sentimental, vaya, con sus avances del Big Data y otros amaneceres digitales, por supuesto. Pero ya sabemos que la tecnología sin un profesional de la información es pura farfolla de fenicio, de los que hay tantos en esto, tan enemigos de las antiquités de las buenas letras, las buenas gentes en general y las tertulias de vermú con sifón, que es donde nacen los mejores reportajes, como sabía García Márquez. O sea, que no existe el periodismo ideal, el periódico ideal o el lector ideal, pero sí las buenas intenciones y la necesidad de apoyarnos los unos a los otros, visto el estropicio. La Fundación Manuel Alcántara, por resumirlo, cuida del periodismo esencial y sentimental en un clima desapasionado, tecnocrático, mediocrático, efebocrático y neurótico como el actual, sin beligerancias y acogiendo a derechas y a izquierdas en este mundo asfixiados por los amos de monopolios, trust y demás. Alcántara estaba ya en el periodismo antes de existir, y Busutil y Rivera Hernández estaban ya en Alcántara porque lo conocieron y porque aprendieron de él.

Ya escribió Juan Ramón: “Qué quietas se están las cosas y qué bien se está con ellas”. Lo decimos por lo de revolucionar esta profesión e inventar la pólvora, como algunos quieren, porque la esencia de contar una buena historia y de publicar aquello que a los poderosos irrita —“Una noticia es publicar aquello que alguien no quiere que se publique. El resto son relaciones públicas”, que parece que dijo E.L. Edwardson, del Chicago Herald–, es siempre valedera. Ahora nos venden por anticipado las delicias del periodismo 360º, donde a uno ya solo le falta repartir lo que ha escrito a las seis de la mañana a los pocos kioscos que aún siguen en pie. Todo se andará, Amore.
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