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Sor Morfina

Laila Escartín Hamarinen
miércoles 17 de septiembre de 2008, 21:29h
Desde hace ya unos años, ver las noticias en la televisión se ha convertido en un castigo para mí. No sólo porque la mayoría de las noticias que dan son estúpidas y carecen de interés (sucesos, chismorreos de viejas y demás necedades que no contienen el peligro de incitar a nadie a pensar sobre algo relevante), sino también porque corro el riesgo de tener que ver y escuchar al presidente del gobierno o a alguno de los miembros (o miembras –a lo políticamente híper-correcto –) de su incompetente gobierno. Según la opinión general, todos los políticos son corruptos y deshonestos. Siempre es insensato tomarse una generalización como una verdad absoluta, y de todos modos unos políticos lo son más que otros, y algunos no lo son en lo más mínimo, y muchos otros son cultos, instruidos y talentosos, y tienen el bien de la nación como fuerza motora de sus actos. Lo que me pone enferma de ver y oír a los miembros (¡y miembras!) del gobierno actual, no son sólo las memeces y vacuidades que pronuncian con cara seria, sino las mentiras que sueltan sin parpadear, o con una sonrisa diabólica dibujada en los labios. Una mentira es un insulto a la dignidad y a la inteligencia del que la recibe; y una mentira tiene graves consecuencias, ya que termina afectando el sentido de la realidad del que la pronuncia y del que la oye, a parte de ser un acto de cobardía, irresponsabilidad y fealdad. La mentira nos aleja de la realidad, no es pragmática, porque confunde, entumece y crea adicción: Dime, Sor Morfina, ¿cuando vuelves por aquí?

¿Por qué nos miente el presidente del gobierno? El hombre tendrá sus razones; podemos especular sobre ellas, pero como no estamos dentro de su cabeza, nunca sabremos a ciencia cierta sus motivos. Sin embargo, como observadora deduzco lo siguiente: el presidente del gobierno ha sido criado en una cultura en la que comúnmente los padres y educadores mienten a los hijos; por lo tanto, no es sorprendente, que el presidente mienta a los ciudadanos con el objetivo de caerles bien, de no ser criticado por ellos, y de no perder su codiciado puesto de poder. Lógico. En España casi todo el mundo miente sin sentirse mal por ello. Escena 1: Mamá y Juanito pasan por un kiosco.‘Mamá, ¡cómprame caramelos!’ ‘Ay, hijo, no puedo, no tengo dinero. Otro día’. Cinco minutos después, Mamá paga con dinero la compra en el súper. Escena 2: Ha muerto el Abuelito. Juanito pregunta: ‘¿Dónde está Abuelito?’ Mamá y Papá responden: ‘Abuelito está malito en el hospital y no vendrá en muchos días’. A Abuelito lo entierran sin que a Juanito le informe nadie de nada, y semanas después, repentinamente y de pasada, le cuentan a Juanito que Abuelito se ha ido al cielo con los angelitos. Mentiras piadosas, verdades no contadas o contadas a medias, ¡ah, eso no cuenta, eso no son mentiras! En España las mentiras están aceptadas socialmente; el que no miente ni engaña es tonto, ingenuo, un pobre inocente, sólo hay que leer El Lazarillo de Tormes para descubrir que esta actitud prevalece desde hace siglos. ¿Qué o quién es responsable de este afán por las mentiras? ¿El catolicismo? ¿El clima benigno? ¿La mezcla de pueblos a lo largo de la historia? Tema complejo y confuso. Lo que sí está claro, es que en Finlandia por ejemplo –país que conozco bien por tener madre finlandesa –, la mentira no está bien vista socialmente, el que es pillado por mentiroso se convierte casi en un paria de la sociedad; allí no es de listos mentir, y todavía hace 50 años, algunos padres castigaban con el cinturón al hijo que descubrían mintiendo: la lección nunca se olvidaba. No quiero ponerme moralista, pero mentir no ayuda a nadie a hacer las cosas bien, porque la realidad se deforma, los problemas se ignoran, y si ignoramos los problemas que realmente aquejan a la sociedad (o al individuo), nunca podremos reaccionar adecuadamente a ellos, y menos aún solucionarlos. La próxima vez que Papá o Mamá tenga la tentación de mentir a Juanito, que se piense dos veces si en un futuro se sentirá muy orgulloso de que su Juanito se haya convertido en un mentiroso presidente del gobierno. Ya lo cantaba Lou Reed: You’re going to reap just what you sow.
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