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CRÓNICA

Ópera para toda la familia en el Teatro Real con La Cenicienta, de Pauline Viardot

lunes 22 de noviembre de 2021, 16:16h
Se trata de una nueva coproducción, concebida como “ópera-estudio”, que el Teatro Real ha estrenado el pasado fin de semana y que contará con seis funciones matinales destinadas a las familias y los colegios. En ella han participado, además de Teatro Real, el Teatro de la Maestranza de Sevilla, el Teatro Cervantes de Málaga y la Fundación Ópera de Oviedo.

Familias amantes de la ópera pudieron asistir el pasado fin de semana al estreno de La Cenicienta, con música y libreto de Pauline Viardot (1821-1910). Viardot fue una cantante de ópera y compositora de la que Franz Listz vino a decir -con bastante desconocimiento en este punto de la historia musical- que, por fin, el mundo de la composición había conocido una mujer de talento. Hija del célebre sevillano Manuel García -1775-1832- (el primero en llevar la ópera a Estados Unidos y que hizo de su familia toda una compañía operística) y de Joaquina Sitchez -apodada “la Briones”-, Pauline debutó a una edad tempranísima en el rol de Desdémona del Otello verdiano. Fue hermana de la mítica cantante conocida como María Malibrán, fallecida a los 28 años de edad en la cumbre de su fama (ambas fueron García de nacimiento, pero el apellido que las hizo famosas fue el de sus respectivos maridos), a la que parece que Pauline no logró igualar en voz, pero sí en cualidades dramáticas e intelectuales. El hermano de ambas fue el célebre barítono y profesor de canto nacido en Madrid conocido como Manuel García, que fue profesor del Conservatorio de París - puesto que dejaría para aceptar un cargo en la Royal Academy of Music de Londres-, inventor del langiroscopio y autor del célebre Tratado completo del arte del canto, aún hoy la principal obra de referencia escrita sobre este difícil oficio. Pauline también fue profesora de canto y compuso música para sus alumnos: éste fue, según ella misma declaró en una ocasión, el objetivo de tu tarea compositora. Viardot impulsó la carrera de figuras tan célebres como Massenet, Gounod o Fauré.

Su Cenicienta (Cendrillon) estrenada en París en 1904 cuando la compositora contaba ya con 83 años de edad, es una ópera de cámara de pequeño formato – de una hora de duración- que el Teatro Real presenta estos días en el contexto de la recientemente estrenada obra homónima de Rossini, coincidiendo además con el bicentenario del nacimiento de nuestra autora. Se trata de una obra deliciosa con una música al estilo de la época muy bien construida, que deja constancia del enorme talento de esta extraordinaria mujer, que llegó a cantar acompañada por Fréderic Chopin en las veladas a las que fue invitada por la amiga de éste, la famosa escritora George Sand -pseudónimo masculino de la andrógina escritora romántica francesa Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant-, que además hizo de Pauline el personaje protagonista de su novela El Consuelo.

El argumento de esta pequeña ópera es una adaptación cómica y divertidísima del célebre cuento de Charles Perrault, en el que la madrastra es sustituida por un padre torpe, desgarbado y ambicioso, al igual que en la ópera rossiniana de igual título. La ópera está dividida en tres breves actos en los que la voz cantada alterna con la hablada. En la coproducción que ahora presenta el Teatro Real la dirección musical corre a cargo del pianista Francisco Soriano. Guillermo Amaya es el director escénico y quien ha adaptado el texto original al castellano. El público más pequeño disfrutó de lo lindo con la brillante puesta en escena de esta coproducción, que Amaya aproxima al vodevil (todo transcurre en el mismo pequeño escenario, donde los objetos tienen dos caras, que se giran dependiendo del lugar donde transcurran los hechos: una cara elegante o palaciega y otra mediocre, en casa del padre de Cenicienta.

Como Cenicienta cantó Juliane Solzenbach Ramos, una soprano lírico-ligera con una bella voz y buena proyección que demostró dominio de los agudos y de la coloratura. A su lado, el barítono Ramiro Martuana (el barón de Pictordú) demostró también una excelente proyección y técnica de canto dentro de su cuerda.

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