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Novela

Irvine Welsh: El artista de la cuchilla

domingo 28 de noviembre de 2021, 22:26h
Irvine Welsh: El artista de la cuchilla

Traducción de Francisco González, Laura Salas Rodríguez y Arturo Peral. Anagrama. Barcelona, 2021. 264 páginas. 19,99 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Soledad Garaizábal

Vuelve a la carga el escritor escocés Irvine Welsh (Edimburgo, 1958). El autor de Trainspotting (1993), conocido internacionalmente desde que Danny Boyle adaptara su novela al cine y dejara a medio mundo conmocionado con las aventuras (y terribles desventuras) de un grupo de jóvenes adictos a las drogas, ha jalonado su trayectoria literaria a base de historias para no conciliar fácilmente el sueño. Irremediablemente, el lector siente una enorme satisfacción de no pertenecer a esos mundos, aunque también una irrefrenable curiosidad por saber en qué acaban estas excursiones al hampa, así como cierta simpatía por algunos de sus personajes, que parecen mantener milagrosamente el equilibrio, y hasta desarrollar un depurado estilo personal de supervivencia, instalados de forma permanente en los milímetros más afilados de la navaja.

Después de Trainspotting vinieron otras muchas -Acid House, Éxtasis, Escoria, Porno, Secretos de alcoba de los grandes chefs, Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo, Crimen, Col recalentada, entre otras-, además de guiones y obras de teatro, gracias a las cuales el autor ha seguido especializándose en eso que se le da tan bien: contar sin tapujos, con un enfoque gamberro y con el tono más directo y áspero del punk, cómo se desarrolla la vida cuando todos en tu entorno social tienen una tendencia innata a meterse en problemas.

Con El artista de la cuchilla el autor da un paso más. Su protagonista vive en carne propia lo difícil que es salir del pozo. A pesar de todos sus esfuerzos, aunque haya cambiado de nombre, de hábitos, de continente y de familia, aunque sea ahora un reconocido artista afincado en California, arrastra un temperamento violento y ciertos acontecimientos hacen que el pasado vuelva para agarrarle del cuello y sumergirle de nuevo en la más frenética criminalidad. El que fue Franco Begbie -“no se puede decir que no hayas cometido errores, Frank”- se hace llamar ahora Jim Francis y sigue teniendo verdaderos problemas para controlar sus arranques de ira. Puede ser muy cruel.

Ha canalizado por medio del arte sus impulsos asesinos, pero sigue siendo mejor que no se enfade. Como una especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde, es capaz tanto de tratar amorosamente a sus hijas como de quemar viva a una persona. Sin perder la compostura patea, mutila, revienta cráneos, apuñala, dispara –“es tal y como lo había imaginado. No genera ningún placer”- y cree dominar sus emociones mientras repite ejercicios de respiración y se dice “calma, mantén la calma” porque “si escuchase mi voz interior, aquí no quedaría nadie vivo”.

Así, tras la máscara del hombre que ha conseguido cambiar el rumbo de su vida, Begbie vuelve a los mismos ambientes en los que se crio y sumerge con él a miles de lectores acongojados por la funesta marcha de los acontecimientos, lectores que cruzan los dedos porque la cosa no se vaya definitivamente de madre antes de acabar la página. La obra se convierte en salvaje novela negra cuando el protagonista decide hacer justicia. Con un ritmo trepidante nos lleva de paseo por las calles menos bonitas de su hábitat natural y nos hace comprender que “cuando el antiguo psicópata del barrio se convierte en el bueno, es que la ciudad tiene verdaderos problemas”.

Welsh es un magnífico cronista social de los bajos fondos. Con El artista de la cuchilla ha demostrado, además, que domina los ritmos narrativos y que tiene mucha habilidad para mantener la tensión. Con absoluta frialdad despliega la más desbocada violencia, eleva los niveles de adrenalina y convierte su obra en el arma perfecta para hacer frente al buenismo y, cómo no, también al aburrimiento invernal.

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