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Novela

Jonathan Franzen: Encrucijadas

domingo 28 de noviembre de 2021, 22:37h
Jonathan Franzen: Encrucijadas

Jonathan Franzen: Encrucijadas. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Salamandra. Barcelona, 2021. 640 páginas. 24 €. Libro electrónico: 10,99 €. El gran escritor estadoudinense regresa a la novela con una poderosa historia, ambientada en el Medio Oeste americano durante la década de los setenta del siglo XX, centrada en el devenir y los dilemas de la familia Hildebrandt, que es también el retrato de todo un país. Por Carmen R. Santos

“Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera”. Este es el célebre comienzo de Anna Karenina, la gran novela de León Tolstói. Un aserto genial y que ha dado un juego sinfín en la literatura. La familia es un privilegiado microcosmos que da pie a armar innumerables tramas, relaciones entre sus miembros, y crear inolvidables personajes. Hasta el punto de que casi podría señalarse que hay autores que de una u otra forma se han especializado en este ámbito.

Jonathan Franzen (Western Springs, Illinois, 1959), ya elegido en 1996 entre los mejores jóvenes novelistas estadounidenses por la prestigiosa e influyente revista Granta, se ha convertido en una de las voces más deslumbrantes de la actual narrativa, no solo norteamericana sino mundial. En anteriores novelas exploró magistralmente escenarios familiares del Medio Oeste de su país. Así, el de los Probst en Ciudad 27, el de los Holland en Moviminto fuerte, el de los Lambert de Las correcciones, y el de los Berglund en Libertad. Ahora vuelve a hacerlo, superándose a sí mismo, en su última novela, publicada en su habitual editorial en español, Salamandra, y que se presenta como la primera parte de una ambiciosa trilogía centrada en los años setenta del pasado siglo en Estados Unidos.

Sin duda, el título de Encrucijadas refleja a la perfección tanto lo que Franzen relata en esta novela como en otras anteriores. Al escritor norteamericano le gusta poner a sus personajes -y a sus lectores nos encanta-, en momentos clave, en disyuntivas existenciales, en dilemas morales donde es perentorio tomar decisiones -¿serán las correctas?-, en caminos que se bifurcan.

“El cielo de New Prospect, atravesado por robles y olmos desnudos, estaba lleno de promesas húmedas -un par de sistemas frontales sombríamente confabulados para traer una Navidad blanca- mientras Russ Hildebrandt hacía la ronda matinal en su Plymouth Fury familiar por los hogares de los feligreses seniles o postrados en cama”. De esta forma arranca Encrucijadas, en el Chicago de las vísperas de las fiestas navideñas de 1971, cuando se prevé una copiosa nevada. Russ es el patriarca de los Hildebrandt, un pastor protestante que no se encuentra precisamente en la mejor etapa de su vida. Su matrimonio se desmorona, teme ser “un fraude”, y mantiene relaciones, entre el goce y lo tortuoso, con una de sus feligresas, Frances, no sin remordimientos: “Mientras caminaba de vuelta a la iglesia, incapaz de encontrar una expresión facial que no pregonara su culpa, podría haber sido una araña arrastrándose por una pared blanca. Era un milagro que nadie se quedara mirándolo”. Como estratagema de acercamiento a Frances, le presta discos de vinilo del compositor y cantante de blues Robert Johnson, que asoma por las páginas de la novela, y una de cuyas canciones más famosas se titula Encrucijadas.

Sobre el mítico Robert Johnson circulan varias leyendas, entre otras que vendió su alma al diablo a cambio de ser genial. Y esta posibilidad no en cuanto a genialidad sino quizá en la búsqueda de respuestas para acertar en las alternativas, acecha a varios de los personajes de la novela de Franzen, que aborda también vicisitudes de fe, empezando por las que aquejan a Russ Hildebrand, y de la misteriosa y fascinante cuestión de la gracia divina: ¿Dios se la concede solo a los elegidos?

Junto a Russ, se retrata a los demás miembros de su familia, cada uno envuelto en sus propias contradicciones, incertidumbres y dudas. Su esposa, Marion, y sus cuatro hijos: Clem, Becky, Perry y Jay, sin olvidar a personajes de su entorno. Aunque al principio un tanto en segundo plano, y sufriendo un cierto desprecio y críticas a su apariencia por parte de su marido -“su lamentable cabello, su maquillaje inútil, la perjudicial elección de su vestido”-, Marion se va alzando como una de las mejores criaturas de la novela, que oculta no pocos secretos dramáticos en su pasado que vamos descubriendo.

Al lado del discurrir, los avatares y los conflictos de los Hildebrandt, Franzen aborda algunos hechos decisivos de la época, que marcaron a Estados Unidos. Así la explosión de la contracultura y el consumo de drogas, y, sobre todo, la guerra de Vietnam, que tantas heridas abrió en la sociedad norteamericana. Significativo es el diálogo entre Russ y su hijo Clem, quien se alista voluntario en la contienda: “—Ningún joven de este país debería estar en Vietnam -dijo con voz queda-. Pensé que en esto estábamos de acuerdo”. “—Estoy de acuerdo. Es una guerra de mierda, pero eso no…”. “—Es una guerra inmoral. Todas las guerras son inmorales, pero ésta más todavía. Quien combate en ella es cómplice de la vileza. Me sorprende tener que explicártelo”. “—Ya, bueno, yo no soy igual que tú, papa. Por si no te habías dado cuenta”.

Lo individual de la familia Hildebrandt y lo colectivo del país se aúnan en una potente historia que da cuenta de crisis morales, culpas, redenciones, pruebas, y salvación. Una novela total y totalizadora.

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