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TRIBUNA

Españoles de las Españas

miércoles 08 de diciembre de 2021, 19:32h

Resulta triste comprobar cómo la turbia marea de la crispación anega la vida nacional. Predomina un nefasto sinsentido maniqueísta que aniquila a la clase política incapacitándola para orientar y dirigir. La infección se propaga contagiando a los demás círculos sociales: la justicia, los medios de comunicación, la economía, la cultura... . Se extiende, amplificado, el convulso espectáculo que ofrecen nuestros dirigentes. Sobran los malos políticos, provocadores y agitadores. De uno y otro color. De unas y otras siglas. Muchos españoles sienten aburrimiento y fatiga ante la inútil pugna que está desgarrando la nación. Otros tantos perciben con hondo malestar como la sociedad sufre fragmentada en sectores rivales.

Ciertamente, las cosas no van por buen camino. A unas torpezas le han seguido unos trastornos, y a éstos les han sucedido unos desmanes. Hay abuso de partidismo y sectarismo, y permanecen ausentes los estadistas al servicio del bien común. Se falta a la verdad y se gestiona con opacidad. Imperan comportamientos mesiánicos que desatienden la voz de la plaza pública y relegan las aspiraciones y los afanes de los gobernados. En la lucha entre banderías se apunta más a la destrucción moral de los hombres de opinión contraria y se descuidan los intereses generales de la nación. Tirantez entre gobierno y oposición. Guerra de nervios que engendra más nervios; y así no se arregla una paz ni se gana una batalla, pero puede desencadenar algo peor. Gran parte de la sociedad civil está hastiada de llevar tiempo dividida por la tensión política.

La ciudadanía desea sosiego y concordia, indispensables para hacer una política constructiva y lograr una auténtica convivencia democrática. Y, por supuesto, quiere, anhela mucho sentido común, del que está huérfano el azaroso y debate político. El Gobierno, convertido en un beligerante más, yerra al despreciar a todo el que no piensa como él y cree que quien no está de acuerdo con su política es correligionario de la oposición y ha de ser expulsado de la vida pública. Ignora que hay ciudadanos que sin congeniar con las políticas gubernamentales, tampoco confían en el partido aspirante a gobernar. Por su lado, la oposición olvida que para gobernar la nación debe proponer soluciones serias y eficaces a problemas -y son muchos- que el actual Gobierno es incapaz de resolver. Por el contrario, cree que le reporta más beneficio hostigar a un presidente y unos ministros erráticos y escasos de propuestas de envergadura nacional. No advierte que muchos ciudadanos valoran más el construir que el derribar.

En el fondo de todas las crisis de orden político, económico y social hay que denunciar la crisis moral y el desarraigo de las conciencias. La actual hora española necesita con urgencia de rearme ético y de sentido común. Solo los individuos y los pueblos desorientados, débiles y sin esperanza, escépticos y desconfiados de sí mismos, como si tuvieran cerradas las puertas del porvenir, huyen de la memoria de lo adverso, donde pueden encontrar tantas lecciones y tantos manantiales de energía para la enmienda.

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