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DESDE ULTRAMAR

La turronera, ómicron y más

Marcos Marín Amezcua
jueves 09 de diciembre de 2021, 20:39h

Los catalanes en América. Desconozco si lleva tiempo en México asentada la turronería Vicens. La descubrí este año con un quiosco eventual muy montado, porque se me puso enfrente de por donde suelo transitar a pie en Plaza Satélite, el centro comercial más grande de América Latina, que me queda cerca de casa, de toda la vida y este año ha cumplido como yo, su cincuentenario. Su producto me parece de alta calidad y me he mercado algo para estas Navidades, más por la curiosidad de probar su turrón dado su buen pintón, mas con un precio que no es asequible –veo que, desafortunadamente, así es en ambas orillas del Charco– y no sin antes espetarle a bocajarro a la expendedora un “¿estos (los turroneros de marras) son independentistas? que de serlo no les compro nada”. Ya sabe, yo desde México no apoyo ni concibo una España fracturada, pese a que a los dueños los buscara Pujol Jr. en su entramado de negocios opacos. Ya veremos cómo les va aquí esta temporada. Me atrapó la fecha de su fundación, 1775. Cosas que tiene Europa. Como la tetería londinense Fortum & Mason que data de 1707 y ahora decoró muy elegantita su sede situada en la capital británica.

Hablemos de paramentos. Mientras me evado con la turronera, me extasían las imágenes de un Madrid iluminado por Navidades –que añade un alumbramiento a ciertas zonas de El Retiro, según entiendo– y que distintas redes sociales prodigan profusamente y en ultramar me conducen a canturrear eso que Agustín Lara apuntó con inigualable tino sobre Madrid: “En México se piensa mucho en ti”. Empero, me preguntó si los plátanos orientales de la Plaza de España valían menos que los del Paseo del Prado que hace unos años querían talar y a uno de los cuales se ató decidida a defenderlos con su percha, Tita, la baronesa Thyssen, ya que la nueva fisonomía del afamado emplazamiento no me agrada, porque lo veo muy trespeleque. De la Villa y Corte me quedo con la esfera monumental colocada de nueva cuenta con gran acierto en el madrileñísimo entronque de Alcalá y Gran Vía frente a mi gustado Metrópolis, que no se me ocurre bifurcación más madrileñísima dada la solera de ambas arterias de la capital española. ¿Y qué me dice de la decoración del Four Seasons? Arrolladora, agradando tanto.

Mas poco a poco el exfoliador languidece aproximándose la Nochevieja y no cesa la cascada informativa que en esta ocasión nos sumerge en otros temas depositados en la alforja. Así, refiero la nada placentera cumbre celebrada entre Putin y Biden. No le faltaba razón al Kremlin al adelantar que prometía poco avance. Sostengo que vivimos una incipiente segunda Guerra Fría, a tres bandas y donde las potencias a las tarascadas de siempre se las cobran unas a otras –para que luego los internacionalistas arguyan que decir lo de potencia, es obsoleto, cuando que a ojos vistas guarda palpitante actualidad– y en tanto, no cesan ni su avance ni sus amagos mutuos. No se perdonan ni una. En esa tesitura, el jaloneo persiste y si Biden amenazaba a Rusia conque si ataca a Ucrania, habrá represalias (¡cuidado! el compromiso defensivo franco-británico a Polonia acabó mal en 1939) los rusos ni se arredran ni se amainan y menos frente a la UE. Piden que Ucrania desista de unirse a la OTAN y con el combustible necesario en su poder, las alharacas del resto pueden aguardar hasta la primavera o debieran. No habrá Von der Leyen que valga o sirva para lo contrario.

Hablando de tarascadas, contamos con la hipócrita postura yanqui de boicotear los Juegos Olímpicos de invierno pero acudiendo sus atletas, lo cual suena a charada. ¡Por favor! Si tanto ofende a los yanquis el comportamiento chino intramuros en la materia de Derechos Humanos –descalificados para criticar nada, que EE.UU. tiene vergonzantes ejemplos de violación a tales también intramuros– luego entonces, que ninguno de sus deportistas ponga un pie en Pekín y ¡santas pascuas! y dejarse de hacerse los facetos con impostada conmiseración. Difícilmente veremos un Moscú’80 y eso de boicot diplomático es bastante infantil. Que si no van los yanquis al palco de invitados, peor para el sol. A mí no me harán falta. No dejan boquiabierto a nadie ni se extrañará su ausencia. Y si su dignidad es tanta, cosa que es sumamente dudosa, que dejen el medallero a los chinos. Después de todo, en Tokyo 2020 le han ganado a China solo por una sola medalla de oro. Una. El reto está claro y el desafío cantado para todos y entre todos. Así que lo demás es faramalla, agua de borrajas. Ya parece que las potencias dejarán pasar las escasas oportunidades que se ofrecen de momento para refrendar sus rivalidades. Pero ¡por favor! dejarse de monsergas e imposturas. Ser tan impostadas no les va ni se lo cree su abuela, siquiera.

Claro, tampoco necesitamos ver las descalificaciones propinadas por Macron a Johnson. Confirman que los intereses son los que han unido –y separado– de cuando en cuando a Francia y a Gran Bretaña. A veces tanta franqueza no es recomendable ni adecuada. La carencia de diplomacia del mandatario francés espetándole un “payaso” al británico, desde luego que no resulta halagadora a una relación necesitada de cercanía. El eje de un entendimiento entre Londres y París no puede quedar en entredicho por tamaños deslices y menos, con los rusos enfrente y la transición alemana que aún no da color. Más seriedad, no sobra.

Pero es verdad que Macron da bandazos. Qué gran iniciativa ha sido que el Museo Quai Branly de París devolviera a Benín objetos robados en tiempos del coloniaje. En América decimos que los museos europeos se vaciarían notablemente si se devolvieran tantos objetos extraídos de tantas partes y en tantos casos con tan malas artes. Después de todo, ya se sabe que las pirámides de Egipto siguen ahí porque no las pudieron cargar quienes tantas valiosas piezas extrajeron por activa y por pasiva, que eso de que solo eran regalos a reyes europeos que carecían de mérito alguno y supuestamente, solo por su linda cara, ya no hay quien lo crea.

La que no tardará en llegar es la portada de la revista Time, que han votado para que la ocupe Bolsonaro, quien pide que se respete el resultado de la encuesta. Yo le di mi voto a los científicos que desarrollaron las vacunas. Decepcionante esta vez la votación, ya no digamos la oferta de votados, que incluía a unos de dudoso mérito y a otros de solo conocerlos en su casa y pare usted de contar. Tan difícil consenso como la unificación de católicos y ortodoxos. El papa Francisco pide unidad en su viaje a Grecia, cuando que las diferencias estriban en quién ejercería la primatura y cobrará los dineros. Que no solo de pan vive el Hombre, sépase.

Y ahora la variable de ómicron. Temible, para ponernos en alerta total. Parece que el COVID-19 es infinito y será eterno. Realmente, espero que no sea así. Miro con detenimiento al mundo de la medicina, a la ciencia misma, escucho sus posicionamientos al respecto y quiero ser igual de mesurado que en otras ocasiones. Quiero creerme que la peligrosidad de la nueva cepa contrasta con encontrarnos más vacunados, más preparados, no obstante que no sé si nos hallará más responsables, dado que dudo que hayamos entendido plenamente que el contacto entre humanos disemina el virus. Y que eso lo queramos entender de una vez por todas en vísperas de las Navidades de un año que no ha sido sencillo y, acaso, sí tan complicado como el anterior, infortunadamente.

Ómicron nos halla con mejores defensas, pero bajando la guardia. No entendemos que no debemos bajarla. No bastan las reacciones de los gobiernos, tomemos la iniciativa de seguir protegiéndonos. Ni hemos librado el peligro ni se acabó la pandemia. Entiéndase de una vez por todas. Extrememos nuestras precauciones. Cuando leo que había gente viajando por Sudáfrica me decepciona la Humanidad.

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