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AL PASO

Recordando a José de Arteche

Juan José Solozábal
martes 14 de diciembre de 2021, 20:24h

I-Al lector de este cuaderno no le extrañará a buen seguro el interés con que he devorado el libro de Pedro Berriochoa sobre José de Arteche (Recordando a José de Arteche (1906-1071. San Sebastián 2021). José de Arteche es un integrante, en realidad el verdadero aglutinante, de la generación de escritores vasquistas de los años cincuenta-Caro, Mitxelena, Santamaría, Agud, Azaola- fundamentales para entender la vida cultural del País Vasco, y aun la política, de los cincuenta años posteriores a la guerra civil. Arteche ayudaba a don Fausto Arocena en la biblioteca de la Diputación de Guipuzcoa, que yo frecuentaba mientras estudiaba derecho, y pastoreaba con su vozarrón a un peregrino conjunto de gentes o pequeña inteligentsia de la provincia, entre los que abundaban las sotanas, y que se reunía informalmente en el despacho abierto a la sala de lectura. A veces lo sorprendías, pasando el puente de Santa Catalina sobre el Urumea, siempre con prisa, de ida o vuelta hacia su casa, cercana, como la mía, a San Ignacio. Leía con admiración sus recuadros en la Voz de España que terciaban en algún tema de interés social y cultural. Era fama que tenía en reserva un libro sobre la guerra civil, impublicable sin duda alguna. Tardaría junto con El Abrazo de los muertos, que es el libro a que me acabo de referir, en publicarse su Diario de un vasco en la posguerra, una aportación capital para conocer el País bajo el franquismo, un testimonio de la intrahistoria vasca durante esta época.

El libro de Pedro Berriochoa en una guía utilísima para entender la obra y la biografía de José de Arteche, hecha con admiración pero también con sinceridad, escrita por un excelente conocedor de la época y el contexto intelectual en que Arteche se mueve. Decía Jacques Chevalier, el gran historiador francés de las ideas, que entender a un autor es captar su secreto, el móvil fundamental que lo orienta y estimula. Arteche es un escritor compulsivo que vive por y para sus columnas y libros: saca el tiempo de donde puede pues debe trabajar por la mañana en la Diputación y por la tarde llevando la contabilidad donde se le ofrezca para mantener a su abundante familia. Entiende su obra como un banco de pruebas donde mejorar y depurar su estilo progresivamente, convirtiéndose desde sus inicios imperfectos que le señalara Azaola, en el gran prosista que llegó a ser, el Josep Pla vasco. Además, Arteche es un propagandista católico, escribió sendas biografía de Jesús, San Ignacio o San Francisco, y se comprometió en una actuación constante desde asociaciones o grupos de apostolado, antes y después de la Guerra. Evolucionó, con el mejor catolicismo progresista, desde posiciones intransigentes, a lo que le inclinaba su jansenismo no del todo superado, a actitudes avanzadas como las mantenidas en sus encíclicas por Juan XXIII y Pablo VI. El tercer integrante de su secreto es su voluntad de hacer de trasmisor a las nuevas generaciones de la cultura vasca que él había conocido durante su juventud, especialmente mientras ejercía de secretario de la revista Jakintza. Los Lizardi, Orixe, Labayen, Dionisio de Azkue, los hemanos Echegaray, especialmente Bonifacio, y otros “titanes” de la cultura vasca.

Berriochoa nos introduce en los vericuetos de la biografía de Arteche. Así refleja su labor como militante nacionalista en el conflictivo clima de la Segunda República, disputando brocamente con integristas, socialistas y anarquistas; y su enrolamiento en las filas franquistas durante la guerra, explicado por consideraciones de supervivencia y escrúpulos ideológicos. Esto, junto con su colaboración en el periodismo de la dictadura, le harán acreedor a los calificativos de traidor o incongruente de por vida. Berriochoa da cuenta de la producción periodística de Arteche, explicando sus condicionamientos, pues Arteche nunca empeñó ni su dignidad ni su independencia en lo que escribió, y su contexto, atendiendo al eco que sus escritos tenían en la sociedad vasca y en la elite cultural del momento. Hay en efecto referencias bien jugosas sobre el ejercicio de la censura durante el franquismo y las dificultades para escribir entre líneas en los papeles de la época, por no hablar de la práctica además de la censura religiosa a cuyo sometimiento obligaba la temática de los libros de Arteche. La verdad es que Arteche se encontraba bajo diversos y potentes fuegos: sobre- trabajo, pues no paró de publicar libros y columnas; el combate ideológico con las nuevas generaciones de escritores que no sintonizaban con él y para los que aparecía nostálgico o cuasi reaccionario; por último una disputa sobre la unificación del eusquera que él creía que se hacía sobre patrones equivocados y que agrió sus relaciones con algún compañero de generación como Mitxelena. Le faltó flexibilidad y su salud lo acusó; murió relativamente joven al segundo infarto.

II­-Su obra prescindiendo de las biografía de personajes vascos (marinos como Elcano y Urdaneta, o conquistadores como Lope de Aguirre. La de Saint Cyran es un ensayo sobre la religiosidad vasca) puede considerarse que consiste en el friso inolvidable que nos dejó de los tipos y paisajes de la Guipúzcoa de su tiempo, y seguramente desaparecida, como precisara María Teresa Echenique. Así los compañeros de trayecto que salen en el libro Mi viaje diario (1950), cuando se trasladaba desde Zarauz donde vivía a San Sebastián donde trabajaba, sean personas anónimas: el guardagujas de Usurbil, los pescadores de Orio, los anguleros de Aguinaga, los recadistas, el contratista, el mendigo, el gitano, las chicas de Usurbil, el cafetero, el paragüerito, el vagabundo; o estén nominados: así el piloto de la RAF George Harrison; Basarri; Ezequiel de Guetaria; Pilar, la guapa lecherita de Orio, etcétera etcétera. De este genero de libros de estampas publicó varios. A mí el que más me gusta es Caminando o el básico sobre modelos culturales, y no solo del País Vasco, De Berceo a Carlos Santamaría. Recuerdo habérselo regalado hace años a Francisco Rubio, después de haberlo localizado en una de mis visitas a la librería Manterola de San Sebastián. El maestro me dijo alguna vez que aun lo releía de vez en cuando.

Sin duda los libros capitales de Arteche son El abrazo de los muertos(1970) y Diario de un vasco en la posguerra. El primero es el diario de Arteche durante la contienda, atravesando prácticamente toda la geografía española, que constituye un documento estremecedor sobre la dureza y la irracionalidad del conflicto. Asi, escribe en 1937 tras la batalla en torno al monte Saibigain en Vizcaya: “Por todas partes cadáveres y más cadáveres; sus bocas desmesuradamente abiertas parecen aspirar con ansia la lluvia que cae implacable. Desperdigados aquí y allá, mulos y caballos muertos de vientres hinchados”. Y concluye, “los cadáveres no se acometen, se abrazan. Los hombres no se reconcilian sino en la muerte”.

Diario de un vasco en la posguerra, publicado en 1977, es una continuación del Abrazo. Se trata de un libro indispensable para reconstruir la biografía de Arteche, pero también, como apunta Berriochoa, interesantísmo para conocer la pequeña y la gran historia del país. En él Arteche denunciará expresamente el centralismo totalitario de la dictadura. Veo ahora, dice, “como la exigua minoría fascista que nos gobierna realiza en nuestra tierra funciones de tierra ocupante”. Y aunque, apunta el biógrafo, su nacionalismo se hubiera hecho liberal y abierto, Arteche atempera su profesado federalismo iberista con una sorprendente, por su incongruencia, expresión soberanista, advirtiendo en relación con el proceso de descolonización de los años sesenta: “Amarillos y negros obtienen hoy apresuradamente derecho a la autodeterminación, pero muchos pueblos blancos de Europa carecen de esta elemental opción”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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