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TRIBUNA

La filosofía de Edith Stein

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
sábado 18 de diciembre de 2021, 19:24h

Con este título acaba de publicar José Ramón Recuero un excelente libro (Ed. Ygriega, 2021). En primer lugar, hay que felicitar al autor por las numerosas y extensas citas de las obras de Edith Stein, que pueden encontrarse en sus páginas.

Aunque las Obras Completas de esta notable pensadora han sido publicadas en español, en cinco volúmenes y conjuntamente por Ediciones El Carmen, Editorial de espiritualidad y Editorial Monte Carmelo entre los años 2002 y 2007, son muchos los intelectuales que las desconocen. Y confieso que yo soy uno de ellos.

Sin embargo, y gracias al sistemático y exhaustivo compendio que de ellas hace José Ramón Recuero, quien lee su libro acaba por convencerse de que ha conseguido una visión de conjunto suficiente para hacerse cargo de la importancia de la figura de Edith Stein. Y no sólo en en el ámbito de la filosofía pura, sino también como mística y mártir, que ha merecido llegar a los altares y ser declarada Doctora de la Iglesia Iglesia con el nombre de Santa Teresa Benedicta de la Cruz.

En cuanto al aspecto filosófico, Edth Stein trabajó con Husserl y consiguió el grado de doctora bajo su dirección. Luego hizo todas las habilitaciones necesarias para optar a una cátedra en una universidad alemana. No lo consiguió por los prejuicios vigentes en la primera mitad del siglo XX. Era imposible en aquel tiempo que una mujer alcanzase el máximo nivel académico en filosofía. Ni el propio Husserl la apoyó.

Con todo, hay que encuadrarla dentro la escuela conocida como “Fenomenología”. En realidad los méritos de Husserl se reducen a haber capitaneado, contra el idealismo dominante desde Kant, aquel amplio movimiento -zu den Sachen selbst- de vuelta a las cosas mismas. Produjo entre otros los frutos de Max Scheler, Nicolai Hartmann, Dietrich von Hildebrand y la propia Edith Stein. En cuanto a Husserl, y a pesar de su formación originaria como matemático, más bien acabó por perderse en una jungla de divisiones y subdivisiones, en la cual el lector ya no sabe siquiera de qué se está hablando exactamente. Recuero hace notar expresamente que Edith Stein supo apartarse a tiempo del estéril desierto en que terminó su maestro. Logró con sus numerosos libros levantar un cuerpo de doctrina consistente y sólido, que constituye una destacada aportación al pensamiento occidental.

Sin duda la fenomenología fue un saludable espíritu de honradez intelectual, que invitaba a ser sencillos y leales al describir la realidad. Todo lo contrario del retorcido idealismo en sus múltiples variantes. Aunque con la limitación de expresarse siempre en lenguaje ordinario y exponerse a sus peligrosas trampas.

Aprovecharé la ocasión para recordar que ahora disponemos de algo mejor que la fenomenología. Me refiero a la formalización de la lógica por Frege y Peano. Su resultado inmediato en el orden práctico ha sido nada menos que Internet, la plataforma formada por millones de ordenadores interconectados. Pero sus efectos en el orden teórico no son menores. Algunos problemas, que torturaron las mentes de los filósofos por siglos, han quedado aclarados para siempre.

Consideremos, por ejemplo, el caso del tiempo. Recoge Recuero esta frase de Stein criticando a Heidegger: “lo finito ha alcanzado el más alto grado de participación en lo eterno, algo intermedio entre tiempo y eternidad, que la filosofía cristiana ha caracterizado como evo (aevum)” (Pag. 240). Quedan aquí bien distinguidos los tres conceptos de eterno, temporal y eviterno. Hasta ahí llegó la fenomenología.

Pero el cálculo lógico va mucho más allá y alcanza la total precisión. La definición de tiempo es “si nace → (puede sí morir & puede no morir)”.

Las palabras “nacer” y “morir” se entienden aquí en el sentido amplio de acceder a la existencia o cesar en ella.

Los operadores lógicos implicador y conjuntor cumplen en la fórmula su función ordinaria. Las expresiones puede sí morir y puede no morir no forman contradicción. Al contrario se reclaman mutuamente.

Temporal lato sensu es haber nacido, con independencia de si muere o no.

Eterno es su antónimo, existir sin haber nacido, sin haber recibido el ser. Es lo propio de Dios.

Temporal stricto sensu es haber nacido y morir de hecho. Su antónimo es eviterno, haber nacido y vivir para siempre.

Puede no morir se cumple en el espíritu humano. Es eviterno. Nace y no muere.

Puede sí morir se cumple en el cuerpo humano. Nace y muere, Y sobre todo, se distingue entre los dos sentidos de temporal, detalle éste que se echa en falta en la gran mayoría de los filósofos.

El que conoce la anterior fórmula, y los cuatro conceptos que de ella resultan, puede dispensarse de la lectura del farragoso Sein und Zeit de Heidegger, o la voluntariosa traducción al español que hizo Gaos. Algo mucho más drástico, desde luego, que la suave crítica de Stein entes mencionada.

Hecho este excursus, volvamos al pensamiento de nuestra protagonista.

Recuero señala repetidamente que Stein unió estrechamente, desde su conversión desde el judaísmo al catolicismo, la filosofía racional con la fe sobrenatural. En efecto, quizá sea éste el rasgo más característico del pensamiento de Edith Stein.

Acierta Recuero al destacarlo. La lectura de las obras de Teresa de Avila catapultó, por así decir, su decisión de llegar hasta el fondo del enigma humano. Edith buscaba
apasionadamente la verdad, que estaba fuera de ella. Teresa en cambio no filosofaba sobre la verdad, sino que la vivía, la tenía dentro. Edith quiso ser desde entonces como Teresa, sólo que con mayor bagaje intelectual que la santa de Avila. Esta incesante búsqueda de la unidad entre razón y revelación, tan propia y distintiva de Edith Stein, se consolidó aún más cuando estudió a fondo a San Juan de la Cruz. Tan a fondo que tradujo al alemán su excelsa poesía.

Otro detalle que me llamó la atención fue la seguridad con que Stein defendió la creación por Dios de un espíritu humano cada vez que se forma un cigoto, o sea, en toda ocasión en que un espermatozoide fecunda un óvulo. Recuero había opinado antes lo mismo. Relata que leyó con ansiedad y emoción este pasaje de Stein, para ver si coincidía con ella o no. Me apresuro a declarar que yo también opino lo mismo.

El cigoto implica la aparición de un nuevo código genético, con una combinación inédita de 46 cromosomas, 23 de cada progenitor. Nada de tamaña envergadura ontológica ocurre después. Luego no hay más que el desarrollo del cigoto y la multiplicación de esos 46 cromosomas en todas las células que van surgiendo.

Sin duda, el nacimiento de un niño a los nueve meses nos llega al corazón con la máxima intensidad emotiva y afectiva.

Pero con todo, esa reacción es meramente sentimental. Objetivamente se trata sólo de un cambio de lugar y un nuevo modo de alimentación. Nada comparable con la constitución del cigoto, que acabará siendo nada menos que una persona. Y cada persona es única en toda la historia universal. Toda persona es absolutamente nueva e irrepetible, como tantas veces repetía Unamuno. Y lo es desde el momento en que surge un nuevo cigoto.

Así pues, el momento preciso de la infusión divina de los operadores lógicos es la creación del cigoto. Que esos operadores lógicos permanezcan luego por unos meses en forma virtual, sin manifestarse al exterior en el lenguaje, no implica que no existan. Más bien se trata de una condición suficiente que está a la espera de que se cumplan las previas condiciones necesarias.

En conclusión, leer de principio a fin los cinco tomos de las Obras Completas de Edith Stein es algo reservado para especialistas como José Ramón Recuero. Pero el resumen que ha logrado condensar en 274 páginas proporciona un conocimiento más que suficiente a todo aquél que quiera estar informado sobre el pensamiento y vida de la ejemplar y extraordinaria figura que fue, como persona y como intelectual, Santa Teresa Benedicta de la Cruz.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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