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Relatos

William Carlos Williams: Los relatos de médicos

domingo 26 de diciembre de 2021, 21:49h
William Carlos Williams: Los relatos de médicos

Traducción de Eduardo Halfon y César Sánchez. Selección y prólogo de Robert Coles y un epílogo de William Eric William. Fulgencio Pimentel. Feliu de Guixols (Gerona), 2021.240 páginas.19, 90 €.

Por Francisco Estévez

A diferencia de Pío Baroja, quien abandonó su carrera médica en favor de la literatura, la medicina representó para el gran poeta estadounidense William Carlos Williams, centro y reposo de su escritura. Así lo expone en el relato central de esta colección, “La práctica médica (de la autobiografía)”, a la postre sintética poética de toda su obra. Entristece que dichas páginas no sean más referidas en los pocos estudios sobre el clásico que hay en nuestro país, lo cual revela el fiasco de la fatal parcelación entre materias (poesía, narrativa, teoría, medicina), en fin, la barbarie de la especialización, que presagió Ortega y Gasset.

Relatos mejor que cuentos o historias, como proponen con tino los traductores, quienes han realizado una labor más que destacable y se agradece respecto a las versiones españolas anteriores: Historias de médicos, (Montesinos, 1995), Cuentos, (Alianza, 2008). Para redondear, si cabe, el volumen incluye el clásico prólogo que redactara su primer antólogo, Robert Coles, en 1984; como guinda final cierra la recopilación un tierno y agudo testimonio del hijo del poeta, también médico. Los presentes relatos transcurren tras el gran quebranto del 29 en Estados Unidos, entre 1932 y hasta 1962, una dura época que suponía para cualquier médico de familia comprometido -imaginen las urgencias intempestivas a mitad de la noche recorriendo decenas de kilómetros- una “horrible sangría”, tal y como confesó a su buen amigo Ezra Pound.

Sin embargo, el autor de aquella maravilla poética del siglo XX estadounidense que es Paterson, el último gran poema épico, tuvo siempre como principal fin del arte literario revelar un instante de clarividencia, una insinuación apenas, que le ofrecía el oficio de Galeno. Fascinado por la diagnosis del individuo, distinta de la mera diagnosis médica, y en su condición de testimonio del nacimiento de la palabra verdadera en sus pacientes, trató de traducir el secreto que esconde la más íntima motivación, ese núcleo enigmático humano en su obra y, en efecto, “un oficio complementa al otro, que son dos partes de un todo”.

Cuánta inusitada nobleza y responsabilidad con la vida y con la escritura desprenden estas páginas redactadas por quien tuvo tuvo la escritura como un asunto banal, algo azaroso, que venía solo tras la contemplación de ese misterio antedicho, describir el corazón de lo íntimo. La transmutación de los cuerpos, de la enfermedad a la salud o la muerte, como motor de escritura. Por decirlo con palabras del propio autor, en busca de una “perfección frágil y terrenal”, como nuestra vidas. Tales planteamientos tienen pues su origen en un marcado acento humanista: “Que los triunfadores arramplen con sus trofeos; yo he conocido a los fracasados”.

Entre los relatos destaco aquí la descripción poliédrica del ser humano en “El viejo doctor Rivers” con la variada psicología de caracteres, un estilo claro, cercano a la concisión, salpimentado con algunas descripciones paisajísticas de un fino simbolismo y el uso eficaz de la elipsis y de ciertas adjetivaciones. Otros relatos mayores son “Mente y cuerpo” o el simpatiquísimo “El uso de la fuerza” y, por supuesto esa extraña joyita que es “Transcripción verbal. 6 A. M.”. Otros relatos de esta colección pudieran explicar la especialidad médica de pediatría del autor: “El parto” o “Bebe muerto” o el durísimo “Inhumada COMEDIA. 1930”. Todos los relatos, incluidos los poemas, exudan una responsabilidad profesional, médica y escritora, sin velos ni cortapisas, como pocas veces podremos leer. Buen resumen ofrece el autor al considerar a la Humanidad como unos pobres “gatitos encaramados a una pila de leñas”, pues acaso no seamos más que eso.

De manera lateral y concerniente al estado de la crítica literaria española, el libro no ha recibido reseña alguna en los suplementos de cultura nacionales, tampoco ha aparecido en lista alguna de libros del año cuando es, por mérito propio, pero también por las circunstancias especiales que en estos últimos tiempo atraviesa la Humanidad, aturdida por un dichoso virus, uno de los libros del año. Aún más, acaso sea el libro más valioso del año, al menos para este crítico, por su altura estética y humana, además de rendido homenaje a una profesión, lejano de toda esa cháchara pandémica con que las letras se han embadurnado cual chapapote estos meses.

Valgan estas pocas líneas como pequeño resarcimiento, puesto que junto a “Noche de médico” de Pío Baroja, recogido en Vidas sombrías (1900), y algunos cuentos de Antón Chéjov, entre ellos el célebre “Pabellón número 6” (1892), estos relatos son la mejor literatura escrita sobre la noble profesión médica. William Carlos Williams fue un poeta y médico con una de las muñecas más exigentes, finas e inspiradas de todo el siglo XX, y con lo que llevamos de milenio, también del XXI. Estos maravillosos relatos nos descubren el permanente lazo que une la escritura con la medicina, es decir, con lo profundamente humano.

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