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ESCRITO AL RASO

Feliz Año Nuevo o del ómicron a la flurona

David Felipe Arranz
lunes 03 de enero de 2022, 20:21h

Unas veces de China o Sudáfrica y otras de Israel, del mundo pandémico llegan las noticias de Año Nuevo, con fotos y estampas de nivel. Los colegas nos felicitan este 2022 recién estrenado con la flurona, fruto del ayuntamiento de la gripe y el coronavirus, la muy descarada. Es decir, que el personal lo puede contagiar a uno de COVID-19 y de un gripazo, haciéndote dos veces la pascua. La flurona tiene algo de vecindona fatal y aguafiestas, de ola que sobreviene sobre otra ola, pero aseada y con pasta de dientes. Pero todo esto, que es lo que lee uno en la prensa docta y especializada, la misma que reparte diplomas de graduado en la profesión, es un suponer siempre, un según y una hipótesis de trabajo. Como los planes del Gobierno. Como los deberes y las ganas de trabajar de la oposición. Es mejor escuchar al doctor Tomás Camacho o al doctor Ortiz de Lejarazu, que ha dicho en las redes lo de la flurona es una bobada que se han inventado los israelíes y que no es una enfermedad nueva, ni una variante, ni un recombinante, ni todo lo que dicen por ahí los “enteraos”. Pero hay cosas peores, desde luego, y como la Navidad ha sido vanguardia o retaguardia de desgracias futuras, los niños piden ya en las cartas de los Reyes Magos un vial o dos, y un test de antígenos de Disney, si no hubiese pinchazo.

Para empezar este 2022 con buen pie y que haya paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, la Fiscalía acaba de archivar una denuncia de la asociación “Hablamos Español” contra el programa infantil de la TV3 “L’Au Pair”, en el que el Mag Lari, disfrazado de calamar, dijo a los niños en este espacio: “Vengo a comerme a la princesa; hablo castellano porque parezco más malo”. Lo que nos ha escandalizado verdaderamente no ha sido que el ilusionista se metiese con la lengua, sino que amenazara con devorar a la infanta, cosa que hubiese irritado a varios colectivos, como el monárquico o el de la protección de la infancia. Así murieron en 2021 los ya ausentes, en silencio, sin incordiar a nadie, al contrario que los vivos, y por esta razón, porque los finados no reclaman nada, el Ejecutivo no los lloró demasiado, ni los gobiernos regionales, ni las diputaciones, ni los alcaldes: solo los familiares, en un luto discreto y sin poder despedirse. Y lo que parecía un genocidio inasimilable e inadmisible se fue digiriendo con inhumana cotidianidad por todos, empezando por los de arriba. España ha sido en los dos últimos años una viuda colectiva callada y contenta, con mucho tacto para el ministro, el secretario de Estado, el director general… y poco para los iguales, siempre a la gresca. Al día siguiente de los muertos vino un mago de cuento que quería comerse a las princesas que hablaban español y, claro, es que eso impresiona más que otras cosas, aunque sean más graves, como un hospital de sangre lleno de intubados...

De modo que la peste era verdad, al fin y al cabo, y aquellos (estos) sanitarios a los que aplaudíamos – y ya no– estaban salvando la patria, y no otros. Ningún homenaje oficial a médicos y enfermeros contagiados y caídos en pandemia, cosa que sonroja. La restricción montaraz en Europa va a estar a la orden del día, según el instituto Ifo, y las previsiones de crecimiento ya no son tantas: la economía alemana se va a contraer un 0,5%. Así que los organismos internacionales como la OCDE y Oxford Economics dicen que España no recuperará los niveles de PIB anteriores a la pandemia hasta comienzos de 2023. Nos ha quedado como un año de leyenda, fúnebre y pasota, de mala leche y trampa de político contando su milonga. No ha habido responsables de tanto desatino, porque aquellas señorías estaban sujetas al destino, a la ley de Dios o a la Virgen Santísima, y ahora han asomado la patita para felicitarnos las fiestas y no tomar más decisión que decirnos que nos pongamos las mascarillas, como los acomodadores del Teatro de la Comedia a la exultante negacionista, al señor contumaz o al joven copulativo. Para eso no hacía falta hacer la carrera de San Jerónimo. La cuesta de enero es una resaca de imbéciles del ómicron a la flurona.

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