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TRIBUNA

Mi primer Año Nuevo en España

martes 04 de enero de 2022, 20:25h

Eran finales del año 1977. Mis padres y yo con mi mujer estábamos haciendo maletas para venir a España. Mejor dicho “volver” a España, porque mi padre, exiliado en la URSS después de la caída de la República del Frente Popular en 1939, ahora, 38 años más tarde, podía regresar a su Patria, gracias a la Ley de la Amnistía General, aprobada por el Gobierno de Adolfo Suárez y firmada por el Rey Don Juan Carlos II.

Corría mucha prisa. Por las circunstancias burocráticas del momento teníamos que pisar la tierra española antes de que acabase el año 1977. De esto dependía la pensión que mi padre tendría que percibir, según la mencionada ley. Para quienes no lo saben, dicha norma establecía que cualquier español, exiliado a causa de la Guerra Civil, tenía derecho, a su vuelta a España, a ser restituido en el lugar de trabajo que él fue obligado a abandonar igual que al propio país. Una vez restituido en el puesto, el repatriado español adquiría derecho a percibir una pensión, si tenía una edad correspondiente, que se calculaba a base de que todo el tiempo que él se encontraba fuera de España se lo computaba como un tiempo laboral dentro de España. Mi padre en 1977 tenía 69 años y el año siguiente le tocaba la jubilación.

Hay que decirlo que sin esta pensión nuestra familia, cuatro personas, no podía vivir en España ya que, al no ser el “rublo” – la moneda soviética – convertible, no era posible cambiar nuestros ahorros familiares en rublos en una divisa admisible en España.

Por varias y peculiares circunstancias, solo pudimos llegar a España (Madrid – Barajas) el día 30 de diciembre de 1977. Por fin, conseguimos pisar la tierra española antes de que se acababa el año 1977. Y a los dos días estábamos celebrando el Año Nuevo, el 1978, mi primer y de mi mujer y de mi madre el Año Nuevo español.

Todo era nuevo para nosotros – ni yo ni mi madre ni mi esposa estuvimos antes en España – menos para mi padre, aunque también para él, ya que después de los 38 años del exilio, muchas cosas habían cambiado en su Patria. Eran diferente la comida, los hábitos, las costumbres, el clima, los colores, los sonidos, las aromas…

Tantas frutas y verduras frescas en pleno invierno moscovita, con sus latas de conservas vegetales; el pescado fresco en lugar del congelado habitual en la URSS, sin hablar ya de la variedad de los mariscos que yo ni he visto, ni he probado en mi vida; los jamones y embutidos de tantas clases, de cuya existencia no me he podido ni imaginar, pensando que el caviar, el arenque salado y el beluga ahumado eran manjares rusos insuperables en la alta cocina mundial. Qué ignorancia, qué soberbia soviética, qué descubrimiento del Nuevo Mundo.

Empezando por el festejo del Año Nuevo. Primera vez en mi vida estaba brindando por el Año Nuevo, comiendo uvas al son de las campanadas del reloj de la Puerta del Sol de Madrid. No conseguía tragar 12 uvas y, a la vez, pensar un deseo con cada campanada del reloj y acabar las uvas y los deseos con la última campanada. Me sobraban las uvas y más aún los mejores deseos. Quizás por ello algunos de ellos luego no se cumplieron. Pero la mayoría, sí. Tanto en aquel “primer” año, como en los años posteriores.

Mi padre recibió una buena pensión. Yo, aunque con ciertas dificultades y no tan rápido como quisiera, encontré un trabajo y pude alquilar un pequeño apartamento para dejar a mis padres a vivir en el suyo con más espacio – dos personas no son cuatro – y gastar más en sus necesidades ya que no tenían que alimentar dos bocas más.

Me sorprendían muchas cosas. La alegría de la gente y las tiendas llenas de productos sin formarse colas para comprarlos, porque había de todo sin escasez alguna. Todo lo contrario al ambiente sobrio y preocupante que dominaba la vida cotidiana en la Unión Soviética, de donde he acabado de venir. Las relaciones ente la gente aparentaban ser respetuosas y amistosas, sin ningún signo de odio o rivalidad. Las instituciones públicas funcionaban con toda la normalidad y eficacia: lo pude comprobar cuando tuve que formalizar mis documentos de identidad y legalizar mi título de ingeniero aeronáutico que he traído de Moscú.

No esperaba verlo todo esto en un país gobernado por los “fascistas y opresores ricachones capitalistas”, como lo aseguraba la propaganda soviética. Las casas de protección civil, las pagas extras a los trabajadores, buenas clínicas y amplísimos hospitales de la Seguridad Social (estatal), enseñanza media gratuita y obligatoria y otras cosas más, que yo pensaba que eran propias sólo de los estados socialistas, como la URSS y los países del Este. Y aquí, en España – todavía “franquista” – no sólo he visto estos logros “socialistas”, sino que eran de mucha más calidad y hasta perfeccionados. Pues, una confusión total. Y cada vez más.

Me asombraba con que civismo y rapidez el pueblo español estaba avanzada desde una dictadura “fascista” hacia una democracia moderna y abierta. En un año de mi estancia en España, el pueblo había votado por los cambios democráticos de calado, por una nueva Constitución, igual o mejor de la de cualquier país occidental con la experiencia democrática mucho más sólida.

Y lo más asombroso e impactante fue el comportamiento cívico y responsable de los nuevos y viejos partidos políticos de casi todo el espectro ideológico de entonces, habiendo logrado ellos en todos los aspectos más importantes del desarrollo de la democracia en España un consenso y compromiso. El ver a Dolores Ibárruri – la Pasionaria – en el mismo Congreso de los Diputados, donde en los años 30 ella estaba amenazando de muerte al líder de la oposición derechista, Calvo Sotelo, apretando ahora la mano de Adolfo Suárez y de uno de los descendiente de aquella familia de los Sotelo, fue para mí, y creo que también para muchos españoles, una estampa impresionante e inolvidable.

Para mí, incluso, inimaginable. Era como si fuera ver en el Gran Palacio del Kremlin, reunirse a los líderes soviéticos con los descendientes de la oposición anti-bolchevique y de los generales de los ejércitos “blancos”, Deníkin, Vránguel o Kolchák, que luchaban contra el Ejército Rojo para restablecer el régimen zarista en la Rusia Imperial, truncado por el golpe bolchevique en octubre de 1917.

Me Sorprendía enormemente con que prisa y el espirito de reconciliación, España, después de los 40 años de una dictadura, estaba avanzando a un país libre y democrático. Fue un ejemplo de una transición pacífica y civilizada para otras dictaduras que todavía existían en el mundo. Incluso en la URSS, el reformista Mijail Gorbachov, 20 años más tarde, intentó seguir el ejemplo “español”.

Lo que no podía imaginarlo entonces, y lo digo con toda la tristeza, que unos 26 años más tarde, la España postfranquista, con la misma rapidez con que iba transformándose en un país democrático y del “consenso”, emprendería el rumbo hacia la rotura del espirito de reconciliación y al enfrentamiento entre las dos Españas, que ya tuvo lugar en los años 30 y que se desembocó en una guerra fratricida.

Y ahora, 44 años más tarde desde aquel mi primer Año Nuevo “español”, me encuentro muy decepcionado con la España de hoy: un enfrentamiento político entre los partidos sin precedentes en los años anteriores; las instituciones democráticas socavadas por la izquierda radical y revanchista en el poder; unas tendencias separatistas en varias regiones de España, rozando la ruptura total con el Estado Español; la justicia politizada y al servicio de un gobierno de turno; las violaciones continuas de la Constitución española por los organismos estatales que deberían haberla guardado y respetado como nadie; el Rey Don Juan Carlos II, que abrió el camino a España hacia una democracia y gracias a cuya Ley de Amnistía General mi padre había podido regresar del exilio, el propio monarca se encuentra en un exilio, obligado a salir de su país por las persecuciones de la izquierda antimonárquica y revanchista.

No obstante, aún me queda algo de esperanza de que, quizás, mi 44 Año Nuevo español me traiga a mí y a todos los españoles del bien, un cambio de esta tendencia degenerativa de la actual democracia española, que tantas esperanzas e ilusiones me había estado creando en aquel “primer Año Nuevo” que yo estaba celebrando en mi “nueva” Patria española.

¡Feliz Año 2022 para todos¡

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