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TRIBUNA

Mi amigo el pocero y el planeta Kropotkin

domingo 09 de enero de 2022, 18:46h

En el Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid hay una elevada proporción de ratas por metro cuadrado que se alimentan del fondo de reptiles. Tengo un amigo que vive de la rara profesión de pocero de los inframundos del citado Excelentísimo Ayuntamiento, un hombre tan bondadoso como pueda imaginarse. Él me relata candorosamente, y ya acostumbrado al olor de las cloacas, el descenso al infierno, a la oscuridad, a la fronda de animales repugnantes, y a la magnitud de las ratas, algunas como tiburones muy bien cebados.

En los tiempos que corren, y con un márquetin bien promovido, la cosa daría para una buena excursión, una experiencia más exótica y menos aburrida que los safaris horteras de hoy que, a fuerza de vomitar metralla monárquica, se han quedado sin nobles animales a los que cazar y exterminar. Habida cuenta de que el superficial convierte en trivial lo más excitante y pronto escupe sobre su propio tejadillo, si Cleopatra era famosa por bañarse en leche de burra ¿por qué no publicitar la colonia de agua de rata?

Frente al recortadito ocio de consumo habitual, que anhela recuperar lo supuestamente perdido con viajes prohibitivos a la luna para descubrir los poemarios inéditos de Becquer, la cosa promete bastantito con la construcción y venta a precios astronómicos de confortables chalés cloacales herméticos y con periscopio sin que las ratas impidan al mismo tiempo el disfrute de la plenitud del vacío del yo zénico incapsulado. Al fin y al cabo, es algo que ya se viene haciendo desde la lluvia ácida de mis años mozos, cuando le pregunté al empresario muniqués por qué construía refugios antiatómicos en lugar de rascacielos para estar más cerca del aire puro y escapar de la ecología enferma.

De todos modos, puro, lo que se dice puro, ya va quedando poco bajo la superficie de la estratosfera, y quien desee limpieza tendrá que recluirse en su propia noología con su correspondiente círculo hermenéutico flexión-reflexión-retroflexión-circunflexión, el método inventado por Moisés gracias al cual se salvó de las aguas del Nilo, inspirado a su vez por el Enuma Elish, el poema babilónico en torno al origen del hombre a partir de las aguas primordiales.

Así que a casita que llueve, y bien perfumados con la colonia ratonera, sobre todo porque ahí fuera, en los lejanos espacios interestelares, el cosmos se está deshaciendo en chachitos o pedruscos rebeldes a la hora de orbitar en sus respectivas estrellas y planetas, pero que tampoco saben vivir solos, cansados como están de su anárquica transhumancia, y al mismo tiempo nostálgicos de algún rinconcito cósmico al cual regresar, al modo de aquel ETE que suspiraba a toda hora por “mi casa, mi casa”. Sea como fuere, y por lo que voy leyendo, esa rebeldía constituye un peligrpo desorbitado –nunca mejor dicho- para el planeta Tierra, obligado a construir un escudo antimeteorítico inmenso, mayor que el de los legionarios romanos, para así defenderse de la lluvia de meteoritazos en esta nueva guerra de las galaxias. La astrofísica, conocedora de la nostalgia de los asteroides respecto de los astros, sabe también que, lejos de ser recibidos con los brazos abiertos, los terrícolas los rechazamos igual que devolvemos a la mar a las pateras de los emigrantes que buscan su salvación en las orillas de las tierras remotas.

Habida cuenta de que la ley de la gravedad no es ninguna enfermedad vírica del cosmos (a menos que lo sea y anide en los huecos negros en los cuales nadie sabe qué hay, pues ninguna sonda ha sondeado hasta la fecha su insondabilidad), sino un anhelo de reciprocidad global, como dijera el etólogo Félix Rodríguez de la Fuente para dignificar al lobo malfamado, lo que yo deseo, porque me siento otro asteroide suelto, es formar con los asteroides periféricos una República Independiente Planetaria (RIP), un planeta Kropotkin de rebeldes insumisos, pero sin casoplones para ratas transformadas en princesas al poco de haberse infectado por los virus anales sitos en las poltronas ministeriales. Este proyecto alternativo va a ser la leche (que en griego se dice gálax), y ya estamos pergeñando algunos rudimentos teóricos galácticos contra el uniformismo.

Somos los traidores centrifugados del cosmos. “¡Aquí vive el traidor X!”. Ya no bastaba con gritar ¡Heil!, a las personas que no gritaban ¡Heil Hitler! se les enviaba a campos de concentración: “Acompañado por cinco miembros de las SS, le llevaron al patio para obligarle a saludar. -¡Levanta el brazo, levántalo, levántalo! Le molieron a palos. Resbaló entre las placas de cielo y cayó. –¡Levanta el brazo!, ¡Heil Hitler!, ¡Heil Hitler, y ya está! Le golpearon hasta que perdió el conocimiento. Su sangre se heló en el suelo. Le suplicamos. Pero no hubo nada que hacer. No quiso saludar. Ya no teníamos esperanzas. Le apartaron de nosotros y le metieron en una celda con los ‘criminales empedernidos’. Llevaba el mismo uniforme. Todos los días tenía que vaciar las letrinas a paso ligero. Sus manos sangraban. Y cuando no le tocaba eso, le tocaba el calabozo o recibir golpes. Los SS hacían apuestas sobre él. -¡Saludará!, ¡No saludará! Al cabo de varias semanas, volvió al barracón. Se sostenía apoyado en la pared. Se cruzó con un SS en el vestíbulo. Su brazo derecho se levantó muy torpe. La mano manchada de sangre coagulada se extendió. Susurró: ¡Heil Hitler!”[1].

Bruno Bettelheim, que estuvo recluido un año en Dachau y luego en Buchenwald, nops recuerda: “Si uno quería sobrevivir como hombre, envilecido y degradado, pero a pesar de todo humano, y no convertirse en un cadáver errante, tenía que darse cuenta de lo que constituía el punto sin retorno de lo individual, más allá del cual uno no debía ceder nunca ante su opresor, incluso a riesgo de su salud, y tenerlo muy presente en la mente. Más allá de ese umbral de conciencia, la vida habría perdido todo sentido. Se sobreviviría, no con un respeto mermado en sí mismo, sino sin tener ya ninguno”[2]. Lo peor es que muchos ya ni siquiera sienten el linchamiento de sus propias conciencias, ¿cómo iban a sentir que se linchaban a sí mismos? Así que ¡rumbo al Planeta Kropotkin!

[1] Langhoff, W: Die Moorsoldaten. Spiegel Verlag, Zurich, 1935, p. 77.

[2] Bettelheim, B: Überleben. Mitschen Verlag, Berlin, 1977.

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