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Ensayo

Varios autores: El libro negro del nacionalismo

domingo 09 de enero de 2022, 23:15h
Varios autores: El libro negro del nacionalismo

Prólogo de Albert Boadella. Deusto. Barcelona, 2021, 520 páginas. 18,95 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En El libro negro del nacionalismo. La ideología totalitaria que ha conducido a Cataluña al desastre, coordinado por Miriam Tey, Sergio Fidalgo, Pablo Planas y Juan Pablo Cardenal, el lector hallará una obra tan sobresaliente como escrita sin complejos. Se agradece que, en cuestiones que afectan a la unidad de la Nación, se renuncie a la corrección política, entre otras razones porque esta última se encuentra reñida con el rigor científico.

La obra está dividida en siete partes íntimamente relacionadas entre sí y en ella participan una pluralidad de autores de diferentes profesiones y disciplinas académicas (intelectuales, periodistas, economistas, juristas, filósofos, historiadores…). En este apartado hallamos el primer acierto puesto que solo desde esta amplitud de miras resulta posible analizar la deriva independentista y sus consecuencias. En efecto, frente a la tentación de creer que el procés constituye un fenómeno que hunde sus raíces en el 1 de octubre de 2017 o en el 9 de noviembre de 2014, el estudio exhaustivo de la figura de Jordi Pujol resulta determinante. Uno de los elementos que sirve de hilo conductor a buena parte de los capítulos son las referencias a elaboraciones doctrinales del exlíder convergente, destacando entre las mismas el Programa 2000.

Dicho documento contenía una serie de ejes vertebradores que han permitido que durante estos últimos 30 años el nacionalismo haya penetrado en colegios profesionales, sindicatos, centros de enseñanza, policía autonómica, parroquias y asociaciones deportivas. Esta multitud de entidades han avalado las tropelías contra la legalidad vigente diseñadas y perpetradas por la Generalidad, fortaleciendo el discurso victimista que emite el independentismo con el que, a su vez, también persigue ocultar la corrupción, seña distintiva del denominado años atrás “oasis catalán”.

El Molt Honorable, siguiendo la máxima “hoy paciencia, mañana independencia”, cimentó, instrumentalizando en beneficio propio, los recursos que le brindaba su control absoluto de todos los resortes del poder, una estrategia de estigmatización y de exclusión de lo español en Cataluña. La educación y los medios de comunicación se convirtieron en sus principales aliados. Este modus operandi siempre actuó envuelto en una defensa a ultranza de la lengua catalana, elevada a la categoría de pócima mágica al servicio de la cohesión y de la convivencia, cuando la realidad era otra bien distinta: “La imposición del catalán y la exclusión del español en las escuelas fue el punto de partida y la piedra angular del nacionalismo, y sigue siéndolo en la actualidad […]. Por ello, los profesores y los padres fueron los primeros colectivos en sufrir en sus carnes lo que se estaba tramando” (págs. 369-370), apostilla López Doriga. En consecuencia, la tan cacareada integración era simplemente sinónimo de asimilación: Los inmigrantes, son, para Pujol, por tanto, nada, excepto un cuerpo en busca del alma que sólo un pueblo, un verdadero pueblo, puede otorgarles, un alma que es colectiva” (p.345), sentencia Francisco Caja.

Con todo ello, centrándonos en lo más inmediato, las repercusiones de las algaradas anticonstitucionales lideradas por los Mas, Puigdemont o Junqueras se perciben de manera tangible en forma de fractura social, supremacismo étnico y fuga de empresas. Además, como recuerda Santiago Trancón, quienes inspiraron el procés, caracterizados como mártires por la propaganda oficial, en la actualidad son actores fundamentales para el gobierno de España, lo que no beneficia a quienes han combatido con vigor y escaso apoyo el totalitarismo nacionalista desde los años 80.

Al respecto, apreciamos justo el fenómeno contrario. Así, abundan los sintagmas que aluden a la normalización que dicen se está produciendo en Cataluña, tales como “reconstruir la convivencia”, “dialogar” o “fracaso del procés”. Iván Teruel introduce dosis de realismo a la hora de abordar esta cuestión, desmontando de golpe el optimismo interesado y quizás incluso ingenuo que proyectan ciertos altavoces mediáticos: “Nada ha cambiado en Cataluña. Sólo ha cambiado la repercusión de lo que ocurre, su resonancia mediática […]. Hubo unos meses en que los contrarios a la independencia parecía que se organizaban, que perdían el miedo a hablar, que iban a reivindicar de manera desacomplejada sus derechos. Fue un espejismo” (p.392).

En íntima relación con la idea anterior, la tergiversación de la Historia hasta límites que sobrepasan la obscenidad es otro fenómeno consolidado en esta Cataluña de 2022. Jordi Canal y Ricardo García Cárcel abordan dicha cuestión de manera muy valiente, aportando nombres de pseudohistoriadores y de eventos (como el congreso España contra Cataluña) en el que la manipulación del pasado se puso voluntaria pero no gratuitamente al servicio de la causa independentista. Sin embargo, menciones relativas a una (imaginaria) estatalidad histórica de Cataluña, afirmaciones como “España nos roba” o la reiteración permanente de la existencia de componentes franquistas en nuestro actual sistema político no han quedado reducidas a un mero consumo interno. Por el contrario, organismos pagados por todos los contribuyentes como Diplocat los han exportado al exterior: El independentismo difundió así la imagen de una España bajo sospecha, con tics de país anómalo y pseudofascista, que no hizo del todo bien la Transición y que tiene aún cuentas pendientes con su pasado, con Franco y demás estereotipos de la leyenda negra antiespañola a la cabeza”, subraya Juan Pablo Cardenal (p.86).

Sobre esta última cuestión, los autores enumeran reproches centrados en el inmovilismo mostrado por el gobierno de Rajoy a la hora de finiquitar esta mascletá de mentiras. Desde un punto de vista más general, apuntan a otro hecho que no debe subestimarse: la desaparición cada vez más acelerada del Estado en Cataluña, hasta convertirse en un actor residual en ámbitos tan fundamentales como la enseñanza, la judicatura o la seguridad. Como explica José Domingo según el Boletín Estadístico del Personal al Servicio de las Administraciones Públicas del mes de julio de 2020, que elabora el Registro Central de Personal, el sector público catalán cuenta con un total de 324.629 empleados, de lo que 209.042 prestan servicio en la administración autonómica, 89.547 lo hacen en administraciones locales y 26.040 sirven en el sector público del Estado” (p.277).

En definitiva, una obra de obligatoria lectura, coherentemente estructurada y valiente en sus planteamientos y propuestas en la que los autores muestran un espíritu crítico derivado de su conocimiento científico y vivencial del objeto de estudio abordado. Una excelente representación de la resistencia al dogmatismo soberanista que ha dividido a una sociedad tan heterogénea como la catalana.

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