El Proyecto de Ley de Memoria Democrática (2021) subsana, en parte, y felizmente, los problemas tautológicos de la Ley de Memoria Histórica, de 2007. Tales conceptos se recubren. El primero es natural, y, el segundo, casi artificial. Aquel, la memoria, espontáneo y, este otro, historia, reflexivo. El grado de aproximación entre ellos depende de los hechos y testimonios fundados en algo más profundo que el recuerdo.
No hay historia sin memoria −evidente−, pero no basta ejercerla para hilar un relato histórico. La memoria se ramifica y la realidad que referencia se pierde en el olvido. Recordar significa traer al corazón (latín “cor”) lo entrañado o excepcional de la vida. Su apego e intensidad emotiva puede alterar lo recordado. Y el filtro del tiempo tamiza los criterios, escorzos (Ortega y Gasset), perfiles, y hasta los hechos que lo concretan. Permanecen si alguien los graba en soportes de variada índole. Hasta la piedra resulta entonces testimonio. El recuerdo se encapsula, petrifica. Y aun siendo hechos, actos particulares, circunscritos a espacio, tiempo y modo, se convierten en colectivos y de interés humano tan pronto se consideran testigos del tiempo: “historia magistra vitae, testis temporum”, en palabras de Cicerón. El testimonio es el fundamento de la historia.
Tanto uno como otro concepto son tiempo sepultado. No garantizan presente y, menos aún, futuro. No fundan ciencia propiamente, porque no hay base ni garantía de ley que sostenga el valor de lo concluido. Y sin ellos, vivimos desorientados. La ciencia moderna exige predicción, certeza de que lo estatuido se cumple en cualquier situación, circunstancia. Las palabras testigo, testimonio, encierran en su arcaica etimología indoeuropea, abreviando mucho su propia historia, el número tres y la raíz “st-” de estar, estado, en la acepción de mantenerse, aguantar de pie. El testigo es tercero ante un tribunal, una corte, un juez. El estrado del tiempo donde se juzga la memoria de sus cenizas y en grupo. Su fosa común. El tiempo colectivo (Maurice Halbwachs).
Augusto Comte quiso desentrañar del relato histórico una ley positiva, pero reconoció que circuir un hecho pasado como objeto científico resulta difícil. Cualquier proposición suya debía someterse, siguiendo a Hume, a prueba verificada por el hecho. El conocimiento sería entonces un saber provisorio: “savoir pour prévoir, afin de pourvoir”. Prever, proveer, la mejor lección del pasado.
Memoria histórica es el “tercero” de un juicio anónimo en modo presente formado por alguien interesado en conocer sus raíces, tal vez manipularlas, y con proyección, por ello, de futuro en el pretérito, potencial. Esta presencia se pretende además universal desde el lenguaje que la dicta y describe. La historicidad es un universal de la significación según el lingüista e hispanista rumano Eugenio Coseriu. El acto de habla ya contiene historia por el tiempo y uso que cada palabra acumula. Al hablar, articulamos tiempo y espacio en modo fónico. La poesía vive este ritmo con intensa premura existencial. Jorge Manrique y Antonio Machado son esa vivencia palpitante.
Hablar y leer implican una retroproyección que eriza los bucles del tiempo. Lo filtran y aclaran. La historia tiene recovecos profundos, galerías a veces insondables. Una memoria de algo no fingido, sino soñado entre el humo o el vaho que la vida acumula con su añoranza, dice Gabriel Miró, antes que Marcel Proust. Pero los sueños e imaginaciones son ansias, expectativas, vivencias, posos existenciales. Forman también el barro de la historia. El hombre tiene detrás y ante sí un horizonte inmemorial (Levinas) cuya intensión crea e imagina tiempo. Es la vibración “siendo” de la existencia. Filósofos, físicos, matemáticos, neurólogos, olvidan que los datos, pensamientos, son fenómenos vibrados o resonantes del estado “siendo” de quien piensa, calcula, analiza, y de lo pensado, calculado. Vivimos en una burbuja singular denominada “ente”, participio griego “on-ontos”, dinámico, latín “ens-entis”, y de ahí entidad, entero: lo que es, “siendo”, presente en sí continuo, autógeno mientras dura, persiste. Como la vida.
Confrontado con su realidad auténtica, precaria, el presente de los actos convierte al acto de presencia en actualidad acrónica. Desentrañamos el continuo real o el contenido histórico de los hechos hilando puntadas que zurcen los intersticios del tiempo-espacio. Este zurcido queda disimulado en los pliegues de la forma narrativa. El movimiento de la acción funciona entonces como lo impensado de una convicción subsistente. Y lo proyectamos sobre lo conocido o aún ignoto. Sin el sentido de actualidad que irradia la existencia no nos moveríamos. Fagocitamos el tiempo creando la red del presente. Tal es asimismo la Historia, escrita con mayúscula.
Aristóteles resalta en la poesía la vibración vital respecto de la historia, la posibilidad interna del hacer (poíesis) frente al hecho estatuido de los eventos. Una posibilidad conforme “a lo verosímil y necesario”. La poesía abre un horizonte de crédito ontológico. Necesario además si las condiciones que posibilitan la narración de los hechos son también verosímiles, si crean −se entiende− un símil de verdad inherente a lo narrado y la forma que adquiere su dinamismo. La unidad interna del proceso es su esencia. La verdad atañe al fondo lógico del conocimiento, como entrevió Goethe y supo explicar Ortega y Gasset magistralmente con las raíces genitales del lenguaje −él decía genitrices− y su magma atómico, en estado líquido de sentimiento y percepción creadora. Las mismas del pensamiento creador.
¿Por qué el decir del poeta es para Aristóteles más verosímil, más semejante a la verdad, al ser de las cosas, que el del historiador? Uno narra lo sucedido y otro “lo que podría suceder”, su entorno. La poesía es más filosófica, dice, y elevada que la historia, pues atañe a lo general que instaura un horizonte que encuadra lo particular y lo dota de sentido. Pero tampoco basta esto. La poesía, añadamos, desentraña la vivencia, el latido del espacio-tiempo en la resonancia humana del acontecimiento. El poeta vivencia y el historiador, en cambio, por mucho que actualice los datos, los distancia. No hay historia del presente. Sin embargo, un gran historiador vive también el pasado proyectando en él, desde él, su actualidad. En la historia hay un halo ontopoético
El pueblo español entendió muy bien esta diferencia al crear en verso cantilenas, coplas sobre acontecimientos, personas, emociones colectivas cuya resonancia sentía como propia y que los amanuenses, cronistas de época, relataban en prosa. O al revés, los juglares extraían el halo popular del relato histórico. El romancero es la vivencia, el ritmo interno de los hechos, y los anales, crónicas, su relato circunstanciado. La poesía revela el alma de la historia. Así la entendieron los grandes poetas, desde Homero en Grecia, Virgilio en el Imperio romano, Dante en Italia, Shakespeare en Inglaterra, Jorge Manrique y Cervantes, quien se dolía de sus versos comparados con la prosa −no así Quevedo−, en España. En la verdadera poesía fluye la savia de la realidad y aflora la emoción que la objetiva. Instaura presencia, pero no solo lo general respecto de lo particular, como dice Aristóteles en la Poética, sino el magma espiritual del pensamiento, que denominamos lenguaje, el “seelischen Fluidum” de Husserl, “das Physisch-Geistige”, lo espiritual físico. La apertura del ente en su ser revela el acontecimiento de la verdad, dice luego Heidegger: “Die Eröffnung des Seienden in seinem Sein: das Geschehnis der Wahrheit”. Esa relación interna de lo particular a lo general o universal, y viceversa (top-down) es otro principio general, con la retroproyección, del conocimiento y del lenguaje.
La momificación de la existencia al estatuirla congela la vida. La presencia que requiere la Historia difiere del presente que la describe para comprenderla. Su evidencia y método son paradójicos. Cuanto más tiempo acumule, más verosímil resulta la “necesidad” del relato. Su horizonte se dilata y en él se revelan las figuras, el escorzo orteguiano, las señas que unas cosas, hechos, actos, hacen a otros desde el fondo que las integra: “El <<sentido>> de una cosa es la forma suprema de su coexistencia con las demás, es su dimensión de profundidad”, resume Ortega y Gasset.
Si se proyectan las leyes españolas antes mencionadas sobre este trasfondo, su contexto evidencia el recorte crítico, hermenéutico, que las inspira. Y esto desluce la intención reivindicativa que las fundamenta. Circuyen un período concreto acotando el trasfondo que lo engloba. Seccionadas en canal, sin precedentes en que proyectarlas, o reducidos a brochazos en el preámbulo, confirman un recorte incompatible con las exigencias críticas de la investigación histórica. Secuestran la garantía de “verosimilitud” de los sucesos acaecidos y la “necesidad”, nada histórica por principio, de conocer las condiciones que pudieran posibilitar los hechos, no justificarlos. Las turbulencias generadas desde las Cortes de Cádiz (1812), en lontananza histórica respecto del período que sellaban −la Monarquía imperial, cuatro siglos− y pretendían abrir, el democrático, hasta la realidad cruel de la Guerra Civil (1936-1939), siguen moviendo océanos de tinta, clics que son, a veces, no las señas, indicios ontológicos de Ortega, sino guiños cómplices, contextos inducidos por intereses de políticas concretas. Así fue y así acontece.
Si se pretende crear un contexto europeo en el que ensamblar la historia republicana de España, entre febrero de 1873 y diciembre de 1874, más abril de 1931 hasta abril de 1939, apenas diez años de historia, la experiencia de las dos guerras europeas, mundiales en extensión, es abismo insalvable. Lo es también la condena de los crímenes nazis y comunistas del siglo XX en la Resolución del Parlamento Europeo del 19 de septiembre de 2019. En ella se pide a todos los Estados de Europa “una evaluación clara” de los hechos criminales fundada en los principios que los avalaron. Y condena además “toda manifestación y propaganda de ideologías totalitarias” en la Unión especificando “el nazismo y el estalinismo”. La resolución ha pasado sin pena ni gloria en España. Sin embargo, en el nuevo Proyecto de Ley de Memoria Democrática se incluye la declaración del 8 de mayo, día de la rendición incondicional de Alemania en 1945, como “fecha de la victoria europea sobre el fascismo y el nazismo” y “de recuerdo y homenaje a las víctimas del exilio” español causado por la Guerra Civil. Es un eslabón, sin duda, pero queda solapado, en tal fecha, el efecto criminal que tuvo el estalinismo en España y su fundamento. La proyección del nazismo y comunismo sobre la Segunda República española, en los preámbulos de la Segunda Guerra mundial, es hoy un dato indiscutible entre los historiadores.
La hermenéutica requiere evitar la proyección de paradigmas contemporáneos sobre la realidad del pasado. El trasfondo “siendo” de la verdad histórica depende del contexto nativo de su origen. Saber determinarlo e interpretar la actualidad que le corresponde, es un reto crítico. Por eso no tiene mucho sentido, al margen de buenos propósitos y su reflejo temporal, pedir perdón, en nombre de instituciones, estados o religiones, por lo sucedido en tiempo ya remoto. Otras eran las voluntades. Lo exigible es conocer los hechos y juzgarlos según resalten o contradigan la naturaleza humana. La Historia tiene una responsabilidad ética. El pueblo que no la conoce, está condenado a repetirla, recuerda Jorge Santayana con trasfondo de otros autores.
El conocimiento histórico es una obligación moral y política de todo Estado. Quien manipula el conocimiento histórico, atenta contra la libertad y el Derecho que instituye. De ahí la misión delicada del historiador al describir los hechos y presentar los testimonios en el contorno y dintorno de las condiciones que los posibilitaron. Y al filósofo de la Historia le corresponde desentrañar los valores de la acción y actualidad humana. El político los plasma regulando la convivencia. Si está dotado de la vibración existencial adecuada a cada momento y de perspectiva ética, decimos que conduce la Historia. Es un hombre de Estado. Crea modos humanos de existencia. Rara avis, sin embargo.