La situación en Ucrania pinta fea y no es fácil gestionar la crisis. Nunca es sencillo tomar decisiones y hacer política/diplomacia cuando detrás de la negociación con argumentos, razones y papeles hay bombas apuntando a personas. Desde lejos (no tan lejos) parece hasta cómodo hacer un diagnóstico simplista y populista para decir “No a la guerra” o “Sí a la OTAN”.
Todo es siempre más complicado de lo que parece y no es suficiente decir, con la superioridad del que piensa que con palabras contundentes basta, que solo hay que disuadir a Rusia con persuasión. ¿Eso cómo se hace? Las amenazas están sobre la mesa: “O haces esto o aprieto el botón rojo”. Y todos pensamos que “no llegará la sangre al río”, pero, como decía aquél: ¿y si sí? Entonces, ¿qué le decimos a Rusia o a la OTAN, “oiga, que está feo matar”?
Lo que está claro es que en la arena política, una vez más, vale todo y el doble rasero de "lo que hace mi rival político siempre está mal" y "yo siempre tengo la razón", se te vuelve en contra porque así no convences. Proclamar el “No a la guerra”, hacer campaña contra un partido que envía tropas y criticar que el entonces presidente del Gobierno estaba mano a mano con el homónimo de EEUU pone en un serio dilema moral al partido político que ahora dice “Sí a la OTAN” para justificar el envío de fragatas y cazas de combate y, sobre todo, para que Joe Biden haga algo de caso a Pedro Sánchez, que no cuenta nunca en primera instancia para el presidente estadounidense.
Nada molesta más a Sánchez que vivir ignorado, estar siempre en la irrelevancia internacional pese a sus sobreactuadas poses de líder atareado salvando el mundo con cara de preocupado, pero “tranquilos que yo estoy aquí y mirad que cartera de presidente más bonita tengo yo y tú no”. Pero no es de extrañar que Joe Biden y el resto de líderes de otros países no se fíen del presidente del Gobierno de España. Saben perfectamente que su palabra no vale, es papel mojado, porque depende obligatoriamente de otros que están más con el Comunismo Internacional, la independencia de territorios y los terroristas.
Ni siendo la sede de la próxima cita de la OTAN, ni mandando refuerzos a la zona amenazada o al ministro de Exteriores a EEUU Pedro Sánchez se gana una silla en el grupo de confianza de Biden. Y en Moncloa, o en una parte de Moncloa, saben por qué.
De hecho, es de imaginar que no tardarán mucho sus socios de coalición y de apoyos comprados en el Congreso en “montarle” al Gobierno una manifestación multitudinaria (pero con la misma distancia de seguridad que los jóvenes en un botellón) para pedirle a Pedro Sánchez que no se manche las manos de sangre y que la izquierda nunca aprobaría una intervención militar porque ellos son pacifistas y solo combaten contra los enemigos del feminismo, la ecología y el animalismo.
Debe ser también bastante desalentador para el presidente del Ejecutivo, siempre desde la presunción de que le importa lo que piensen los demás, que solo reciba el apoyo institucional de los partidos de la oposición. ¿Se imaginan tener que explicar que el PSOE tiene el apoyo de PP, Vox y Ciudadanos para apoyar una intervención logística en un hipotético enfrentamiento militar? ¿Cómo argumenta Sánchez a todos los que le permiten permanecer en Moncloa que envía fragatas y aviones de guerra a zona de conflicto?
Pues le tendrá que resultar harto complicado, pero también es verdad que no es la más grave y de todas ha salido tirando de chequera y cesiones más inmorales aún. Cuesta hacerse a la idea de por qué decisiones pasará a la historia Pedro Sánchez. Desde luego no será por las que él apostaría.