“Me sentí acariciado, recogido, amparado. Mi antigua personalidad volvió a encontrarse en mí, como si estuviese allí, hacía un año, a mi espera. Inclinado sobre la mesa, sollocé, perdido el dominio de mí mismo”, nos confiesa Wenceslao Fernández Flórez (La Coruña, 1885-Madrid, 1964), cuando ha conseguido pasar la frontera y dejar atrás una etapa de agonía y persecución en el Madrid revolucionario de 1936. Atrás queda una situación terrible y buena parte de vida, que estuvo a punto de perder “¡Cuántas cosas terribles quedaban allí! La guerra, el hambre, la desorganización, el odio, amistades desafectas, afecciones perdidas... Un año entero de mi vida pasado en angustia, en trances tales que ni mi imaginación de novelista los podría haber sospechado alguna vez. El fruto de tanto tiempo de trabajo aniquilado. Mi biblioteca robada y dispersa, imposible de rehacer ya con aquella larga y atenta selección cariñosa. Un hatillo de ropa en una maleta, la pluma en el bolsillo del chaleco. Y en el alma el dolor de haber visto tan cerca cuanta maldad encierra la humanidad”.
Wenceslao Fernández Flórez se convirtió en una presa a batir. Su “delito” defender sus ideas y ser el brillante cronista parlamentario del periódico ABC en “Acotaciones de un oyente”, un diario que sufrió muy especialmente la saña de la izquierda revolucionaria, no solo al ser incautado, sino con el asesinato de casi un centenar de sus trabajadores, más allá de sus responsables, como el subdirector Alfonso Rodríguez Santamaría, o sus firmas como Víctor Pradera o Álvaro Alcalá Galiano. Fernández Flórez se salvó por los pelos.
Hace poco tuvimos ocasión de reseñar en este mismo suplemento Una isla en el mar rojo, donde el periodista y escritor coruñés nos ofreció un espléndido relato novelado de su experiencia en una capital de España en la que los milicianos campaban por sus respetos, y estaban a la orden del día las denuncias falsas, los fusilamientos sin ningún tipo de legalidad, las sacas, las checas, los siniestros “paseos”... Lo hacía a través de Ricardo, una suerte de álter ego, protagonista y narrador en primera persona, perseguido por los revolucionarios. Fernández Flórez también escribió El terror rojo, donde comparte su peripecia sin figura interpuesta. Estas memorias se publicaron en Lisboa, O terror vermelho, y han permanecido inéditas hasta ahora en español.
El sello madrileño Ediciones 98, que dirige Jesús Blázquez, ha tenido el enorme acierto de publicar ambas obras, y en breve aparecerá La novela número 13, centrada en la actuación de las Brigadas Internacionales y el protagonismo del detective británico Charles Ring y el miliciano Leonardo Saldaña. De esta forma, los lectores tenemos a nuestro alcance, en cuidadas ediciones, la imprescindible trilogía -aunque se pueden leer de manera independiente- de Fernández Flórez sobre la fratricida contienda española de 1936, que nos permite acercarnos a la cacareada memoria histórica no solo desde el lado que le interesa a sus propulsores. Porque en la Guerra Civil los asesinatos, las tropelías, la barbarie... no fueron patrimonio de uno solo de los bandos.
Igualmente, el catálogo de Ediciones 98 acoge del mismo Fernández Flórez Crónicas de la Guerra Civil -de próxima publicación-, su colección de relatos Tragedias de la vida vulgar. Cuentos tristes, y El bosque animado, una de sus mejores y más significativas novelas, lograda precursora del realismo
El ágil y preciso estilo de Wenceslao Fernández Flórez se despliega en El terror rojo, en donde le acompañamos en su odisea por casas de amigos y embajadas, pues en su domicilio ya no podía estar seguro. Sintió muy cerca el peligro en varias ocasiones, como cuando un grupo de milicianos entra en su casa, episodio que relata en detalle. También en sus reflexiones y la observación de una realidad que únicamente podía conducir al desastre, tras la manipulación y el radical sectarismo que se hacía cada vez más fuerte, alcanzando incluso niveles grotescos como en la siguiente muy elocuente anécdota: “La idea religiosa se combatía mediante mecanismos de análoga simplicidad. Conozco personalmente, también, un caso de un maestro rural que procuraba influir en los tiernos espíritus de sus alumnos con esta prueba. —No hay Dios —decía —, y para que se convenzan, pídanle pan. —¡Pan! —gritaban las criaturas— Como es natural, nada de extraordinario ocurría. —Pídanlo ahora al diablo. Y cuando los pequeños así lo hacían, abría una trampilla del techo y dejaba caer algunos bollos”.