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TRIBUNA

La tragedia del matarse

miércoles 09 de febrero de 2022, 20:50h
  1. El suicidio es el acto de quitarse la vida deliberadamente, de poner fin a la existencia, de rechazarse a sí mismo y a las propias circunstancias de forma absoluta, rotunda e inexorable, no meramente parcial ni reversible, sino irrevocable y sin solución. Quien ha puesto fin a su propia vida se ha despedido definitivamente de este mundo en todos y cada uno de sus referentes de sentido. Se trata, en definitiva, de una enmienda a la totalidad. El suicidio es sin retorno. Todo se convierte en nada. Todo lo que fue amado, todo lo que fue temido, todo lo que fue odiado, todo lo que fue esperado pasa a ser nada. Habrá después o no habrá otro mundo u otros mundos, pero éste se acabó. Sus reglas de juego no forman parte del juego.
  2. El suicidio, sin embargo, es una manifestación de poder radical, la potencia para desarraigar todas las raíces de la raíz. Quien ejercita su poder de decir no de forma absoluta reproduce al ángel caído cuya malignidad resulta insuperable por la potencia de su negación misma. Más no se puede matar. Mucha ha de ser la fuerza de la muerte que brota del interior del suicida, muy superior a la que viene de fuera y se la contrapone. Matarse a sí mismo es anular la capacidad de cuanto podría llegar en mi auxilio desde fuera tarde o temprano. La auto-occisión levanta su vuelo más tempranera, ya que ningunea a todas las posibles vidas y muertes al acecho.
  3. El poder de decir no es aquí más fuerte que el de decir sí. El del no aniquila al no del . El nihilismo se traduce en la negación del ser desde el ser, lo orienta hacia la nada, ese reino donde finaliza la batalla campal. El suicidio puede llevarse a cabo de muchas maneras y por muchos motivos, pero hace falta el último gesto de abrir la ventana y arrojarse a continuación al vacío. La voluntad de salto es mucho más poderosa que la fuerza del freno para no saltar. Hasta ahogándose tiene más fuerza quien se ahoga que quien se lanza en su auxilio tratando de salvarle.
  4. La potencia del suicidio contrasta con la fealdad del suicidio mismo, lo antiestético por excelencia, una prueba más de que la ética y la estética son inseparables. ¿Existe algo más sobrecogedor que un ahorcamiento, donde la figura humana se transforma en un pelele deshecho al que nada sino la compasión podría dar tierra en un sepulcro?
  5. La muerte por suicidio es una marea de fluidos sucios y cada vez más expansiva, la novena causa de muerte en el conjunto de la población mundial y la segunda entre personas de 10 a 30 años. Qué potencia de llamada, qué fuerza de persuasión. Los hombres se suicidan casi cuatro veces más que las mujeres, ¿no será porque muchas mujeres han sido maltratadas hasta la muerte en vida por aquellos que luego se suicidan? Tan triste privilegio es el del macho que después de asesinar a la hembra se rebaña el propio cuello. Querer tener la última palabra y tenerla a cualquier precio es una característica de los suicidas.
  6. Todo cuanto se amó y todo lo que se odió puede mayarse. No siempre se mata lo que más se odia; a veces se arroja el agua sucia de la bañera con el niño lavado dentro. No siempre nos satisface lo bueno en nosotros mismos, cualquier negro nubarrón puede descargar su lluvia ácida, o su destructividad de tsunami. No siempre se sabe qué es lo que más se odia de uno mismo: entonces erramos el tiro y de un solo gatillazo descerrajamos todo el cerebro. Y entonces devenimos moscas matadas a cañonazos. En lugar de una incisión exploratoria, nos levantamos la tapa de los sesos.
  7. No puede haber amor al tú sin amor al yo. Ahora bien, siendo el yo lo más amado (el amor al tú es amor al yo que ama al tú), el desamor de sí mismo la heterofobia.
  8. El campo suicidiológico es la antítesis del campo santo, si bien se copertenecen como fortuna e infortunio, como la buena y la mala sinfonía. El mal se lleva así juntos al buen trigo y a la mala cizaña.
  9. Sin dejarse llevar por los rituales neuróticos de la propia angustia, el río de la vida pide circunspección y prudencia al propio timonel. En cualquier instante, en cualquier mal cálculo, podemos hundirnos con el peso de la barca sobre nosotros mismos, a la vez barca y barquero. Ese vivir peligrosamente apura demasiado la frenada por estar tan pegado y apegado al riesgo. Todas las heridas hieren, la última mata: en lugar del “no va más” admonitorio del crupier, el jugador tienta la suerte.
  10. Todo y nada, tan unidos de la mano. Cuanto es amado puede llegar a ser odiado. La razón está en que amor y odio son el haz y el envés de una misma moneda; cuando se ama nunca se ama lo suficiente como para no odiarse lo bastante en algún momento. Por eso hay que amar la vida buena para no amar la mala muerte.
  11. También la muerte es espaciotemporal. Si no controlamos el instante bueno del tiempo convertiremos la buena hora en mala hora. La hora del suicidio es la hora de la mala muerte, la del instante fatídico. El tiempo malo estalla cual bomba de relojería en un corazón disrítmico. A cada día le basta su afán.
  12. ¿Nace torcido el árbol de la muerte, o es la vida misma la que se retuerce para dejar seco al árbol de la vida? El 80% de los suicidios es causado por acumulación de problemas sin resolver. También las ideas negativas pueden –una vez cristalizadas- dar un salto cualitativo hacia adelante, brincar de los pensamientos negativos a los hechos negativos: también el 80% de los suicidas acudió a un médico el año anterior a su muerte. Cuando la negatividad se potencia en grado sumo, no parece fácil hacerse a un lado o dar un paso atrás.
  13. Con demasiada frecuencia, el suicida se mata por miedo a la vida. Cheslie Kryst, Miss USA 2019, se lanzó al vacío en Nueva York desde su apartamento en el piso 60. Había escrito: “La sociedad nunca ha sido amable con los que envejecen, especialmente con las mujeres. Al cumplir los treinta años siento como un frío recordatorio de que me estoy quedando sin tiempo para soportarlo a los ojos de la sociedad, y eso resulta exasperante”. Verdaderamente patético, pero ese apremio por triunfar sobre las arrugas que surcan y agrietan la piel es de un tenor similar al de las anorexias, las dietas, los liftings y la falta de respeto a sí mismo. Mal negocio quererse mal a sí mismo para que la sociedad nos quiera bien.
  14. Una sociedad que ha extirpado de sí misma su dimensión antropológica para reducirse a la sociológica cava su fosa y la de aquellos que por ella son seducidos o abducidos.
  15. Desafortunadamente gentes como Emile Durkheim defendieron que el suicidio es un comportamiento carente de serias repercusiones en los demás. En sus Ensayos sobre el suicidio y la inmoralidad del alma (1777, a dos pasos de la Revolución francesa) escribe que “un hombre que se retira de la vida no hace daño alguno a la sociedad; lo único que hace es dejar de producir bienes. Y, si esto es una ofensa, es desde luego de la más modestas especie”. Tal vez por eso los herederos frustrados, humillados y avergonzados seguían enterrando hasta el 1879 a sus suicidas a la caída de la tarde, ya sin la luz reveladora del oprobio. El utilitarismo no entiende la muerte del suicida porque valora más la vida superficial, y en eso ha hecho escuela en Occidente. La moneda: comprar barata la muerte.

Pero la cuestión es aún más compleja. En efecto, según Durkheim los suicidios son fenómenos naturales que responden exclusivamente a causas sociales; el individuo se suicidaría porque la sociedad a la que pertenece pierde su cohesión. ¿Qué cohesión? La que da el dinero y la herencia, poderoso caballero don Dinero. No pocos se han suicidado tras las grandes crisis económicas, pero eso porque ya antes se habían desestructurado prefiriendo incluso la indecencia de la familia antes que su cuenta bancaria. Por lo demás, y si las cosas fueran como las plantea Durkheim, todos los marginados, outsiders e insignificantes socialmente se habrían suicidado. Más todavía, de llevar razón el sociologismo durkheiniano, también la llevarían el maltusianismo, el supremacismo y la “moral cerrada”.

  1. Uno no se mata solamente a sí mismo, sino en racimos. El efecto postraumático que produce el octogenario lanzándose desde su ventana al patio de recreo del colegio en que juegan los niños es incalculable. Muerto incluso el recuerdo en el subconsciente, no cesa de trabajar en el subconsciente ni de brotar por la fuerza de lo reprimido. Qué forma de arruinar la vida.
  2. La eliminación de sí mismo no elimina el amor de quienes lo aman, pero sí su capacidad de amarse a sí mismos. Mi no amor a mí mismo conlleva la merma de mi capacidad de amarme a mí mismo en los otros, pues yo me amo contigo-en-ti-para-ti-y-para-mí, no como Robinsón en mi isla. La vida es un eslabón de eslabones.

Si alguien nunca se amó a sí propio, ni a quienes le amaron o hubieran podido amarle, es que ya estaba muerto antes de matarse; el matarse último no sería más que el acta de defunción del predifunto.

  1. Incluso los intentos de suicidio, si no son histriónicos, llevan impresos en su rostro la voluntad elícita de quitarse de encima también el propio rostro. Qué desolación que el suicida pierda toda sensibilidad, incluso la mínima necesaria para recordar que nunca como al morir el tú amado aparece la nostalgia de vivir lo infinito en el amante.
  2. Psicosomáticamente el cuerpo y la mente interactúan. El 5% de los esquizofrénicos termina suicidándose. Pero ni siquiera en esos casos puede ninguna terapia ser tratada exclusivamente con la química y la farmacia. Los buenos psiquiatras lo saben, los malos lo ignoran. Lo ignoran porque reducen la persona a la mente, la mente al cerebro, y el cerebro a la materia. Ese materialismo mata incluso a la materia.
  3. El cuerpo es la mente extendida (extended Mind), y por eso también los antecedentes familiares sórdidos, las drogas, el desempleo, el acoso, el abandono escolar, las situaciones de traumatismo social, etc. Es uno de los olvidos favoritos de los gobernantes, incapaces de distinguir entre los suicidios de corto recorrido y los de largo recorrido. No van a ninguna parte porque prefieren el caos siempre que ellos mismos lo cabalguen.
  4. Algo cada vez más frecuente en el entorno del suicida es el pesimismo global, la convicción de que este planeta camina a la deriva y que a no mucho tardar la especie humana desaparecerá. Entonces el humano pasa a ser odiado, especialmente si procrea, y el afecto pasa a los animales, a los hobbies, o a las cosas; en una palabra, la mutación de la escala de valores impele al suicidio ecológico.
  5. Una variante la encontramos en las sectas apocalípticas que aman las vidas venideras por la incapacidad de aceptar la existencia terrenal. Un ejemplo de libro: el 18 de noviembre del 1978 se suicidaron tras la correspondiente ingesta de cianuro 914 sectarios del Templo del Pueblo.
  6. Cuando el suicidio es por altruismo no se considera suicidio. Las hormigas forelius pusillus llevan a cabo una defensa sublime: cada tarde, en prevención de catástrofes, un pequeño grupo de ellas abandona la seguridad del hormiguero y cierra la entrada desde afuera a modo de cinturón profiláctico. Semejantes Ant Workers son consideradas heroínas por los sociobiólogos, que además las proponen como modelos de comportamiento para los humanos. No siempre el quitarse de en medio corresponde a actitudes suicidas. Dar la vida en defensa de alguien cuando ya no hay más remedio, inmolarse en favor de la humanidad, el martirio en favor de un valor máximo, son formas sublimes de altruismo. Dar la vida es la antítesis de quitarla.

24. Contra las “conductas de cierre” no bastan las palabras huecas, los consejos cosméticos, las banalidades que tratan al desesperado como a un niño tonto poseído por una rabieta pasajera. Esas actitudes ponen la soga en manos del ahorcado. Ciertamente el chantaje también existe, el problema es cómo diferenciar el chantaje del “instinto de muerte” (hablando impropiamente con lenguaje freudiano). Quien dice “no quiero soportar esta carga”, ”ojalá me acostara y no me levantara nunca”, “no sirvo absolutamente para nada” y desconecta, y apaga el teléfono de su vida, y no contesta está enviando malas señales. Pero también sería poner un pie en la banqueta dejarse inundar por sentimientos insuperables de culpa cuando el suicida ha desconectado.

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