Las mismas personas que a unos dan miedo, a otros les causan risa. Nada hay más desconcertante que eso que llamamos miedo. Él te cambia todos los paisajes. Pero ¿por qué tenemos que tener miedo? Porque el mundo es demasiado grande y nosotros demasiado pequeños, no sólo el mundo exterior sino también el propio mundo interior de cada uno. Lo real siempre se ensancha en lo posible, o lo que es lo mismo, lo posible agranda y desorbita a lo real. Como dijera Freud, nos sentimos muy acabados remando en una barca en pleno océano sin tierra a la vista.
Hay miedos normales y objetivos, y otros subjetivos e irracionales. Es normal que nos dé miedo una casa en llamas, pero no lo es que me lo dé un ratonzuelo o que me aturda una cucaracha. Sin embargo, todos los temores están como incrustados en nuestra subjetividad, que los crea. Hay miedos más fundados y normales que otros más disparatados e invalidantes, pero tanto los unos como los otros surgen en la mente. En cuanto que tal miedo, éste es idéntico cuando lo produce el ratón o el león, ambos se alojan en la esfera de la subjetividad y a pesar de todas las diferencias ontológicas de ambos. La mente humana es hipocondriacófaga. Por decirlo sin barbarismo, el miedo a que algo exista crea el miedo por lo que existe.
La escala de cualquier miedo puede medirse bioenergéticamente (pulsaciones, excretaciones, tensiones, etc), pero su curación profunda no cabe con un mero tratamiento de choque bioquímico. Un cuerpo sano puede tener miedos insanos, pero una mente sana no tendrá miedos insanos.
Por si esto fuera poco, se puede estar zurrado por dentro y parecer por fuera el Sastrecillo valiente o Juan sin Miedo, dada la capacidad de desdoblamiento de la subjetividad. Del mismo modo, podemos poner pies en polvorosa, o permanecer atenazados, paralizados y sin aliento.
En el terreno religioso mismo, puede producir neoconversos traumatizados y traumatizantes, pero también apóstatas irracionales asustados por lo que fueron, y a veces también por lo que pueden llegar a ser. El miedo al infierno, al castigo eterno, esconde miedos más prosaicos, por ejemplo, el miedo a ser descubierto en las mentiras nunca destapadas, que Dios castigaría inmisericordemente a partir de su omnisciencia).
O simplemente, el miedo al qué dirán cuando se trata de personalidades psicológicamente débiles.
Todos los animales, y nosotros como tales, sienten miedo antes o después de lancear o de ser alanceados, no sólo los conejillos temblorosos. Ciertamente, resulta imposible vivir sin algún susto en el cuerpo, la felicidad del presente siempre está amenazada. Un exceso de miedo puede ser tan malo como su carencia. Por eso hay que estar alerta como manda el buen canon de la prudencia. La temeridad (carencia de temor) es recomendable al temerario pero, si el temerario en cuestión no siente temor alguno, rechazará todas las reflexiones que se hagan por sensatas que pudieran ser: vive desinhibido y no entiende de reconvenciones, ni de admoniciones. Se mete en el mundo de la droga como si fuera el mismísimo Capitán Trueno. Aunque a veces lo que por fuera parece valentía, por dentro es un ajustamiento de cuentas consigo mismo y con su entorno, en una palabra, necesidad de aceptación a costa de lo que sea, algo muy común en tantas cosas.
Habida cuenta de la dinamicidad y versatilidad de la mente humana, los campos fóbicos se extienden, se amplían, se multiplican ilimitadamente, un temor lleva a otro como en las metástasis cancerosas, dejando al sujeto que lo padece acuchillado con una cicatriz encimada sobre otro. Miedo de miedos y todo miedo, maraña de miedos.
La fantasía se especializa en jugar con las múltiples posibilidades de la mente, y por eso ceder ante su poderoso chantaje refuerza cualquier posible temor. Para tener buen trato con la realidad necesitamos ser conscientes de nuestros miedos, en lugar de coquetear con ellos; en una palabra, no se debe fantasear con ellos, hay que cortar de raíz su perversa creatividad. Pues nada hay más parecido al poder de la fantasía que el de una boa constrictora.
En lugar de lo antedicho, hay que enfrentarse a las emociones negativas. Semejante enfrentamiento no es una manifestación de cobardía, sino una prueba de que estamos siendo despiertos ante su enorme poder, que nos engulle. Para superar una fantasía lesiva es necesario contraponerla una contrafantasía positiva.
La persona incontrolablemente miedosa suele huir a otros lugares generando de esta manera inconscientemente nuevos problemas. Un cierto instinto de muerte lleva de Scila a Caribdis. Vuelve a su error mutando de error. De error en error, la boa constrictora la aprieta cada vez más.
Este sufrimiento puede adquirir a veces el formato de un afrontamiento envalentonado de carácter suicida. Las falsas valentías, El o me mata el miedo, o lo mato yo a él produce desoladoras derrotas, y entonces el tiro sale por la culata en forma de harakiri. A mayor envalentonamiento, más confusión. En el límite, suplantar la verdad significa entrar en el campo minado de las alucinaciones y de los trastornos graves de la personalidad.
Aunque los beneficios secundarios no falten en el miedo (a modo de distractores para no afrontar la problemática realidad), resulta fundamental hablar de ellos para exorcizarlos. Hacer cosas y agotarse como activista no es de lo que se trata; esto no pasa de ser un intento neurótico de neutralizar nuestro horror al vacío.
Nuestros miedos dicen mucho de nuestra personalidad. Una vez más, los amigos (si ellos tienen la suficiente madurez vital) son nuestros mejores terapeutas. Observar el miedo ajeno enseña mucho en la lucha contra el propio. Reflexionar sobre el comportamiento ajeno posibilita la imprescindible introyección.
Ahora bien, si los amigos correctos no bastan, en caso de crisis no hacer mudanza; debemos consultar con un experto. Es imposible que éste te diga que no puedes luchar contra tu problema. Vete a su consulta antes de que te lleven.
Tú necesitas aceptar (no sólo verbalmente) que puedes equivocarte en tu toma de decisiones y que en esa misma medida tienes que rectificar. No vaya a ser que el temor a rectificar sea la causa de tu miedo, mucho más que el miedo mismo. En muchas ocasiones es el miedo al miedo lo que tememos, más que el miedo a la realidad. Aunque a veces la realidad misma dé miedo.
¿Y si me da un infarto por afrontar ese miedo superior a mis fuerzas? Esta recidivante pregunta genera otra y ésta a su vez otras. La verdadera cuestión es: ¿conozco bien mis fuerzas y mis límites, o los deformo por exceso y por defecto? Reflexionar sobre lo que harías si no tuvieses miedo a tus límites supuestos es muy bueno al efecto. Del mismo modo, resulta muy útil reflexionar sobre las hipotéticas consecuencias de lo que tememos. ¿Qué sería lo más grave que me podría suceder? Muchas veces el temor a lo hipotético es mayor que las consecuencias fácticas. Estas variaciones eidéticas, como las denominaba Edmund Husserl, o “dinámicas del como si” según Vaihinger, posibilitan con su aparente salirse de lo real el regreso a lo real mismo.
Cada edad tiene sus miedos; un joven no teme como el viejo atragantarse, o tropezar y partirse la cadera, como tampoco asustarse por el deterioro inexorable de su salud. Pero en el fondo se trata de una misma angustia, la de perder estatus, poder, presencia, protagonismo, o sea, morir de algún modo en medio de la soledad, el olvido. Son, repitamos, expresiones de una misma nictofobia: las luces se apagan. Y entonces ¿a dónde ir? Mejor no ir.
Como sabemos, en fin, los miedos son relacionales, y sin que nos demos cuenta podemos temer que la violencia callejera nocturna acabe con la vida de un nieto, cuando en realidad estamos culpabilizándonos de no haberle cuidado o instruido. Detrás de un pelito hay un pelote.