Resulta asombrosa la serenidad con la que Occidente afronta la muerte de inocentes en Ucrania: el niño es sagrado y la guerra de Putin –el genocida, el exterminador, el sanguinario, el sacrílego…– quiere detener el instante inocente de los pequeños ucranianos, su pureza adensada. Cuesta explicar al monstruo suicida, cuando la Corte Penal Internacional lo aguarda impaciente, y, sin embargo, continúa impune con su carnicería: los bombardeos y ataques con armas de precisión contra los corredores humanitarios son propios de una alimaña miserable. Desde la cuarta Convención de Ginebra de 1949 y los Protocolos de 1977, las zonas de seguridad para la protección de los civiles en tiempo de guerra son inviolables. Y la Asamblea General de Naciones Unidas en su resolución de 14 de diciembre de 1990, ratificó estas medidas para salvaguardar a los ciudadanos indefensos fijando el derecho inalienable de toda persona a su evacuación, a recibir ayuda humanitaria y al retorno, cuando fuese posible.
Pero en esta masacre, como se ha podido observar en Járkov o en Mariupol, no hay observadores de Naciones Unidas que puedan verificar in situ el cumplimiento de los acuerdos en materia de protección civil: si Putin llega con Volodímir Zelensky a un alto el fuego de cinco días, resulta pérfido, despiadado y cruel romperlo a renglón seguido para exterminar a las gentes que huyen o que buscan alimento en el último supermercado abierto. Los ucranianos de la ciudad dormitorio de Irpin o de la ciudad sureña de Volnovaja que aún quedan vivos están bebiendo el agua de las calefacciones de sus propios edificios, porque ya no hay electricidad, ni energía ninguna. El sosiego con que estos años atrás EE.UU. y la Unión Europea han estado “escuchando” –o desoyendo– las demandas del asesino ruso acerca de la expansión de la OTAN en las fronteras de Rusia ha dado como resultado esta diplomacia inversa del demonio donde miles de cuerpos en apenas doce días ya no se mueven, tendidos en las calles, acostados entre los cascotes.
Descubrimos con el frío de febrero y marzo lo que la geoestrategia tiene de mentira ciega, de movimientos estúpidos, de poder blasfematorio sobre las sacratísimas vidas de los hombres, las mujeres y los niños. Los jerarcas mundiales tienen la última palabra contra los hombres, presto el suicidio de nuestra raza, de nuestra sociedad, de nuestro tiempo. La invasión rusa es, más que un crimen de guerra, una profanación, y después vendrá la ruina, el silencio, el olvido, la rutina y acaso en unas décadas el hombre vuelva a repetir los mismos errores. Siempre ha habido ogros que, de pronto, crecen por encima de todas las treguas, de toda ética, de toda razón. Y el mundo, una vez más, no estaba preparado, sumergido en sus rutinas, confiando a los diplomáticos un trabajo que no han sabido llevar a un final feliz. Algunos solo hacen historia asentados en un charco de sangre, en el horror mismo: Mussolini, Stalin, Hitler, Karadžić y ahora Vladimir Putin, que emerge de la laguna monstruosamente, sin inhibiciones. Hay veces en que el tiranicidio está más que justificado en aras del bien común, y así lo proclamaban los filósofos de la Antigua Grecia (Plutarco, Cicerón, Séneca y Platón)… y, sin duda, el mundo se encuentra ante una de esas ocasiones. ¿Dónde está, como escribió Tomás de Aquino al comentar a Pedro Lombard, ese “uno que libera a un país matando a un tirano”? Hay demasiados intereses en juego –reservas de petróleo y suministro de gas, por ejemplo–, y no son precisamente los de los niños asesinados, cuya ausencia ya desgarra a sus familias. Pero siempre nos quedarán –se quedarán– los colores, las manitas pintadas y las risas de los retoños de Ucrania endulzando el aire, el único oro de una sociedad que se ha ignorado a sí misma.