Pocas veces el Paseo del Prado, Recoletos y la Castellana han visto tantas personas como el domingo 20 de marzo. Los manifestantes y simpatizantes han desfilado desde el Ministerio de la Agricultura a los Nuevos Ministerios haciéndose oír. Las instituciones todavía no han decidido cuántas personas han asistido, dan una horquilla entre 150 y 400 mil, pero aún así sus estimaciones se quedan cortas: la manifestación ha transcurrido durante casi cuatro horas. No hubo daños contra los bienes públicos ni percances. Miles de familias que viven del campo y en el campo, gente de todas las edades y condiciones expresaron su malestar contra un gobierno cínico y despilfarrador. Las reivindicaciones eran varias, no solamente la escalada de precios repetida con tanta insistencia por los medios y telediarios. Quisiera destacar que una de las peticiones más importantes fue la defensa de las tradiciones: dejen de prohibir la caza, los toros, la cria de los animales. El afán de censurar y prohibir se apoderó de todas las esferas de la vida pública y privada. Lo que está en juego es el modo de vida mantenido por varias generaciones y que ahora está amenazado por el mal-gobierno económico, o por las aberraciones ideológicas como la “Ley de protección animal”.
Parece que sólo puede existir lo que controla el Estado. Si la cría de los canarios escapa el control de este Leviatán, hay que paralizarla hasta someterla al control del burócrata de turno e imponerle los correspondientes impuestos. No es una exageración. Si no se salvan ni los criadores de periquitos, ¿qué decir de los ganaderos del toro bravo? ¿Qué decir de los toreros? Desde hace años, son los toreros y ganaderos de reses bravas los que acusan el doble castigo, económico e ideológico. ¿Hay algún otro sector de cultura, deporte u ocio que perciba menos subvenciones que los toros? Es difícil encontrarlo. ¿Cuáles son las razones o sin-razones de este empeño institucional para aniquilar la tauromaquia? Evitemos las especulaciones estériles y describimos la realidad: hay millares de personas que reivindican el valor del campo y el valor de las tradiciones, entre ellas la tauromaquia y el ganado bravo.
Las raíces de la ganadería brava se pierden entre los cronicones medievales. Uno de los primeros intentos de regular la fiesta fue la decisión de la Reina Isabel la Católica, después de ver los estragos causados en Arévalo por muy bravos novillos de Compasquillo, fue mandar a “enfundar” a los toros para evitar más víctimas entre los lidiadores y los caballos. Si buscamos el verdadero comienzo de la ganadería brava, hay ir más al sur, a Jerez de la Frontera, donde los cartujos desde el siglo XVI se preocuparon y ocuparon de la selección y cría de ganado bravo. El cobro de diezmo les proporcionaba varios ejemplares de los toros bravos de la zona, con lo cual supieron aprovechar la variedad y cruzar las reses para conseguir según las palabras de Juan Posada, al toro “más bien arisco y bronco, y si no se les lidiaba adecuadamente, tenían inclinación a resabiarse en las tablas para defenderse”. Esta descendencia todavía se nota en los toros de Miura o Pablo Romero en forma de arrogancia, acometividad y fiereza.
El siguiente paso fue dado, en 1780, por don José Vicente Vázquez que se propuso “crear un toro de cualidades peculiares, y para ello se valió de reses que poseían separadamente las distintas condiciones que deseaba reunir en un tipo único”, según don José María de Cossío. La tienta como método de selección fue un gran adelanto, según ha demostrado la genética actual, pero durante siglos esta selección se apoyó en el genio y la afición del ganadero. Así, los ganaderos españoles se han anticipado unos cuantos siglos a sus colegas europeos que implantaron la prueba funcional para la selección de los progenitores. La tradición y el conocimiento ha pasado de generación en generación gracias a las personas amantes del toro bravo y de la tauromaquia.
La iniciativa, el conocimiento y la libertad son clave del campo bravo. Esto es lo que no soporta el autoritarismo del gobierno actual. No lo pueden permitir. Contra este control asfixiante se han manifestado miles de personas libres que defiendes sus valores, su modo de vida y sus tradiciones.