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TRIBUNA

El final de la Historia

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
lunes 21 de marzo de 2022, 20:56h

En 1992 se publicó el famoso libro de Francis Fukuyama (Chicago, USA, 1952), The End of History and the Last Man, traducido a decenas de idiomas.

Fukuyama, inspirándose en G.W.F. Hegel (1770-1831), pero más en Alexander Kojève (1902-1968), sostenía que a partir de la desaparición del comunismo, como ideología, y como imperio (la URSS había estallado pocos meses antes), la Historia había llegado a su final, en el sentido hegeliano y marxista de que no existirían ya contradicciones ni luchas ideológicas, pues la historia de enfrentamientos entre distintos pensamientos, religiosos o políticos, iba ser reemplazada por un constante esfuerzo para mejorar la economía mediante la ciencia y la técnica; el final de la Historia consistía en que el capitalismo, del que surgía automáticamente la “democracia liberal”, definiría para siempre la existencia humana, y por eso aparecería un hombre nuevo, que sería el último tipo de hombre de la historia de la humanidad (and the Last Man).

Fukuyama se convirtió en el campeón doctrinal de quiénes creían que cambiando la economía comunista de la URSS por la economía capitalista en Rusia, naturalmente, surgiría el reinado de la prosperidad y de la paz, tanto en esos territorios, como en el mundo entero. Treinta años después, con Putin invadiendo Ucrania, y amenazando con bombas termonucleares a quienes protestan por sus desmanes, se ha visto nítidamente que el capitalismo se puede desarrollar perfectamente allí donde no hay economía de mercado, y donde no existe, por lo tanto, Estado de Derecho y libertades democráticas; es la Rusia actual, la que no quiso ver el pensamiento único del liberalismo económico, que ignoró la teoría y la practica políticas, obnubilado por las consignas como “enriqueceos porque así ha de llegar la libertad”.

Francis Fukuyama se separó de esos argumentarios neoliberales, y ahora otorga a los factores políticos, que afectan al Estado y a la sociedad, la importancia que no tuvieron en los años posteriores a 1989. Hace pocos días ha publicado en diversos periódicos un artículo en el que pronostica la caída de Putin y el fin del populismo autoritario.

He definido la “globalización sin política” al período que va de 1989 a 2008 (y posteriormente, “la globalización detenida”, de 2008 hasta hoy), para subrayar que la economía sustituyó a la política, en los análisis y en la acción gubernamental de aquellos años. Tanto es así, que un hecho tan decisivo como los enormes cambios en las fronteras políticas del centro y este de Europa, al contrario que en el pasado (por ejemplo, después de las dos Guerras Mundiales), no hubo ningún tratado o conferencia internacional para establecer después unas reglas de derecho internacional que asegurasen a los nuevos Estados, y a sus sociedades, su inserción y seguridad en el orden mundial, algo que debería haber movilizado a la ONU, como eje del sistema global.

Es más, con el eclipse del poder soviético, el neoconservadurismo norteamericano -que se reclamaba de revolucionario- no tuvo empacho en saltarse a la torera las leyes internacionales, y a la propia ONU.

Putin ha cometido violaciones de las normas de carta de la ONU, invadiendo Ucrania, pero el camino se lo mostraron las potencias occidentales cuando, por ejemplo, invadieron Irak, con unos pretextos parecidos a los que sostienen hoy los rusos en Ucrania, o cuando reconocieron la independencia de Kosovo, una burda maniobra legal, similar a lo que hoy hace Rusia al aceptar la independencia de Donetsk y Lugansk, dos provincias legítimamente ucranianas.

De la misma manera que los enormes errores de los vencedores de la Primera Guerra Mundial, vencida Alemania, explican, pero no justifican, en absoluto, la reacción de Hitler y del nazismo, los malísimos ejemplos occidentales con Rusia no legitiman la infame guerra de Putin contra Ucrania.

Ahora bien, aún considerando su rápida respuesta contra Putin, y su formidable acogida a los millones de ucranianos que huyen de las tropas rusas, las democracias europeas, ¿han superado el pensamiento único que no fue capaz de prever que Rusia iba a utilizar la guerra como instrumento de política internacional?

Europa desea la paz, pues son sociedades de ancianos, y sus jóvenes aprendieron que las democracias nunca entran en guerra con otras democracias, y creyeron, según afirmaban los divulgadores del neoliberalismo económico, que Rusia era otra democracia. Esto me lleva a una pregunta inquietante: las democracias europeas, y en concreto, la Unión Europea, ¿no parecen tener menor capacidad que Rusia para resistir una guerra continuada en Ucrania? Y si la guerra y los grandes flujos de refugiados y de emigrantes, alterando los mercados laborales y los sueldos de los trabajadores, ¿podrá Europa hacer frente a esos desafíos sin un pensamiento político nuevo? Lo que llegó fue sólo el final de una época.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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