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TRIBUNA

Los cagamendioses

jueves 24 de marzo de 2022, 20:30h

Víctor Hugo: “Si no hay en el hombre algo más que la bestia, pronunciad estas palabras sin reír: derechos del hombre y del ciudadano, derecho del buey, derecho del asno, derecho de la ostra. Todo esto produce el mismo sonido: reducir al hombre a las dimensiones del animal, disminuirlo de toda la estatura del alma que se le ha quitado, hacer de él una cosa como otra cualquiera. Todo ello suprime de golpe muchas declaraciones sobre la debilidad humana, sobre el espíritu humano, y convierte todo este montón de materia en una cosa manejable. La falsa autoridad de lo de abajo gana todo lo que pierde la autoridad de encima, es decir, la verdadera. Sin infinito no hay ideal, sin ideal no hay progreso, y sin progreso no hay movimiento, sino inmovilidad, quietismo, estancamiento. Esto es el orden, pero hay putrefacción en ese orden. Preguntad a la jaula qué piensa de las alas. Os responderá: el ala es la rebelión”.

Con más paciencia que el santo Job, venía sufriendo a un “familiar” siempre emporrado que cada vez que abre su bocota de albañal es para gritar “me cago en Dios, en la Virgen”, etc. Presume el muy bobo de su ateísmo como si estuviera orgulloso de la ausencia del rudimento del tercer párpado, y eso a modo de gracieta en las celebraciones domésticas. Por supuesto, los pocos católicos que quedan en mi familia le ríen sus cagadas. Pero, dejando aparte al imbécil, esta misma mañana escuché la conversa que se traían dos chicas y un chico postadolescentes, bien vestidos o bien desnudos. La arquitectónica de su lenguaje -cero contenido comunicativo- se basaba en venablos archisoeces antepuestos por la palabra puta, y a mi interpelación respondieron con heces y fluidos venéreos,

¿Cómo analizar o anolizar todo esto? Si te abres demasiado de patas, puedes terminar cagando en donde no debías, amén de no atinar correctamente en la diana a la que iba dirigida tu artillería; igualmente, si disparas por elevación, pero excesivamente, tus excrementos pueden caerte encima, y otro tanto si no calculas un poco más lejos, porque entonces te ciscas de reflujo sobre ti mismo. Para aprender habría que cursar un doctorado en la universidad Camilo José de Cela, por ser dicho prócer especialista connotado en la materia. La única vez que vi al don Camilo, dotado de prodigiosas capacidades para absorber el agua de una palangana por el trasero, fue en un vuelo, aunque sólo le vi el cogote de toro por hallarme situado justamente detrás de su butaca. En esto que se le acerca la azafata y felicita al célebre escritor por ser su onomástica. La contestación de tan laureado prócer fue: “Qué grosería eso de felicitar los cumpleaños”.

Sancho cagando y don Quijote oliendo

Quien con niños se acuesta excrementado alborea: “Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle también, que sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas, como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y con tono algo gangoso dijo: —Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo. —Sí tengo, respondió Sancho, mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca? —En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar, respondió don Quijote. —Bien podrá ser, dijo Sancho, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos. —Retírate tres o cuatro allá, amigo, dijo don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos de las narices), y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio. —Apostaré, replicó Sancho, que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba. —Peor es meneallo, amigo Sancho, respondió don Quijote. En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo; mas viendo Sancho que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento desligó a Rocinante y se ató los calzones”. Las cosas no fueron a más entre escudero y caballero una vez marcadas las diferencias: “Has de saber, ¡oh Sancho amigo!, que yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las hazañas grandes, los valerosos fechos”. Cuidado, pues, Sancho, contén tu Panza: sábete que yo no nací para que te cisques en mí.

Fechoría viene de fecho, pero resulta difícil descubrir las propias fechorías, pues sus propios excrementos les huelen a ámbar. Era yo muy pequeño cuando me enseñaron que la guardia mora de Franco se hacían sus necesidades encima conforme al diseño de sus pantalones de amplia culera.

Cagantropía

Antes sólo padecían ese flujo hemorroiso los varones adultos malencarados, pero ahora, por aquello del género, contamos con más participación cagatocrática. Hay cagadas para todos los gustos, algunas aún mayores que los grandes cagarrones de las vacas, boñigas de caballos, cagarrutas de cabras y cabritos, bolas de escarabajos peloteros. La cagaste, Burtlancaster: mugrón no significa “trozo o pedazo de mugre”. Ignoro si todos conocen las diferencias conceptuales entre heces, deposiciones, excrementos, orines, estiércoles, aunque esas ensaladas encanta hoy a los coprófagos o comemierdas para mejorar el vigor de sus salsas. Pero, siendo que lo que se come se caga, y a tenor de la pléyade de cocineros, se paga el evacuatorio a precio de oro, y la marea de algunos cerdántropos -que siempre tiene la mierda y los orines en la boca, ya sea en forma de grandes blasfemias, de cagarrutones, cagarrutas, o diarreas- nos inunda. Qué afición a comer mierda para luego evacuarla por las orejas. Desde la fase oral hasta la fase anal, cuando hablan la cagan, y cuando cagan expresan su más profunda identidad.

Los extremos del nuevo árbol de Linneo Cagoneo son el homo labilis diarreico y el hobo habilis cagador (antes cazador). El primero domina la diarrea más que un vasco: con diarrea contra todo lo divino y sagrado se acuesta, con diarrea contra todo lo divino y sagrado se levanta, y ni con un bozal se calla: los perros son un amor, sus heces un riesgo. En la antítesis del homo cagans o cagántropo está el cagueta homo gallinensis, que no habla ni aunque le den permiso, pues ¿quién plantaría cara (o culo) al coprófago en este mondo cane donde tantos llevan el rabo entre las piernas para ocultar la pérdida de sus atributos de fuerza?

Cagachín tampoco canta malas rancheras a la hora de dejar el asfalto como pista de patinaje, esos bichos llamados palomas nos persiguen con más furor que Catilina a César, razón por la cual tengo prohibida la erección de estatua o monumento votivo alguno en mi honor. Prefiero al torero Cagancho saliendo a hombros de los aficionados por la puerta grande de la plaza de Almagro: eso sí que era cagar ancho.

Homo cagans

Abandonados aquelos grandes ideales de humanidad del tipo “el honor es la divisa de la Guardia civil”, el nuevo destino universal de los patriotas es la cocina, el como sapiens con su excusado inexcusable contra el perentorio retortijón del descomer con fuerza ejecutiva, el cago ergo sum. Sabiamente lo anticipó el materialismo dialéctico en su tesis tercera sobre la “causalidad cir/cular” (lo siento por la rima) Aquellos trasiegos del vomitorium al venereum, que facultaban al cagado volver a las copiosas ingestas para así volver a cagar denominábanse simposios en la cultura greco-romana, y sólo una delgada arista separaba el pensar cagando del cagar pensando celebraban. Tan excelente apretar sus cír/culos discursivos unas veces se saldaba con la victoria del todo fluye de Heráclito de Héfeso, otras con la estreñida de Zenón de Elea, un cualificado cenador de ingestas descomunales seguidas de evacuaciones difíciles, al punto de llevarle a defender la inamovilidad absoluta del ser. Cara o culo, he ahí la cuestión.¿Llegó Sócrates a ser cauchinólogo? La única cuestión antropológica del posmoderno cagancioso o cagarruto en el acmé de la metafísica, al homo sapiens le ha sustituido el como sapiens .

Cagatintas

Cagatintas es epíteto despectivo que se reservaba para un funcionario, y más específicamente para el que dirigía un periódico, una función que tendría algo en común con el chantajista, y más despreciable aún que este último. Por analogía, cagatinteaba aquel oficinista mediocre que con su manguito y su visera ocupaba el cuarto trasero de las sórdidas oficinas, al que también caía encima el remotete de chupatintas por dar así remate a la faena, ya que primero tenía que cagar la tinta y luego chuparla. Viene siendo desde entonces cuestión disputada qué sea lo primero, si cagar la tinta o si chuparla, pero ambas tienen algo que ver con la inteligencia de los cefalópodos que se ocultan tras su propia tinta: prevaricar, publicitar indebidamente, calumniar, chantajear, ningunear, etc, y ello a toda prisa, cual cagaprisas. Ya lo escribió hace un siglo Sahra Bernhardt: “¿Queréis ser periodistas? ¿Y por qué no preferís ser porqueros? Es un oficio muchísimo más limpio”. También Clemenceau fue cruel: “¿Es un imbécil tu hijo? No te preocupes, nosotros le haremos periodista”. Yo he conocido en ese gremio a gentes a las cuales, después de muertos, les han seguido creciendo las uñas. Es también el gremio de la cagatintorería, donde la mayoría de las citas son repeticiones erróneas de palabras ajenas no comprobadas, por lo que resulta prácticamente imposible devolver limpias las piezas narrativas sucias. Entonces devienen cagapremios.

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