“Antonio Sánchez, vecino de Manzanares, perdió la vista en 1957 cuando contaba 36 años de edad, y la recobró en febrero de 2000 gracias a una operación quirúrgica. Padre de nueve hijos y abuelo de 22 nietos, esposo de una mujer a la que perdió de vista un verano de hace 42 años, se levantó al día siguiente de la operación y tanteó las paredes de la habitación de hospital hasta que encontró el cuarto de aseo. No tuvo que tantear para encontrar el jabón ni alcanzar la toalla. Sólo al final se dio cuenta -la falta de costumbre- de que frente a él tenía un espejo. Levantó el rostro. Miró y exclamó, recuperando de repente un sentido del humor: -Hombre, Antonio, qué de tiempo sin verte. No te esperaba tan viejo”.
Paradoja . Según Schopenhauer la causa de lo risible es la subsunción paradójica e inesperada de algo bajo un concepto que no le corresponde, de tal modo que cuanto mayor es la falsa subsunción, tanto más fácil la risa, reduciendo así a ésta a un silogismo con una premisa mayor indiscutible, una premisa menor inesperada, y una conclusión risible: “selva virgen es aquel lugar donde la mano del hombre no ha puesto nunca el pie” (Gómez de la Serna). Por lo inesperado en la conclusión, el humor aparece de forma repentina. Jorge Luis Borges cuenta que Luis Echeverría lo recibió diciéndole que le interesaba mucho la literatura, que había leído sus libros. Borges le contestó: “cuánto me alegra saludarle, señor presidente, y saber que hay presidentes que saben leer”.
Sátira. Dada la abundancia inagotable de lo real que nos sobrepasa, el humor se ha manifestado históricamente en su doble condición de plétora y de sátira. La sátira es el homenaje que la medianía celosa paga al genio; como navaja de afeitar, hiere con su roce apenas notado. Las burlas son el vaho que exhalan los corazones pequeños. La sátira (del latín satura), significó en principio bandeja repleta, ¡saturada!, de frutos variados que se ofrecían a los dioses del campo; luego, evolucionó hacia un humor amargo. Sin embargo, la sátira puede ser más ridícula que maléfica. Un importante industrial fue secuestrado y sus captores se comunicaron con su esposa del siguiente modo: “Tenemos a su marido con nosotros; si quiere que regrese a su casa deberá aceptar las condiciones que”... -Pero no mamen, contesta la mujer, ¿no les parece que ya están grandecitos para hacer estas bromas? Apenas hace un rato que salió de la casa... -Mire, señora, para que me crea le voy a pasar con él. -Chela, soy Roberto. Me han secuestrado de verdad, por favor accede a sus condiciones... -Pero Roberto, ¿por qué te fuiste por el camino de siempre? ¿Desde hace cuánto tiempo te vengo diciendo que debías cambiar el trayecto? Todo por no hacerme caso... contigo siempre es lo mismo... Y además no pudiste elegir un momento peor, justo ahora que la casa de Cuernavaca requiere tantos gastos... Uno de los secuestradores que escuchaba el diálogo desde otro teléfono sólo atinó a comentar en voz baja: -Pero don Roberto, usted está mucho mejor con nosotros que con ella...”.
Chocarrería. Derivación malhumorada e inmadura del humor es la chocarrería, según Teofrastro “un afán de chanza ostensible y censurable”, evisceración de la carnaza ajena, festín sádico que zahiere en la ceremonia de crueldad. El malhumorado juego descalificador, por contraposición a la liberación que la alegría produce y de la que por antífrasis habla, tiene algo de diabólico, sólo desciende a lo oscuro. Hay quien no sabe practicar su humor más que poniéndose rojo de ira, o amarillo de envidia, o verde de ira (“toca dulcemente la flauta el cazador, mientras engaña al pájaro”, aseveró Catón.
Enigma. Enigma, del griego ainigmós, juego sacro, inicia a lo misterioso. La sabiduría popular con sus refraneros y acertijos acentúa el carácter esotérico, cabalístico y oracular del humor, todo lo cual lleva hacia los arcanos del saber, cuya mistericidad nos incita a saltarnos a la torera el non plus ultra.
Sutileza. En ese contexto críptico, el humor se sirve de la antífrasis, el juego de palabras, el acertijo, la antinomia, la paradoja, el paralogismo, el dualismo, la equivocidad, la retórica, la agudeza, el arte del ingenio, la sutileza, el juego de palabras (al que Aristóteles denomina paidia, broma, término tan cercano etimológicamente a paideia, por algo será), el disputador humor erístico (Eris, la diosa de la discordia), y para que no se vaya la mano en eso de la disputa por la disputa recuerda Cicerón que es muy propio del orador mover a la risa “porque con ello da a entender que el mismo orador es un hombre culto, erudito, urbano; pero sobre todo porque mitiga y relaja la severidad y tristeza, y deshace la ociosidad que no es fácil destruir con argumentos”. El senador Ángel Conchello dedicó su libro Agonía y esperanza a un correligionario: “A don Luis Álvarez, con quien me unen tantas discrepancias”.
Nuestro desacuerdo, pues, respecto de aquel romántico alemán, Jean Paul Richter, para quien el humor, a diferencia de lo sublime representado por la infinita belleza canónica y serena, es una negación de lo infinito absoluto que busca resentidamente rebajar lo grande y exaltar lo pequeño: “Si lo sublime es lo infinitamente grande, lo risible es lo infinitamente pequeño”, escribía Richter, para quien el humor busca la aniquilación de lo infinito, deduciendo de ahí que los humoristas son gentes tristes.
Humor negro. “Yo siempre he seguido la vieja regla de hacerme el cojo cada vez que algo me salía bien para no llamar la atención del destino. El caso es que hace poco tuve dos golpes de buena suerte y pensé que, además de cojear un poco, convendría escayolarme el brazo derecho por si acaso. Al poco me llamaron de una asociación de no sé qué para entregar un premio, pero al subir a la tarima pisé mal, de manera que me rompí el brazo escayolado y el pie presuntamente cojo. Como siempre trato de ver el lado bueno de las cosas, pensé que aquello era un golpe de suerte, pues ya no me vería obligado a fingir, que no me gusta. Estaba cojo y manco de verdad, pero valía la pena. Entonces me presenté a unas oposiciones y aprobé. No se lo dije a nadie por miedo a despertar envidias, pero me puse un parche en el ojo derecho para conjurar el peligro de que algo malo viniera a equilibrar todo lo bueno. Mira por donde, al subir al autobús una señora me metió el paraguas por el ojo tapado y me lo vació. En realidad, como había pensado no volver a usarlo, igual me daba tenerlo que no. En cierto modo, era mejor así, pues ya digo que no me gusta presumir de cosas que no son. Entonces sucedió algo raro: me rompí las narices sin que me hubiera pasado nada bueno, y por ver qué sucedía, empecé a decir por ahí que había heredado una fortuna: al poco murió una tía mía muy rica y me lo dejó todo. No sabía cómo equilibrar tanto bien, de manera que me vendé la cabeza. Enseguida me descubrieron un tumor del que hube de operarme. Aunque me puse en muy buenas manos, el médico me tocó un nervio importante y ahora me he quedado paralítico. Por un lado, lo prefiero: así, en el próximo golpe de suerte me hago directamente el muerto y aquí paz y después gloria. Qué descanso” (Millas, J.J: Suerte).
La carencia del sentido del humor del abrumado, del angustiado, del hombre de negra melancolía, del tétrico puritano, del fanático, todo eso suele ser fuente de agresividad. Pesimistas no, gracias, el pesimismo no sirve para nada bueno.
Reírse de la propia joroba, el humor como amorosa fragilidad. Aristóteles aseguraba que el humor benévolo es propio de personas magnánimas, almas grandes, precisamente aquellas que no se hacen ilusiones narcisistas acerca de la santidad del propio estado, aquellas que tienen sentido de la propia relatividad y pequeñez, siendo capaces de reiírse de sí propias, de reirse en la propia barba: “me ganó la depresión; con mis eternos cuarenta y pico años a cuestas me fui pensando que cualquier día la Unesco me declara patrimonio histórico de la humanidad”. Hace falta muchísima categoría para comportarse como aquel Malesherbes que, después de haber tropezado cuando se dirigía hacia el patíbulo para ser decapitado, comentó irónico: “Mal presagio. Un romano se hubiera vuelto a casa”. Sin eso, como centauros ponemos la cabeza al servicio de la coz.
El humor nos bendice cuando nos liberamos de la engorrosa cancela en que nos habíamos enclaustrado. El humor anula la incapacidad autocrítica porque toma distancia tonificante respecto de ese yo espeso, más que sólido solidificado. El humorismo pese a su punzada y a su amago desestabilizador, es la virtud, pues quien no sabe reírse de sí mismo se arriesga a ser una mala bestia. Lo que los alemanes llaman seriedad animal constituye un síntoma de megalomanía. El orgullo es uno de los principales obstáculos que nos impiden vernos tales y como somos en realidad. Con el suficiente sentido del humor no se corre el peligro de sucumbir a ilusiones demasiado halagadoras acerca de sí mismo. El primero de los mandamientos debería ser no engañarse a sí mismo. Y la capacidad de obedecerle se encuentra en proporción directa a la capacidad para ser sincero y leal con los demás. Una dosis suficiente de humor inmunizaría al hombre contra los ideales fingidos y fraudulentos. El humor y el conocimiento son las dos grandes esperanzas de la civilización. Lo digo un grande del humor, Quevedo: “los verdaderos grandes, sólo los de ánimo grande”. Humor es complicidad, por eso la corrisibilidad es fuente de convivencia democrática. Donde no hay humor sólo queda ya crispación, por lo cual quizá sea el mejor regalo que se puede hacer al compañero: estar siempre de buen humor.
Estaba Bernard Shaw en una de esas horrendas fiestas, y alguien le preguntó si se divertía, a lo que él respondió: “Es lo único que puedo hacer aquí”. Reímos cuando con flexibilidad humorística rompemos el atenazamiento de lo que más tememos y cuando por esa flexibilidad misma somos llevados a lo que más deseamos. Desde esta perspectiva, pues, no le habría faltado su parte de razón a Henri Bergson cuando entiende el humor como correctivo social frente a la rigidez, la rutina y la repetición mecánica: “La flexibilidad de un vicio sería menos fácil de ridiculizar que la rigidez de una virtud. La rigidez es sospechosa a la sociedad”. Luis Buñuel: “Dejo toda mi inmensa fortuna a Nelson Rockefeller”.
El abuelo y la abuela se habían peleado, y la abuela estaba tan enojada que no le dirigía la palabra a su marido. Al día siguiente el abuelo había olvidado por completo la pelea, pero la abuela seguía ignorándole y sin dirigirle la palabra. Y, por más esfuerzos que hacía, el abuelo no conseguía sacar a la abuela de su mutismo. Al fin, el abuelo se puso a revolver armarios y cajones. Y, cuando llevaba así unos minutos, la abuela no pudo contenerse y le gritó airada: “¿Se puede saber qué demonios estás buscando?”. “¡Gracias a Dios, ya lo he encontrado!, le respondió el abuelo con una maliciosa sonrisa, ¡tu voz!”.
Quevedo: todo vive sujeto a la fragilidad y al accidente; todo caduca, todo enferma, todo muere, hasta la ley que nos conserva. Presencia en el modo de ausencia, el saudoso o saudadoso acentúa la insatisfacción en la espera de lo absoluto, polarizado en la ausencia cuya presencia venidera espera, con su correspondiente carga catártica. Desde esta perspectiva el humor forma parte esencial de lo que ha venido llamándose desde Boecio consolación de la filosofía.