El 14 de febrero de 2018 Carlos Alcaraz cosechó su primer punto en el circuito profesional, al ganar a Federico Gaio en el torneo Future de Murcia. En aquella fecha, con 14 años, rompió el récord de precocidad registrado por Rafael Nadal -que estrenó su cuenta a los 15 años, en Sevilla-. Desde entonces, el crecimiento del tenis de este diamante nacido en El Palmar le ha catapultado hasta la cima de este deporte a una velocidad sorpresiva: en marzo de 2019 entró en el ranking masculino (597º puesto), debutó en el ATP Tour en febrero de 2020 -con victoria ante Albert Ramos en Río de Janeiro, otra plusmarca- y en ese mismo año pasó de la plaza 491ª al escalón 141ª de la clasificación mundial. Y esa asombrosa progresión natural ha desembocado este domingo en su primer título en un Masters 1.000. El cuarto de su carrera.
A sus 18 años y 333 días se ha proclamado campeón del Miami Open, una gesta que ningún otro jugador español ha podido completar -ni siquiera Nadal, que perdió cinco finales en Florida-. Ha derrotado en la pelea por el trofeo a Casper Ruud por 7-5 y 6-4, en un triunfo que bien puede representar el espaldarazo definitivo para un joven que a medida que iba ganando partidos, y rompiendo barreras, se iba convenciendo de su condición de tenista referente en todo el planeta. "Puedo decir que estoy ahí, que no soy la promesa que está subiendo y que puede llegar muy lejos, sino que considero que ya estoy ahí (con los mejores)", declaró hace dos meses. A partir de ahora ya puede presumir de palmarés que avale esa sensación.
Se presentó Alcaraz en la pista central del Hard Rock Stadium de Miami Gardens como favorito del público, no de las apuestas. Su estilo atrevido, creativo, variado, rebosante de técnica y de dureza mental y física, le ha condecorado como el nombre a seguir en sus victorias frente a Márton Fucsovics, Marin Cilic, Stefanos Tsitsipas (tercer cabeza de serie y número cinco mundial), Miomir Kecmanovic y al vigente campeón Hubert Hurkacz. Este pupilo de Juan Carlos Ferrero, que se ha trabajado un balance de 13 partidos ganados y dos perdidos en 2022 -venía de llegar a las semifinales del Masters 1.000 de Indian Wells y de coronarse en el Abierto de Río-, jugó con el cartel de aspirante gustoso de ver y se reivindicó como el mejor del torneo.
La final le cruzó su desafío definitivo. El noruego Ruud, de 23 años, octavo tenista del mundo y entrenado por la Academia de Rafa Nadal, había despegado en estas semanas de campeonato y sólo había cedido un set en sus duelos contra Henri Laaksonen, Aleksandr Búblik, Cameron Norrie (décimo favorito), Alexander Zverev (segundo cabeza de serie y número 4 de la ATP) y Francisco Cerúndolo. Su inercia auguraba un enfrentamiento complicado y muy exigente desde el prisma anatómico para el juvenil murciano. No obstante, su rival de esta jornada dominical juega con una rapidez y potencia de golpeo muy similares a las suyas.
"Afronto la final como si fuera la primera ronda. Al menos intentaré jugar como si lo fuera, conteniendo los nervios. Creo que disfrutaré", dijo Carlos el viernes. Mas lo cierto es que le costó entrar en dinámica, algo tenso. El jugador de Oslo, debutante en finales de esta altura y primer tenista de Noruega en llegar tan lejos, se escapó con rapidez. Mostró su jerarquía con defensas agresivas que complicaron al español. Su astucia en la ejecución del saque -con exhibición de segundos servicios- y el volcánico ritmo pautado le propiciaron un 3-0 inicial. Rompió el servicio inaugural del murciano, le leyó la primera dejada sembrada -suerte ésta espinosa hoy- y conectó, casi sin fallo, una tormenta de tiros que volaban en la pista.
Despertó Alcaraz poco a poco, aferrándose desde el fondo. Le tocó sufrir y aguantar, aunque no perdió la esencia creativa de su juego. Y alcanzó a equilibrar las fuerzas, intercalando globos y subidas a la red. Forzó a Ruud a pensar más, pues sus cañonazos habían remitido la efectividad previa y le buscó de forma insistente el revés al noruego -elemento clave en el plan de partido-. Afiló sus restos y elevó sus revoluciones para templar el tempo, conquistando la dinámica y arrancando un break que corroboró su paso adelante (4-4). Localizó al fin sus ganadores y la manera de hacer fluir su paleta colorida. Volvía a disfrutar. Para romper el servicio ajeno y apuntarse el set (5-7).
El escandinavo se desajustó ante la valentía de Carlos. Tardó 13 juegos en embocar su primer 'ace', mas cuando lo logró el español mandaba cómodo. La resistencia -defensiva y psicológica- y el veneno de la derecha del oriundo de El Palmar contaminaron de dudas a Casper. El mejor clasificado quiso solucionar su neblina acudiendo más a la red, pero ahí no halló escapatoria. El juego inicial de la segunda manga tomó el aspecto de punto de inflexión descriptivo de lo vivido: sacó Ruud, que trató de sobrevivir como fuera posible, levantó dos bolas de break pero no pudo con la tercera. Y Alcaraz, jugando ya a placer, recogió otra rotura para colocarse 0-3.
Al galope de su manera de entender este deporte, y siguiendo el mantra que le ordenó cumplir su abuelo -"Las tres 'ces': cabeza, corazón y cojones", en sus propias palabras-, se encaminó hacia a gloria. Eso sí, Ruud se revolvió contra el parcial de 9-1 que le había caído encima. Bregó con convicción, pegando más fuerte que nunca, y trasladó la presión a su contrincante con una rotura muy sudada (2-3). Sin embargo, cuando más quemaba la bola, el murciano añadió a su completo estilo de juego el apartado que le había faltado: lo rocoso de su saque. Conectó tres 'aces' y gestionó su ventaja con una sabiduría y aplomo impropias de su edad. Para abrazar el paroxismo tras una hora y 52 minutos de derroche.