Existen muchas modalidades del género oratoria, pero ahora me refiero a la que nace de la oración y de la meditación. Las horas canónicas de oración durante la Edad Media en los monasterios cristianos eran básicamente -aunque no exclusivamente- las siguientes: maitines (antes del amanecer), laudes (al amanecer), prima (primera hora después del amanecer, sobre las seis de la mañana), tercia (tercera hora después del amanecer, hacia las nueve), sexta (a mediodía), nona (a las 15 horas), vísperas (tras la puesta del sol) y completas hacia las 21 horas, antes del descanso nocturno). Toda la vida rezando, más despiertos para la oración que para el sueño, rompiendo y maltratando los biorritmos de la salud.
Pero además, entre los monjes de observancia cluniacense regía el lema de la lectura a la oración, de la oración a la lectura. Por eso, al terminar algunas oraciones, los monjes continuaban con la lectura de la Palabra de Dios y con el canto. Desde el scriptorium, compuesto por uno o varios pupitres o mesas se proyectaba la cultura y el conocimiento a toda Europa a través del idioma latino y de la hímnica, sembrando vides y cantando salmos.
La Edad Media conocía tres oficios fuertes: laboratores, bellatores y oratores. El ora et labora llevaban extrañamente al si vis pacem para bellum, al “haz la guerra para preservar la paz fuera y dentro de ti”. Pero ¿cómo sería eso posible, si quien ama la verdad con todo su corazón, ama también en ella a quienes la buscan de otro modo? Por otro lado, saber es abrir una ventana de par en par: Dios nos conoce mejor de lo que nosotros conocemos a Dios, de lo contrario ni él sería Dios ni nosotros hombres. Por tanto, si la inteligencia no hallase en nosotros la necesidad de penetrar las sombras de lo sabido, de desentrañar algo del gran misterio, es que hay que buscarla en una verdad a la vez interior y superior a nosotros; la verdad es difícil de encontrar, pero sentir y saber que existe una verdad se da a quienes la buscan con todo su corazón pero no matan a sus enemigos. Las ideas no son más que un vehículo, un medio para poner a las almas en contacto con la realidad espiritual, no valen por sí mismas, sino por lo que ellas representan de vida profunda y de verdad.
Y, como esto se olvida con facilidad, hay que vencer los desfallecimientos inevitables, trabajar para el porvenir, laborar para otros, renunciar a sí mismo, desvanecerse ante la luz, cueste lo que cueste. Cuanto más nos acercamos a lo verdadero, tanto más sentimos la distancia que nos separa de ello. Conocer es buscar, decía Pascal. El conocimiento no es un término, sino una vía y una vida, ellas mismas inseparables, como cualquier vida, de la lucha y de la angustia profunda, añadía Emmanuel Mounier.
Estas cosas ocurrían hace un milenio y, aunque puedan parecernos pasadas de moda, constituyen un modo de ser, que el género humano, y cada una de las personas que a él pertenecemos, siguen necesitando. La necesidad de vida interior, de cultivo de la identidad, y de la coherencia y el sentido de la realidad se necesitan hoy no menos que ayer. Ciertamente aquel cristianismo llevaba al límite la búsqueda de Dios, razón por la cual los horarios civiles venían marcados por los tiempos de oración teocéntrica. Desde luego los monasterios van desapareciendo y las vocaciones son rarísimas. Y, sin embargo, todos seguimos necesitando un tiempo interior, aunque ahora las voces de la “nueva espiritualidad” salgan de los cascos auriculares con salmodias en formato de hip-hop, el nuevo cantatorium. Y otro tanto ocurre con los retiros, las meditaciones trascendentales orientalistas, y los espacios psiquiátricos y psicológicos. El anterior oratorio monacal ha cedido el paso a los nuevos hermanos legos, que son –precisamente- legión.
Todo esto lo saben perfectamente los ofertósofos y los magos del marketing, que ahora inducen desde el exterior de la irrealidad virtual las necesidades y los referentes que no nacen del propio interior.
No puedo ocultar mi simpatía por el homo interior transformador del mundo exterior, ni me gusta disociarlos esquizofrénicamente. En la ciudad interior, es decir, en los monasterios, los cargos eran: abad, prior (vice/abad), chantre (sacro cantor, del verbo chanter, cantar místico a diferencia del trovar gentil), sacristán, limosnero (una especie de ministro de hacienda), chambelán para las ceremonias, cillerero (encargado del abastecimiento, almacenamiento de alimentos, bebidas y leña, es decir, el ecónomo), y limosnero, colector de las monedas de calderilla. Esto significa que al final los monasterios llegaron a ser ciudadelas poderosas donde no faltaba la corrupción, el autoritarismo y la mala servidumbre, todo lo cual minaba y degradaba el espíritu monástico. Pues nada es perfecto, ni con religión ni sin ella.
Pero la realidad es así. Quienes, de algún modo, podríamos considerarnos al respecto como los últimos de Filipinas seguimos desde nuestros pobres pupitres tocando nuestras campanas y llenando de cataratas nuestros ojos, para que alguien a la hora del mediodía recuerde que el eje horario de cada existencia pide un momento de reflexión desde la cual superar los demonios meridianos que el tedio de la vida introduce en nosotros al caer de la tarde.
Desgraciadamente, ya no sabemos sembrar vides, por eso tenemos un mal vino cuando nos enfadamos con la realidad. “La Fuga Ediciones” (Barcelona, 2021) acaba de publicar el libro de Charles Fourier Tabla analítica de cornudos, que recoge con gran agudeza y sentido del humor, hasta 76 tipos diferentes de infidelidades a modo de himno a la emancipación de la mujer. No sé si se convertirá en plegaria.