Gracias por todas sus enseñanzas, sus consejos y su amistad. Don Carlos Amigo ya está en la Casa del Padre en un viaje merecido y deseado de un hombre ejemplar, de un franciscano, que supo en su vida terrenal poner en práctica las vivencias del “poverello” de Asís.
Conocí a Don Carlos hace muchos años cuando era arzobispo de Tánger, una plaza eclesiástica muy difícil y que casi siempre ha sido encomendada a un franciscano. Entonces asistía a una comunidad católica que iba perdiendo miembros a causa de la salida de españoles de la ciudad. Pero Don Carlos supo mantener la antorcha y llevar adelante a esa comunidad que pasó por serias dificultades. Después fue el gran salto a Sevilla que sorprendió a más de uno, pero que sirvió también para ayudar a tantas personas necesitadas de cariño espiritual y material. Recuerdo, como el entonces todavía arzobispo Amigo, preparó el viaje de San Juan Pablo II a la capital hispalense y como explicó al Papa Wojtyla la visita al Rocío, que éste no entendía del todo y que finalizó con lágrimas en los ojos del Papa santo al comprobar el amor del pueblo a la Virgen.
Más tarde, ya cardenal, acudió a los Cónclaves que eligieron a Benedicto XVI y a Francisco y en ambos tuve la ayuda antes y después de las reuniones cardenalicias de Don Carlos Amigo. Antes de la elección de Ratzinger me sugirió leer detenidamente la homilía que este pronunció durante el funeral de San Juan Pablo Segundo. “Ahí tienes las claves”, me dijo, y no olvido tampoco los paseos posteriores que tuve con él desde la Iglesia romana de Montserrat de los Españoles, de la que era titular, por el lungotevere romano para explicarme la elección de Francisco “el hombre que más necesita la Iglesia en estos momentos”, según me apunto varias veces.
A propósito, alguien se ha escandalizado porque en el telegrama de pésame que el Papa ha enviado al actual arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz Meneses, Francisco haya nombrado a la Virgen de Montserrat. Hay personas a las que su inquina contra el actual Papa, les hace confundir los hechos y desconocer, como hemos dicho, que el cardenal Amigo era titular de ese templo romano.
En fin, que Don Carlos, que es lo que importa, era un hombre ejemplar, reiteramos y que supo llevar con toda dignidad que le nombraran un arzobispo coadjutor, en la persona de otro gran hombre de la Iglesia, Juan José Asenjo, al que recibió con los brazos abiertos y con estas palabras:
“En
el
triple
ministerio
del obispo
figura
el
de
santificar,
por
ser
administrador
de
los
misterios
de
Dios
en
su
Iglesia
particular.
Y
el
primer
ministerio
santificador
es
el
de
la
eucaristía,
que hoy,
en
unión
de
todos
cuantos
hemos
formado
esta
porción
del
pueblo
de
Dios
confiado
a
mi
humilde
servicio,
ofrecemos
en acción
de
gracias”.
Don Carlos, de nuevo, gracias por todo. Lo que hemos podido contar y lo que no, porque sus consejos, muchos, eran personales.