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ESCRITO AL RASO

Las modas de Madrid

David Felipe Arranz
lunes 23 de mayo de 2022, 20:03h

La moda, en tiempo de vulgaridades, es el último paraíso perdido, porque tiene que haber necesariamente una memoria del vestir, así como la debería haber del obrar: la moda, en definitiva, es ante todo una recuperación de la elegancia y de esos cuerpos soñados que contrastaban entonces con la España autárquica y en blanco y negro o Agfacolor. La moda en Madrid es todas aquellas modas, y Esperanza García Claver, comisaria de mil y una exposiciones, comunicadora, historiadora de usos y costumbres e investigadora tenaz de archivos, fotografías, cartas y documentos de lo que fuimos, ha decidido reunir esos vestigios. Lo ha hecho con gran éxito y hemos disfrutado de su trabajo, “En Madrid. Una historia de la moda, 1940-1970”, un montaje expositivo sensacional en la Sala El Águila de la Comunidad de Madrid (del 10 de marzo al 22 de mayo).

Esperanza sabe que esta huella se diluirá en el aire del olvido, como la ceniza de una chimenea inverniza. A ella –a muchos románticos– le –nos– duele que este legado se pierda y por eso atiende los últimos rastros de aquellas modas de un Madrid que no pasa de moda, de la posguerra al desarrollismo hasta la chica yeyé de Ciudad Universitaria, que se hacía la foto con el novio –ahora se dice “pareja”– delante de “Los portadores de la antorcha”, obra de Anna Hyatt Huntington, frente a la facultad de Farmacia. Las fotografías, revistas, vídeos y vestidos originales reunidos por García Claver y su equipo constituyen el jeroglífico, un códice multicolor y en su comienzo blanquinegro, con sus fondos provenientes de los archivos de Martín Santos Yubero, Cristóbal Portillo, Gerardo Contreras y Nicolás Muller, conservados en el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, y de las colecciones de Miguel Ángel García Basabe –fundador de la Asociación de Fotógrafos de Madrid–, Pepe Campúa o José María Lara.

Hace falta mucha idea de la historia reciente para reconstruir la moda, nuestra moda, estratificada por décadas, y hacerlo tan bien. Esperanza ha colocado en el centro de la sala a manera de manigua los vestidos diseñados por el galo Christian Dior, el cordobés Elio Berhanyer, el sevillano Rafael Herrera y el cacereño Enrique Ollero –que hicieron tándem– o el mismísimo Marbel, tarraconense que comenzó trabajando con Paul Poiret y se convirtió en un apasionado de Madrid, donde abrió casa en 1942 y allí celebraba grandes desfiles con los protagonistas de la vida social. Porque la moda aquí es sinónimo de transformación social, de lucha contra la vulgaridad de la política y de la historia misma del Régimen: la moda en Madrid, nacional e internacional, a favor de la corriente y del mundo. Para entenderla hay que pasar por todos sus colores, texturas y complejidades, sus casas de costura –alta o baja– y talleres de modistas glamurosas y humildes modistillas. Qué universo tan mítico, con la moda como punto de partida.

Luego está el cine: Carmen Sevilla en Aventura para dos, junto a Richard Kiley; una bellísima Marisol cantando “Tengo el corazón contento” en la gasolinera femenina de El taxi de los conflictos (1969) frente a don Jaime de Mora y Aragón, que apenas podía sujetarse emocionado el monóculo; las muchas Ava Gardner que fueron y que se recogían a lamerse las heridas en su piso de la calle Doctor Arce 11, en El Viso; Rita Hayworth y hasta Rex Harrison, estos últimos coprotagonistas de Último chantaje (1961), rodada en la capital de España…

En esta exposición, que acabó el pasado domingo y que nos sabe a poco, España vive y se despereza en las imágenes que con tanto mimo han reunido Esperanza; también son las instantáneas y los retazos de un país que iba despertándose gradualmente, a fuerza de arte y de periodismo, de cine y de salón de belleza, al mundo exterior, que ya era cosmopolita, como su vecino París o sus más lejanas Nueva York o Los Ángeles. El cinematógrafo encargaba sus diseños de vestuario, Cornejo o Balenciaga desplegaban su ingenio y luego el vestir daba el salto de la gran pantalla a las calles más genuinas contadas por Larra y Mesonero Romanos, como en La rosa púrpura del Cairo, pero en castizo. Las cosas comenzaban a ser de otra forma, las señoritas se emancipaban a través de la forma y mostraban orgullosas los diseños de estos magos de la costura, que llegaron a ser tantos que Claver ha reconstruido un impresionante mapa de aquel Madrid de la moda. Hasta Gloria Swanson iba haciendo aquí, como en tantas otras capitales europeas, su fondo de armario a costa de su ruina económica. Los aviones de Iberia llegaban a Barajas trayendo moda y la duquesa de Alba y Edgar Neville no se perdían un desfile, una pasarela, una cita con la vanguardia, que continuaba en Chicote hasta altas horas.

Toda la moda española de las décadas reunidas por Esperanza García Claver es una crónica social, una educación, la humanización de un país que cerraba como podía tanta muerte, tan solo con la paleta de colores y el hilo inspirado de un couturier. La democratización silenciosa era la de la moda también. Este inmenso trabajo queda como un registro para que no se olviden aquellas galanuras, tantas distinciones, los garbos, los legados... De cuando la mujer y el hombre español volvieron a verse frente al espejo como ciudadanos y a gustarse. Ahora somos más libres, pero acaso la clase y el gusto de aquel sentido aristocrático y laborioso de la estética, en el vivir y el trabajar, ya no frecuenten tanto la calle. La revolución de la belleza y el estilo quizás es la mayor rebeldía, la mejor estabilidad que entonces pudimos alcanzar.

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