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TRIBUNA

Siete nuevas clases de españoles

lunes 30 de mayo de 2022, 19:48h

Pío Baroja escribe en 1904 sobre siete clases de españoles: 1) los que no saben, 2) los que no quieren saber, 3) los que odian el saber, 4) los que sufren por no saber, 5) los que aparentan que saben, 6) los que triunfan sin saber, 7) los que viven gracias a que los demás no saben.

Hoy don Pío hubiera tenido que hablar de españoles y españolas, y de los ellos y las ellas de este país. Sustituida la marca España por “este país” evitaríamos el descrédito que se le atribuye a la piel de toro y a sus casi abolidas corridas. Antes, hasta el rabo todo era toro; ahora se corta el rabo al defensor del rabo del toro. Pero a lo que vamos, ¿cuáles serían los las clases de los los y las las de este país?

1) Los/las que saben entrar y salir por la red en inglés como Pedro por su casa. Quien no sea anglobilingüe será estigmatizado como analfabeto funcional mundial. Mejor dos idiomas que uno, aunque hablemos los dos mal y nos traguemos la sopa del spanglish texmex. Aunque, si se mira con benevolencia, tampoco habrá que hacerle ascos, al fin y al cabo terminaremos entendiéndonos con abreviaturas y siglas.

2) Los/las que no saben que no saben, ni les importa. Saber no va con ellos, sobre todo si exige algún tipo de esfuerzo e incomodidad. Se parecen un poco a Sócrates, que sólo sabía que no sabía, pero con dos diferencias: la primera es que quien no sabe lo que es saber no puede saber si sabe o no; la segunda, en contra de Sócrates, que sabía mucho resultando un poco hipócrita, pues quienes no saben si son o no hipócritas serían los auténticos socráticos. Beneficios de la ignorancia.

3) Los/las que gozan por no saber porque confían en la nube del no saber, que con su galimatías místico defienden la “inteligencia espiritual” y la “gracia del silencio”. Menudo cantinfleo. ¿Pero saben o no saben? Si la inteligencia espiritual es ciencia, ¿qué ciencia es esa nube del no-saber, tras cuyo telón de acero reina su no querer? La ciencia de la inteligencia espiritual -dicen estos iluminados- se compone de silencio más no saber, pero yo creo con Pascal que “es sólo por no saber conocer el bien y estudiar el presente por lo que nos hacemos los entendidos para estudiar el porvenir”. Aristófanes escribió una diveertida sátira (“Las nubes”) contra Sócrates, que según él “andaba por las nubes”, aunque Sócrates no era así. Penitentes del diablo, les hubiera llamado Tertuliano. Cada piedra de miedo hace pared de miedo pero, si queremos perder el miedo a volar, para volar echemos raíces en los días buenos no olvidando los días malos.

4) Los/las académicos licenciados, doctores y doctores honoris causa que siempre anteceden la abreviatura Dr. a su propio nombre. Lo de doctor es el gentilicio de su tribu, aunque no sean tales todos los que así se firman; los médicos doctores no llegan al cuatro por ciento. Y los políticos compran a los miembros del tribual haciendo del cohecho un hecho compartido, un co-hecho. Una vez el cura Aguirre que luego se casó con la Duquesa de Alba me llamó en una célebre polémica en Triunfo “doctor que no docto, y lo peor es que el buen hombre llevaba razón.

5) Los/las que saben más que Dios, porque según ellos no hay verdades eternas, así que Dios ha muerto, viva el Doctor, por eso su omnisciencia les lleva a romper todas las reglas de la lógica cuando afirman absolutamente que no hay nada ni nadie absoluto, excepto cuando son ellos mismos, y tararín tararán. Hay mucho pillo sabio o monosabio en este mundo.

6) Los/las que ni saben ni dejan, amigos de la verdadera rebeldía, que tan sólo les alcanza para respirar por su herida narcisista. Son auténticos malabaristas de las apariencias, eternos sofistas que apuñalarían como Bruto a la verdad por la espalda.

7). Hay muchas más clases de los/las, pero no quiero salir del heptágono de don Pío Baroja. Así que mke quedo con esta parábola. Un monje de gran devoción e instruido cruzaba un río en barca cuando al pasar al lado de un pequeño islote, oyó una voz de un hombre que muy torpemente intentaba elevar unas plegarias. En su interior no pudo por menos que entristecerse. ¿Cómo era posible que alguien fuera capaz de entonar tan mal aquellos mantras? Tal vez aquel pobre hombre ignoraba que los mantras debían recitarse con la entonación adecuada, el ritmo, la musicalidad y la pronunciación perfecta. Así que, desviándose de su rumbo, se acercó al islote para instruir a aquel desdichado sobre la importancia de la correcta ejecución de los mantras, pues él se consideraba un gran especialista y aquellos mantras no tenían para él ningún secreto. Cuando llegó, pudo ver a un pobre andrajoso de aspecto sosegado cantando unos mantras con poco acierto. El monje, con serena paciencia, dedicó algunas horas a instruir minuciosamente a aquel individuo que a cada momento mostraba efusivas muestras de agradecimiento a su improvisado benefactor. Cuando entendió que por fin aquel sujeto sería capaz de recitar los mantras con cierta solvencia se despidió de él, no sin antes advertirle: -Y recuerda, mi buen amigo, es tal la potencia de estos mantras, que su correcta pronunciación permite que un hombre sea capaz de andar sobre las aguas.

Pero apenas había recorrido unos metros con la barca, cuando oyó la voz de aquel hombre recitar los mantras aún peor que antes. -Qué desdicha -se dijo a sí mismo-, hay personas incapaces de aprender nada de nada.

-Eh, monje -escuchó decir a su espalda muy cerca de él. Al volverse vio al pobre andrajoso que, caminado sobre las aguas, se acercaba a su barca y le preguntaba: -Noble monje, he olvidado ya tus instrucciones sobre el modo correcto de recitar los mantras. ¿Serías tan amable de repetírmelo de nuevo?

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