Kintsugi es el arte japonés de reparar desperfectos de la cerámica rota o deteriorada con oro. Los fragmentos recuperados quedan unidos por finos hilos irregulares dorados, y el objeto de porcelana recobra su forma original, mostrando ahora las cicatrices de su desdicha con orgullo. El kintsugi es un concepto que, como muchos otros, forma parte de esa constelación estética nipona tan grata para las personas curiosas. La idea de restaurar algo sin tratar de ocultar la intervención sufrida ha sido ajena al ideal perfeccionista de Occidente, que en general trata de ocultar la cicatriz. Con el kintsugi, la restauración pasa a formar parte del objeto en sí, de su historia y de su ser. Las implicaciones son muchas ya que sugiere cierto orgullo tanto por la ruptura como por el arreglo. Es como decir: aquí está esto, que fue roto y devuelto a su antigua gloria pero con una capa más, la que dan el azar y la fatalidad de la desgracia junto con el esmero y el amor de su reparador. Aparte de su funcionalidad, el kintsugi tiene una dimensión filosófica, ya que dota a los objetos de un espíritu en sí mismo, propio de entes kantianos afectados por el ser. Incluso cuando esos objetos son seres humanos. Pero vayamos a la novela de Senka Maric.
La autora es una poeta bosnia, y la novela Cuerpo kintsugi, bien traducida y editada por La Huerta Grande, es autobiográfica, aunque de forma sutil. En gran medida, se asemeja a los delicados y muchas veces fragmentados diarios japoneses escritos por damas de la corte, y nos viene a la mente El libro de la almohada. Maric relata en su novela el proceso de su paso por la enfermedad, un cáncer de mama. Un paso en el que ella misma transita de ese estado de rotura del cuerpo al de recomposición, con el inesperado y valioso pegamento de hilos simbólicos de oro. Los fragmentos que con férrea y a la vez poética voluntad recompone vienen de su pasado, su ser de niña, su presente hospitalario y médico, y de un destilado de sueños, deseos, mitos e imágenes. Es un libro kintsugi, y el título no es una anécdota sino una declaración de principios literarios y vitales.
En esta época de redefinición de los géneros, y sobre todo de la feminidad (ya que la redefinición de la masculinidad se hace también desde aquella), esta obra es un faro inteligente que nos recuerda que los géneros no solo se caracterizan por rasgos y motivaciones sociales o psicológicas, sino por otros tan crudos y omnipresentes como las enfermedades que aquejan a hombres y mujeres, comunes a veces, pero también diferentes. Si aceptamos que toda enfermedad es un proceso, un viaje y una aventura en la que el cuerpo y el alma se fragmentan, y que la curación es un proceso de recomposición de esos fragmentos, podemos comprender que esa recomposición tenga sus reglas, sus leyes y sus estilos.
El que Senka Maric propone es un estilo muy personal, ligeramente ajeno al de los principios imperantes en los medios de comunicación y en los libros de ayuda al paciente: es íntimo, en ocasiones leve, pero también oscuro y luminoso, banal y trascendente. Es una voz en primera persona que lenta y sucintamente reconstruye un rompecabezas intrigante y algo misterioso, el de su propio ser. Terminaremos con una cita: “Tu mundo está libre de preguntas. En la oscuridad interior, ya nada gime. En algún lugar del camino, la niña que hay en ti, la niña que solo siente dolor ha encontrado la paz. La mujer en ti está dispuesta a amarse, en ese cuerpo que solo elige sus formas, trascendiendo los límites que intentan disminuir su perfección.”