Estamos ante una novela de una poeta, con una voz poética potentísima que sorprende al principio, pero se admira y maravilla cuanto más avanza el texto. Es la escritura de una poeta, pero es también el elogio de la poesía en algunos de sus mejores representantes. Desde la Biblia a Shakespeare, el gran homenajeado, pero también Baudelaire o Rimbaud.
De qué trata la novela: no cuenta la desaparición de dos chicas, las primas Nora y Olivia Atkins; lo que cuenta es cómo se vive, se siente y se padece su desaparición en un pueblo costero canadiense, pero también cómo se vive, se siente y se padece en ese pueblo, así, sin más. Griffin Creek es el espacio ficticio novelado que nos ayudará a entender una forma de vivir y de sentir, en el norte de América, de igual forma como Yoknapatawpha County es un condado ficticio del sur profundo de América. Ya hemos llegado a William Faulkner, porque la francesa Anne Hébert hace un homenaje a este autor y su obra en Los alcatraces, que en el año 1982 obtuvo el Premio Fémina.
Digo un homenaje, y digo bien, no vayamos a pensar que pueda ser un libro paralelo, o semejante. Paralelo sí lo es en cuanto utiliza su misma estructura y acude a personajes similares. Pero semejante solo puede serlo en cuanto ambos nos permiten entender los sentimientos de dos lugares de América tan distantes como el norte de Canadá y el sur profundo, y ambos lo hacen a través de dos linajes familiares: el de los Compson en Faulkner frente al de los habitantes de Griffin Creek, que se despliegan en los Jones, los Brown, los Atkins y los Macdonald, eso sí, todos emparentados, en Los alcatraces de Anne Hébert.
Porque también la simbología se reproduce en la estructura. Cuatro partes narradas por distintos miembros de la familia y un salto temporal (1910-1928) en El ruido y la furia; seis capítulos y también un salto temporal (1936-1982) en Los alcatraces, de nuevo en las distintas voces de los miembros familiares. De nuevo también con la aparición de un miembro con retraso mental. Incluso la aparición del reloj como imprescindible elemento simbólico. Ah, el tiempo.
Y hasta aquí todo el parecido. A partir de ahora, las maravillas de Los alcatraces que parten de ese homenaje y que lo llenan de poesía. Iniciales citas bíblicas, porque el primer capítulo está narrado por el representante religioso de la familia, el pastor Nicolas Jones. Pero enseguida aparece Shakespeare, de cuyo Macbeth Faulkner extrae su El ruido y la furia que también aparece en Los alcatraces. El ruido, la furia, el viento y la fuerza de la tempestad, todo nos remite a Shakespeare. Cuánto simbolismo en una obra repleta de citas poéticas, algunas referenciadas, otras muchas incluidas en el texto, que fluye y brilla en cada una de las voces de los distintos narradores.
¿Por qué Los alcatraces? Un pueblo en decadencia, ese Griffin Creek «que de hecho ya no existe» en el que «solo las casas de madera de la costa sufren todavía los asaltos del viento y de la sal, volviéndose grises y deteriorándose, como los nidos abandonados de los alcatraces». El alcatraz es un ave característica de ese entorno geográfico, pero además simboliza esa relación del pueblo con el mar: «Solo cierra las alas del todo en el momento de tocar el agua, despidiendo en el aire una nube de espuma».
Tengo un cuaderno lleno de anotaciones de cómo cada personaje narra su punto de vista de la historia, cómo nos adentra en el espíritu obsesivo, antiguo y quizás ancestral en el que llega el declive al pueblo, y sobre todo, cómo viven y sienten la desaparición de las chicas, las primas Nora y Olivia Atkins, con pistas para despistarnos como lectores sobre el responsable de su desenlace. Hasta la confesión final en que se desentraña qué y, sobre todo, sintiendo cómo sucede todo. Creo que nunca una narración de la violencia final me había resultado tan conmovedora. «Demasiado ruido y furia desde mi infancia, removido y amasado por tantas mareas de equinoccio», nos reconocerá el culpable; no voy a ser yo quien diga quién es.