¿Son los creadores, en especial quienes se dedican a la literatura, personas “normales”? ¿Tienen un punto de “locura?”. Aunque, al fin y al cabo, ¿qué es la normalidad? El asunto resulta fascinante y no han dejado de verterse ríos de tinta sobre él –recordemos, por ejemplo, la indagación del filósofo y psiquiatra Karl Jaspers en Genio artístico y locura-, a la vez que nos atraen biografías de escritores y artistas marcados por las tendencias suicidas -muchas veces consumadas-, manías, adicciones varias, esquizofrenia, depresión, extravagancia, bipolaridad, psicosis... Ahí están, entre muchos otros, el pintor Vincent van Gogh con su famosísimo corte de oreja, William Faulkner y Malcolm Lowry con sus gloriosas borracheras, y Sylvia Plath metiendo la cabeza en el horno.
Evidentemente, los trastornos mentales y las personalidades “raras” no son patrimonio de las mentes creativas: “Más de trescientos millones de personas sufren depresión en el planeta y lo peor es que la incidencia parece ir en aumento (el número total de los afectados subió un 18% entre 2005 y 2015). Cerca de 800.000 personas se suicidan cada año (en España, casi 4.000). El 1% de los humanos desarrollará alguna forma de esquizofrenia a lo largo de su vida y el 12,5% de los problemas de salud mundiales se deben a enfermedades psíquicas, una cifra mayor que la del cáncer o las dolencias cardiovasculares. Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cuatro personas que hay en la Tierra padecerá en algún momento de su existencia un trastorno mental”, recuerda Rosa Montero en su último trabajo, el ensayo El peligro de estar cuerda, análisis de la relación entre la inestabilidad de la mente y la creación.
Pero, sin duda, las mentes creativas resultan más proclives a ellos, como bien señala la autora de El peso del corazón: “ Son cifras impactantes, pero aún son peores las que se refieren al estado psíquico de los artistas, y en especial de los escritores, que al parecer nos llevamos la palma en chifladuras [...]. Según un célebre estudio de la psiquiatra Nancy Andreas, de la Universidad de Iowa (Estados Unidos), los escritores tienen hasta cuatro veces más posibilidades de sufrir un trastorno bipolar y hasta tres veces más de padecer depresiones que la gente no creativa [...]. Otros investigadores, como Jamison y Schildkraut, sostienen que entre el 40 y el 50 % de los literatos y artistas creativos sufren algún trastorno de ánimo. Es como jugar a la ruleta con una bola emplomada: tienes muchas posibilidades de que te toque”.
Y confiesa la escritora y periodista madrileña: “A mí ya me tocó. Formo parte de la estadística general, de ese 25 % de personas que sufrirán algún problema mental a lo largo de su vida, y también, por consiguiente, de la estadística particular de los escritores chiflados”. Porque quizá lo más valioso de El peligro de estar cuerda es que se basa en la experiencia personal, dando a luz un libro que transita entre el ensayo científico y literario, la ficción y la autobiografía y las memorias. Quien tiene en su haber una extensa obra desde que se diera a conocer en 1979 con la emblemática Crónica del desamor, a la que siguieron, entre otras, las novelas Te trataré como a una reina, La hija del caníbal, El corazón del tártaro, Lágrimas en la lluvia -primera entrega de la serie protagonizada por su singular detective replicante Bruna Husky-, La carne, y La buena suerte, escribe a tumba abierta para contarnos que desde niña “siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza” y revelarnos su “locura” tanto en pequeños detalles -obsesiones, manías-, como en sus crisis, ataques de pánico, multiplicidades, con una sorprendente aparición de vez en cuando de la Otra, que, entre otras acciones, le manda flores a la señora Montero, sesiones de terapia...
A la vez que nos introduce en la complicada existencia de escritores como Silvia Plath, Janet Frame, Nabokov, Faulkner, Emily Dickinson, Bukowski… y reflexiona sobre el proceso creativo, que es paraíso e infierno, sobre la condición de los escritores de ser “yonquis de la intensidad”, que van por la vida “a la caza de esas pequeñas burbujas de vida extraordinaria”.
Por otro lado, pone sobre la mesa: “Una de las cosas buenas que fui descubriendo con los años es que ser raro no es nada raro”, sacando del tabú las enfermedades mentales y el estigma que pesa sobre ellas. El peligro de estar cuerda aborda una cuestión de hondura y trascendencia, pero consigue hacerlo con un estilo sumamente ameno.