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AL PASO

Hannah Arendt e Isaiah Berlin, frente a frente

Juan José Solozábal
martes 07 de junio de 2022, 19:54h
Actualizado el: 06/07/2022 20:50h

1-La propuesta de contraponer las figuras de Hannah Arendt e Isaiah Berlin que hace Kei Hiruta en su libro Hannah Arendt and Isaiah Berlin,, politics and humanity (Princeton,2021), nos sorprende, pues son dos figuras que gozan en la teoría política la condición paralela de clásicos y que aparecen asimismo como ejemplos de compromiso intelectual y defensores de la democracia frente al totalitarismo o la dictadura, aun a costa de sacrificios y riesgos personales. Coinciden además en el tiempo de sus vidas que cubren casi todo el siglo XX, pues Arendt nació en Alemania en 1906 y Berlin en la entonces Rusia en 1909. Ambos fueron exilados; experimentaron la brutalidad de la revolución, aunque de diferente signo respectivamente; se implicaron como judíos en la causa del sionismo; trataron, en fin, lúcidamente de entender su circunstancia partiendo de las experiencias vividas. Para ellos, dice Hiruta, “la opresión, la dominación, la inhumanidad y la política subversiva eran problemas a la vez intelectuales y existenciales, pues se referían a la libertad, la humanidad y la vida en común”.Y sin embargo sus diferencias eran enormes. Personalmente se odiaban : Arendt consideraba a Berlin un frívolo y Berlin creía que Arendt era altiva y oscura, aunque pretendiese ser profunda. Sus presupuestos metodológicos o filosóficos también diferían. La tradición empirista y pragmática inglesa de Berlin frente al existencialismo alemán de Arendt, aunque ésta hiciese un hueco a Hobbes. Heidegger y Jaspers inspiraban a Arendt; mientras aburrían a Berlin. Sus temperamentos diferían claramente: ella era valiente, carismática, despierta, asertiva e impulsiva; y aducía sus argumentos francamente. El en cambio era escéptico e irónico; simpático, al tiempo que encantador y susceptible.

A veces se ha llamado la atención sobre aspectos no esenciales de su discrepancia. Por ejemplo, la condición estrictamente contemporánea o no del totalitarismo: para Berlin la nueva configuración de las formas dictatoriales se puede entender desde el prisma tradicional del pensamiento político. Arendt, en cambio, insistía en la radical novedad de aquel y lo consideraba desde un prisma más sociológico que propiamente ideológico, identificando las condiciones bajo las cuales los movimientos totalitarios en germen se desarrollaron en plenitud en Alemania y Rusia. También discrepaban sobre diferentes aspectos de la cuestión judía: ya se tratase del juicio sobre la responsabilidad de las elites judías en el holocausto; o la conocida teoría de la banalización del mal de Hannah Arendt.

Había asimismo divergencias en la valoración de determinados acontecimientos que ellos contemplaron y que no podían considerar del mismo modo. Hablamos de la descolonización tras la segunda guerra mundial, de la contestación universitaria o de la revuelta húngara de 56. A veces las diferencias podían no surgir a la luz claramente, pero era evidente que subyacían en la forma de la atención a algunos problemas de los que uno podía guardar silencio frente a la clara posición del otro. Pienso en la valoración que a Berlin le merece el nacionalismo del que aprecia su utilidad para cubrir la necesidad de pertenencia de los individuos y a la vez su contribución a asegurar el pluralismo de la sociedad. Berlin cree que el nacionalismo puede adoptar formas benignas y humanas así como chauvinistas o agresivas. A veces puede ser una fuerza positiva si se piensa en su virtualidad integradora, y, dice Hiruta, lo cierto es que consigue permanecer a pesar de que la mayoría de los filósofos políticos no cejan en desecharlo como irracional y superficial.

2-El punto crucial donde ambos pensadores discrepan es en su consideración de la política, que gira sobre la actitud ante el gobierno, del que se trata fundamentalmente de precaverse, asegurando un espacio de inmunidad, como ocurre con la idea de la libertad negativa de Berlin; o de conquistarlo o participar en el mismo, pues solo en la acción política se logra el verdadero desarrollo humano y cabe alcanzar nuestra realización personal, como piensa Arendt.

Si para Berlin ser libre es elegir sin interferencias, la cuestión capital será asegurarse contra el potencial enemigo mas fuerte de nuestra autonomía, que es el Estado. Por eso Berlin saluda la llegada del helenismo como un tiempo de libertad, acabada la absorción del individuo en la polis. La Grecia del helenismo no es una época negra, sino el momento del individualismo y el surgimiento de la nueva concepción de vida. Los déficits de libertad positiva (entendida como oportunidades de verdadero desarrollo) pueden ser reparados. Pero una vida sin libertad negativa es insoportable, pues es inhumana. En ese sentido, viene a decir Berlin, la libertad negativa es más importante que la libertad positiva.

Arendt en cambio no concibe la vida en plenitud sin la polis, y de verdad solo se desarrolla socializada, esto es, si se puede hablar y participar. Uno es políticamente libre en el sentido de Arendt cuando se actúa e interactúa: si se habla y delibera con otros sobre materias de interés público, esté la arena política institucionalizado o no.

3-Para mí lo más interesante del libro de Hiruta, al que he llegado gracias a una recensión del mismo aparecida en el Times Literary Supplement de enero de 2022 de Steven E. Aschheim, es la presentación que se hace, si se quiere decir así, en vivo o ejemplificada de los modelos de democracia respectivos de Berlin y Arendt. La visión de Berlin es más admirativa que la de Arendt; pero ambos autores no tienen duda de que su idea de la democracia se ha llevado a la práctica tanto en Inglaterra como en América de modo perfecto. En los dos casos puede afirmarse que se trata de una compensación intelectual a la generosidad de los que los acogieron. Berlin pensaba que Inglaterra ejemplificaba la libertad individual negativa entendida como no interferencia; la tolerancia hacia otros y sus fines; la paz y la estabilidad que resultaba la fortuna de que la isla no hubiese sido invadida ni seriamente derrotada en 800 años; la decencia conceptualizada como la disposición a tratar a los otros humanamente; y el respeto por lo privado que permite a los hombres y a las mujeres hacer, dentro de los límites adecuados, todo lo que quieran, y ser como deseen.

Arendt cree, en cambio, que América es quien dramatiza los ideales republicanos, pues persisten aun en los tiempos difíciles de la crisis presente. Ocurre que el ideal republicano se conoció en la revolución americana y que el mismo alcanza reconocimiento y muestra una vitalidad como no ocurre en ningún otro sitio hasta la fecha. El espíritu revolucionario se impuso en el momento de la independencia, aprovechando que los americanos desconocían la pobreza y practicaban el autogobierno local. Consistía en el habito de la participación y el asociacionismo voluntario; la convicción de la utilidad de discutir sobre lo que necesitaba la comunidad así como la ambición por sobresalir; y la valoración positiva de la diversidad de opiniones e intereses. Estos valores quedaron codificados en la Constitución americana y perviven gracias a la actualización llevada a cabo por el Tribunal Supremo y la renovación continua de su estima (attachment) por los ciudadanos. Aunque no puede negarse que los principios de la ética política de la Republica corren peligro, en el tiempo presente del individualismo, el materialismo y el consumismo; al alza asimismo la libertad negativa, el culto a la prosperidad material y los progresos de la corrupción, lo cierto es que todavía, según las propias palabras de Arendt, “America es el único país donde la Republica al menos tiene una oportunidad”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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