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TRIBUNA

Humor y dolor

lunes 27 de junio de 2022, 19:21h

El hombre y la mujer son animales risibles, aunque a veces con la helada sonrisa de la hiena. Hay un reírse de lo que no hay, imaginativo, creativo, rompedor de los límites de lo real; hay un reírse de lo que sí hay, con intencionalidades muy distintas; hay un reírse solo y un reír acompañado. Algunos tienen iluminado el rostro cuando ríen, otros parecen sufrir al intentarlo, tanto dolor se agolpa en su costado, los terceros carecen de humor por más que sonrían. Por la forma de reír se conoce un poco o un mucho a la gente, incluso a los hipócritas, cuya risa es mueca.

La realidad tiene muchos colores. El color de la realidad es según el humor con el que se le mira; un humor grato convierte en grato lo ingrato, pero también ocurre a la inversa. ¿Nos equivocaríamos mucho si dijésemos que es un derecho y un deber humano aprender a vivir con buen humor?, ¿erraríamos demasiado si dijésemos que un humor de perros es propio de un perro, aunque los perros carezcan de humor?

Hermoso es conjugar el humor que viene del sufrimiento y del dolor, y el humor que lo sana. El humor deviene heroico cuando ofrece las propias heridas para acompañar las ajenas a fin de que el otro también se ría de sí mismo compasivamente con empatía transitiva, benévola, tierna, en cuya antítesis el desamor bélico procura abrirte en canal para arrojarte al estercolero una vez eventrado. Quien ha envejecido luminosamente alcanza una vejez sabia aceptando el mal y agradeciendo el bien en que aquél se ha emboscado, antítesis del cascarrabias. Una persona luciérnaga en cada casa haría brillar la ciudad.

Existen dos antropologías, la del homo patiens, y la del lobo feroz, la primera presidida por el gesto dativo, la segunda por el acusativo; la primera desde el soy amado luego existo, la segunda desde el te odio, luego existo, yo para ti no estoy, muérete perro. Si siembras actos tendrás hábitos; si siembras hábitos buenos, si malos, vicios, cuidado contigo, eres una bomba de relojería.

Una civilización no ha hallado su punto de maduración si ha vivido contra la alegría del encuentro yo-nosotros. Regla de oro, pues, de una antropología del buen humor: no tiene derecho a la felicidad quien no intenta la mejora del humor común. Regla de oro del justo: ríete con los demás como te ríes contigo mismo. Humor: vasos comunicantes. El buen humor dice: me dueles, luego eres importante para mí. La superación de una mala voluntad recibe el nombre de dignidad. Indignidad es lo que hay en los corazones incapaces, en los graciosillos, en los egopáticos, en los asintónicos, en los heridos de narcisismo, en los competitivos intemperantes, en los amigos de la eritrofobia que resulta de un yo engallado, qué des/gracia dejarse comer por el amor propio. Y qué lástima correr tras la laudatio con la lengua fuera cual galgo tras caza en cada enarratio. Cuán penosos esos interminables Acknowledgments que preceden a los libros académicos para agradecer a sus universidades, asesores, coordinadores, alumnos, editores, librerías, bibliotecas, traductores, secretarias y amén amén porque “sin ellos no se habría escrito este libro”, ¡qué gran tragedia hubiera sido, menos mal que lo escribí!, ¡todos los que me rodean son óptimos porque mi libro es óptimo!

Y a la vez, ¡qué forma tan habilidosa de recabar la adoración indirecta a mi humilde persona el incensado escritor, qué técnica tan exitosa para salir en la foto, incluyendo la de no salir en la foto para que todo el mundo se entere de que no he salido en la foto!, ¡cuánta gente tan acknowledgeada para darse autobombo ha leído con provecho el “Me celebro a mí mismo” de Walt Whitman! Un empujoncito más, y bestseller. Sssqbsmylqhf, su seguro servidor que besa su mano y lo que haga falta.

Pero ¿y si los laudatores temporis fueran tan ladrillos como el autor del libro?, ¿quién dice que mis agradecimientos a tantos colaboradores, asesores áulicos, recensores y publicistas gustan a los lectores? De Muñoz Seca se cuenta que, antes de que estallara la guerra, recibió una carta del ministro de cultura de entonces —de signo político opuesto al de él— en la que hacía una dura crítica al lenguaje que utilizaba en sus obras, tachándolo de vulgar, soez, malsonante y procaz. Al poco tiempo el ministro recibió respuesta de Muñoz Seca: “Estimado Sr. Ministro: En este mismo instante, tengo su carta delante; en breves momentos la tendré detrás. Afectuosamente...”.

Así que, con la venia, también este pobrecito escritor se despide agradeciendo a su traductor al chino mandarín, a sus lectores rusos, a su inestimable máquina de escribir, a su habilísima fotocopiadora, a la biblioteca de su casa, que es muy particular, a su editor que es él mismo, al teléfono móvil que tampoco tiene, a sus colegas que le aconsejaron no publicar más el bodrio, al automóvil del que carece, a las islas de San Borondón en las que escribió sus primeros versos, y a todo cuanto sin él saberlo conspira en favor de su gloria. Seguramente más de uno estará extrañado por la forma en que desarrolla sus argumentos, su léxico, sus abruptos (a veces también exabruptos), y -por qué no- por la posconvencionalidad de su discurso así devenido a golpe de gotas de sudor y sangre. A veces ese autor introduce de repente y sin que venga a cuento aparente algún argumento que cae del cielo cual cagada de paloma. También construye todo tipo de metonimias, sinécdoques y demás familia (metáforas no más, por favor, el mercado está saturado), crea palabras y apela a las raíces etimológicas fruto de su amor a la literatura. Felices almas, pues, como escribiera Cervantes, “amistades que son ciertas, nadie las puede turbar”.

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