Con este sugestivo título se acaba de publicar un importante libro publicado por la Asociación AEDOS con la colaboración de la Fundación San Pablo CEU (Ideas y Libros Ed. 2022). Se trata de 24 artículos relacionados con el tema indicado en el título. Todos sus autores son personas con reconocida autoridad académica.
No es el caso de hacer comentario específico alguno sobre cada una de las 24 intervenciones, porque entonces saldría casi otro libro. Solamente cabe señalar que el libro hace honor al subtítulo de “perspectiva interdisciplinar”. En efecto, 3 autores se acercan al tema desde las ciencias médicas, 3 desde la bioética, 6 desde la antropología filosófica, 5 desde la antropología cultural” y 5 desde la teología. Quedan 2, que examinan la perspectiva política y el punto de vista estético. Ciertamente un tratamiento sistemático y exhaustivo del tema.
¿Cuántas personas leerán este concienzudo y meditado libro? Pongamos 5.000. ¿Cuántas personas oirán mañana por televisión las patrañas que tratan de hacer olvidar el hecho de la muerte? Pongamos 5.000.000. Esta enorme desproporción de uno a mil es más o menos la realidad en nuestra época. La fuerza social y económica de la mentira es 1000. La fuerza social y económica de la verdad es 1.
¿Aplastará por tanto la mentira a la verdad, y en un tiempo ya no muy lejano?. El hecho mismo de la publicación de este libro supone un mensaje de esperanza. Por muy poderosa que sea la presión de la mentira, nunca conseguirá imponerse al 100%. Siempre quedará un resto de personas fieles a la verdad. Que ese resto sea grande o pequeño en términos absolutos poco importa ahora. Lo que cuenta es que la verdad tendrá siempre sus defensores y éstos siempre serán suficientes para que la mentira no se imponga por completo y la verdad sobreviva.
Hablando más en general, la mezcla de bien y el mal en este mundo es de alguna manera el triunfo del mal. Pues de suyo el mal no debiera siquiera existir. Pero lo que tratamos de enfatizar ahora es que el triunfo del mal en este mundo nunca será total. Siempre quedará un resto que nunca será domeñado. La mentira no aplastará a la verdad. Sólo por este motivo hay que dar la enhorabuena a los 24 autores del libro y a sus editores. Son unos héroes intelectuales en medio de una civilización decadente que camina hacia la autodestrucción. No es la primera vez que tal desgracia sucede en la historia. Sin embargo, una civilización perece y curiosamente la verdad defendida por un pequeño resto es lo único que sobrevive.
El inútil y baldío esfuerzo actual por vencer a la muerte nos recuerda a aquellos “inmortales”, que encontró Gulliver en uno de sus viajes. Cuando un niño nacía con un cierto lunar en la frente, se sabía que no moriría nunca. Nadie les envidiaba. Cuando se jubilaban se les pasaba una pensión durante 200 años. Pero después pasaban un hambre atroz, con el agravante de que no morirían por inanición. Sólo les quedaba la opción de sufrir.
En nuestra época hemos prolongado mucho los años de vida de la gente. Y en
consecuencia tenemos hospitales exclusivos para “terminales”, como se les llama. Antes la gente moría con menos años y no existían tales hospitales. Si Gulliver viniese ahora por aquí y viese a nuestros “terminales”, enseguida se acordaría de los “inmortales” que habían pasado los 200 años desde su jubilación.
Buena parte del libro citado se dedica a explicitar y puntualizar esta curiosa paradoja. Nunca se ha conseguido mayor eficacia contra el sufrimiento físico y hasta psíquico. Y sin embargo, nunca el ser humano ha sufrido tanto como lo hace por desgracia en nuestra época. La esencia del mensaje que transmite este libro es que la única manera de vencer al dolor es justamente encontrar su sentido.
Con todo, en ninguna de las páginas del libro he encontrado una sola fórmula lógica. La formalización reciente de la lógica ha sido el avance intelectual más formidable conseguido por el hombre en toda su historia. Mucho más que la invención de la escritura. Que el hombre de la calle no se haya enterado todavía de ello es algo comprensible. No lo es tanto encontrar la misma ignorancia en la aulas universitarias. En el libro ninguno de los 24 autores hace la más mínima referencia a la formalización de la lógica y sus consecuencias teóricas, que por supuesto alcanzan a lo que podemos saber, sobre el significado de la muerte en los seres humanos.
El recurso a la lógica formalizada tendría otro efecto lateral saludable. Evitaría el complejo de inferioridad con que teístas y creyentes actuales suelen expresarse. Es un detalle que se advierte también en este libro, al menos en algunos de sus autores. Escriben a la defensiva, como pidiendo disculpas por atreverse a discrepar frente a ese mil contra uno, que recordábamos al principio. Parecen intimidados o asustados ante el enorme dinero y poder político que está detrás del universal movimiento pro eutanasia y pro-aborto. Pero la verdad, si se apoya en la lógica formalizada, es mucho más potente que todo eso.
Veamos un ejemplo. Varios autores del libro dedican sendas páginas para elucidar los conceptos de “tiempo” e “inmortalidad”. Pero no aparece por ninguna parte la fórmula lógica nace → (puede morir o puede no morir). La conjunción gramatical “o” está aquí por el disyuntor exclusivo: o una cosa o a la otra pero no las dos. Y la flecha está por el implicador. Viene a cuento el dicho de Gracián “más vale una quintaesencia que un montón de fárragos”. Todo el laborioso contenido de las numerosas páginas del libro sobre este tema se encuentra in nuce en la anterior y sencilla fórmula.
Salta a la vista que en el ser humano se cumplen las dos posibilidades. El cuerpo puede morir y muere de hecho. El espíritu puede no morir, y tenemos suficientes indicios de que no morirá nunca. Nuestro espíritu posee los operadores lógicos y alcanza rápidamente la fundamental triple correspondencia (válido necesario; consistente-posible; contradictorio-imposible). Esa triple correspondencia es anterior al tiempo que comienza en el Big Bang y en el cual estamos inmersos. Con prioridad lógica respecto al Big Bang, existía ya la consistencia lógica de nuestro cosmos y su correspondiente posibilidad de existir. De lo contrario, no estaríamos nosotros ahora aquí.
Los operadores lógicos son independientes del tiempo. Como lo es todo lo estrictamente formal en lógica y hasta en matemática. La verdad de “dos y dos son cuatro” es hoy la misma que hace veinte siglos, y será la misma dentro de cincuenta
siglos. Basta esta consideración para darnos cuenta de que el espíritu humano, poseedor de los operadores lógicos y de la triple correspondencia, es de suyo inmortal, independiente del paso del tiempo.
La citada fórmula nos convence además de que Platón tenía razón frente a Aristóteles. El ser humano en este mundo es un compuesto inestable, un espíritu inmortal unido a un cuerpo mortal. La muerte no afecta a lo esencial del ser humano. Muere el cuerpo, pero el espíritu sigue viviendo. La vida del hombre en este mundo es por fuerza transitoria, provisional, una etapa previa a lo definitivo.
En este momento entran en escena los valores. El primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador, confronta la libertad positiva con el valor de la verdad. La vida humana es un “faciendum”. El hombre tiene delante una tarea axiológica, dar cumplimiento a los valores. Son los fines objetivos de nuestra vida. Estamos aquí para vivirlos.
Se comprende entonces el sentido de la muerte. Es el examen final de nuestra asignatura pendiente. La muerte del cuerpo es la campanilla que reclama la presencia del examinando. Y el espíritu tiene que seguir viviendo su para dar cuenta de lo que hizo frente a los valores.
Los teólogos suelen usar la expresión “estado de prueba”. En efecto, ésa es nuestra provisional situación en este mundo. Platón ya lo intuyó. Estamos a prueba. Y la muerte es el momento en que la prueba se dilucida.
Los santos ven con la máxima claridad este sentido de la muerte. En la página 240 del libro, en nota al pie, se cita el punto 738 de “Camino”, el libro de sentencias de San Josemaría, fundador del Opus Dei. “A los otros la muerte les para y sobrecoge. A nosotros nos anima y nos impulsa. Para ellos es el fin. Para nosotros, el principio”.
En conclusión. El libro es serio, oportuno y bien intencionado. Pero si sus autores hubieran recurrido a la lógica moderna formalizada, podría haber sido un alegato mucho más sólido y convincente. Incluso capaz de sembrar esta saludable duda entre los intelectualmente honestos que pueda haber dentro de los mil contra uno: ¿no será que no sabemos suficiente lógica?