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TRIBUNA

Comerse los libros

miércoles 06 de julio de 2022, 19:28h

La tarde del sábado, después de un Congreso de Filosofía en Salamanca, comencé a leer cuatro libros que tenía atrasados: Antonio Basanta, Leer contra la nada; Jesús Marchamalo, Tocar los libros; William Blades, Los enemigos de los libros, Mikita Brottman, Contra la lectura, a los que se ha sumado tras una visita a una librería de anticuario el de A. Pfänder, Fenomenología de la voluntad. Análisis psicológico, en traducción de Manuel García Moriente, un libro que me quedé con ganas de leer en 1968 en mi periodo de estudiante en Alemania.

Hoy lunes no puedo pedir más, como no sea mejor vista, porque mis ojos ya no leen la letra empequeñecida. Pero bueno, cuando ya no pueda asomarme a la pequeñez de las palabras entumecidas, siempre me quedarán algunas sentencias áureas en mi corazón, que es el reservorio de las palabras. Al teclear ya torpemente doy gracias por haber podido titular hace algunos años aquella mi Apología del libro.

Y desde esa nostalgia comprendo ahora algo que no pude comprender antes: que quien abre tarde a la lectura sus propios ojos, los ojos de su corazón, está un poco ciego. Hoy leo la vida desde el día de mi incorporación a la lectura, mi vida comienza entonces, es el alfa de su alfabeto. Esto parece una exageración, pero afortunado aquel que puede decir que “la primera biblioteca que conocí en mi vida fue mi madre. Unas paperas me trajeron mi primer libro. Unas anginas, el segundo. Un cumpleaños el tercero”. El problema es que para que el ojo vea con el corazón hacen falta escritores que hagan ver, y no estoy nada seguro de cumplir yo mismo con ese prerrequisito, sino más bien –me temo- de haber ahuyentado a algunos que hubieran merecido mejores autores. Eso lo lamenta mi cíclope monocular.

Claro que hay otra solución, comerse los libros, los libros son para ser comidos, rumiados por los cuatro estómagos, y devolverlos a la naturaleza para fertilizarla. Nada tengo, pues, contra los roedores que se alimentan de ellos en su recorrido trofológico; siempre me hizo gracia el señor Karl Marx cuando afirmaba con su humor corrosivo insuperable que entregaba sus escritos “a la crítica roedora de los ratones”. Qué grande era, sin embargo, Machado: “Don Antonio Machado tenía la costumbre de comer papel; se metía de tal manera en la lectura, que sin darse cuenta iba arrancando pedacitos de papel de las páginas del libro que, distraídamente, se llevaba a la boca y masticaba”. ¿Acaso no es mucho mejor esto, que no ser leído por parte de quienes creen que los libros son intocables? Quien afirma por elevación o por desprecio que un libro es intocable es una persona infumable.

¿Para qué leer? Para no estar solos, pues leer es traducir, entregar a otros lo que viene de otros, pasando y quedando. Leer es, pues, ingresar en la historia de la humanidad. Por cada golpe de lectura puede el primerizo captar entre cinco y diez letras, a las que añade otras tantas que el cerebro imagina al leer por su propia cuenta, pero con el curso del tiempo comprendemos que cada palabra es, como decía el ciego Borges, el universo entero. Yo tampoco quiero ningún libro para mí solito, esa blandenguería del lector narcisista, home, sweet home… Hoy por hoy, y con sólo apretar la primera tecla, ya tengo configurado el universo entero, motivo por el cual soy escrito por lo que escribo: lo escrito me escribe, escribir es para mí voz pasiva, lo mismo que amar, no cabe sin antes haber sido amado. Lo mejor de la actividad es la pasividad; cuando eso se sabe, ya no se intenta llenar ninguna bañera con un dedal.

Leer es también sufrir cuando te encuentras con quienes secretan babosada tras babosada: “Siempre me ha parecido que Don Quijote –todavía considerada por Harold Boom la ‘mejor novela jamás escrita’- debería ser excluida de todas las listas de lecturas universitarias. En particular, el primer volumen es aburrido y tortuoso, un refrito de viejas historias sacadas de las novelas de caballería. Para el lector actual es realmente difícil sumergirse en lo que en esencia es un argumento muy básico repleto de digresiones superfluas e irrelevantes que no tienen nada que ver con los personajes o acontecimientos personales. Y, lo que es todavía peor, siempre que las cosas comienzan a ponerse interesantes, la acción se ve interrumpida por alguno de los largos y pedantes discursos de Don Quijote sobre las virtudes de la caballerosidad”. Afortunadamente, William Blades había escrito en el siglo XIX contra semejantes “escritores” su original Los enemigos de los libros. Contra la biblioclastia, la ignorancia y otras bibliopatías, en cuyo prólogo, que parece paripintado respecto a lo que acabamos de decir, escribe Andrés Trapiello: “Como quiera que sea, el principal enemigo de los libros es el autor. Si los autores fueran mejores de lo que son, y se respetaran un poco más a sí mismos no escribiendo más que libros buenos, probablemente se los tendría en mejor consideración”.

Si Dios me lo permite, esta tarde comenzaré a leer el libro de un filósofo tan clásico como ya ignorado, el de A. Pfänder Fenomenología de la voluntad. Análisis psicológico. Esta vez voy a tener que comérmelo yo solito con patatas, pues menú tan suculento ya no se cocina en la oficina del estómago, porque no habita en las profundidades del alma. Aún así, ¡qué festival me espera, queridos lectores!

1 Basanta, A: Leer contra la nada. Ed. Siruela, Madrid, 2019, pp. 17-18.

2 Marchamalo, J: Tocar los libros. Editorial Cátedra, Madrid, 2020, p. 136.

3 Brottman, Mikita: Contra la lectura. Blakie Books, Barcelona, 2018, pp. 115-116.

4 Fórcola Ediciones, Madrid, 2016.5

5 Ibi, p. 8.

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