Fin de la feria. Fin del toreo preciosista. Hay seis “miuras” esperando en los chiqueros. Desde los 8 años Antonio Ferrera está cumpliendo con su vocación de ser torero. Y serlo de verdad, ajustándose a la realidad que sale suelta al albero y te condiciona. Condiciona, pero no determina. El Maestro Antonio Ferrera es grande. Aceptó el reto de torear lo que no quieren ni soñar la mitad del escalafón y, además, lo hace donando los honorarios a la Casa de la Misericordia. Los toros elegidos, los cuatreños, demostraron que sí, son de Miura y sí, no se prestan al toreo facilón.
El público hoy ha tenido sus momentos grandes. No todo es la bullanga y merienda en San Fermín. Los tendidos han saludado al torero. Al Maestro. Como el director de orquesta, convocó a todos los hombres que comparten con él la gesta de la tarde del 14 de julio. Todos los protagonistas al ruedo: los sobresalientes, los toreros de a pies y a caballo. Una estampa inolvidable. Hoy sí, ha sido una corrida del centenario. No siempre las efemérides coinciden con la grandeza. Esto no funciona con la exactitud del reloj.
Rifador (1º), un sardo más alto que las tablas, recorre el redondel, viendo el ambiente. Algo no le convence e intenta saltar al callejón. Con decisión, pero sin éxito. El capote verde sedoso, en perfecta armonía con el terno que vestía, sujeta al bicho, pero éste engancha. Pedro Prieto, en su última actuación en los alberos, lo recibe a mucha distancia y proporciona dos puyazos medidos y con el mismo acierto. El toro va sin humillar. Desde el terreno de las tablas, Antonio Ferrera lo lleva a los terrenos más apropiados para comenzar con la zurda. El pitón izquierdo, que parecía plantear menos complicaciones, acaba en unos derrotes secos y cabeceos feos. Así las cosas, con un breve trasteo por doblones, el diestro abrevia la faena y mata en los medios al morlaco difícil de cuadrar. El acero hasta la empuñadura, pero el lidiador está ya con el descabello que acaba con Rifador.
Chaparrito (2º), el grandullón de 625 kilos, corneaba hasta su propia sombra. Algo mirón y buscón. Toma la vara del picador que hacía la puerta, El Luca; Antonio Prieto le da otra bien merecida. Es de notar que el publico no protesta. Las banderillas transcurrieron con José Chacón en brega y Javier Valdeoro y Fernando Sánchez que se esmeró en poner un par en el mismo sitio que su compañero. Las series no han sido una cosecha fácil: midiendo el tiempo, sin atosigar al bicho, sin exigir, pero mandando. Los cabeceos omnipresentes, daban respiro para intercalar unos pases de trazo ejemplar. Para saborear despacio. El toro de llegarle mucho y el diestro se cruzaba en los mismos pitones. Un destello de la esperanza que el toro iba a más… pero no. Tarda en igualarle al morlaco. A la segunda el acero traspasa al toro y éste rueda sin puntilla. Una gran estocada. Una petición. Una oreja.
Espadero (3º) salió rematando en todo lo que veía. Carece de fijeza, por lo cual recibe las varas de Aitor Sánchez y otra fuerte de Mario Herrero. Espadero sortea las embestidas como Dios le dio a entender. Una franca, seguida por otra de traición, metiendo el pitón. Mira y cabecea por el pitón derecho. Una gran alimaña. Al envolver la muleta en un pitón, Ferrera entiende que se acabó. Los dos extraños que ha hecho el bicharraco, ya no se pueden tolerar. La suerte suprema complicada, de varios pinchazos y golpes que le proporcionó al matador. A pesar de todo, sigue entrando franco sin buscar los blandos. Un estoconazo.
Harnero (4º) salía huido del caballo y dando coces. Aún así, le proporcionaron los dos toreros a caballo hasta cinco varas. Y la última se la tomó con más ganas. Ferrera manda “¡a taparse!”. No se mueve ni Dios. El toro sagaz, lo nota todo. Comienza la cuarta faena de la tarde. Las primera serie sin enganchar la muleta, abrochada con un pase de pecho de buen trazo. Llega otra serie, con suavidad y sin imponerse al caprichoso Harnero. Unos pases mirando el tendido. La embestida sigue desordenada, pero con aguante y son le roba el espada otra serie de derechazos, unos ayudados al natural, rematados con el de pecho y un afarolado. Sin alargar. Se aleja del toro: ejecuta una estocada al recibir. Pocas estocadas parecidas ha visto Pamplona. En esta suerte suprema la colocación no cuenta porque no hay margen para enmendarse. Cae contraria. Antes de esta tarde ejecutar esta suerte con un “miura” ha sido impensable. El descabello. No hay petición. Qué vergüenza. Un saludo.
Bodeguero (5º) recibido con un lance de tijerilla. Una rareza. Mas el bicho no apreció la finura de los lances y salió a la defensiva con las manos por delante. Le falta fuerza. La segunda vara fue simbólica. Alvaro de la Calle, invitado a hacer el quite por Antonio Ferrera, desiste con buen criterio. Bodeguero tenía una arrancada prometedora, al principio, pero al notarse sin fuerza se para, frena y derrota. No da ni para acabar el muletazo. Ferrera se arriesga al hacer el desplante, tocándole el cuerno. Se juega la vida, pasando la muleta por detrás. Otro desplante y le coge por la manga, haciendo daño. Duro de matar. Recibe un pinchazo arriba. Entra de nuevo y pone una media estocada, llevando un serio golpe en la axila. La alimaña no se presta ni al descabello.
Antonio Ferrera se crece al castigo. Sale al último de la tarde como si fuera el primero. Recibe a Ahechador (6º) con una bella larga cambiada yun afarolado. El diestro monta al caballo, llevando la mínima protección y proporciona una buena vara, aunque el bicho iba con la cara p´arriba. Nada más pisar el albero, hace un quite por chicuelinas. El primer brindis de la tarde. Al publico. Sentado en el estribo, mide al enemigo de pitón a pitón. Éste sale cabeceando por el derecho y al natural embiste mal… Unos pases de castigo y el acero se hunde entre las paletillas. Salir casi ileso y matar a los seis miuras es ya un gran mérito. Pero llega otra oreja y se abre la Puerta Grande. Antes de recoger la oreja tan sufrida, el maestro Ferrera hizo un gran brindis a los toreros que tienen que torear este tipo de toros todas las tardes y con el respeto por los que no los quieren torear nunca.