En Mujeres víctimas del terrorismo y mujeres contra el terrorismo. Historia, memoria, labor y legado los coordinadores Laura González Piote, Alfredo Crespo Alcázar y José Luis Rodríguez Jiménez nos presentan una obra multidisciplinar en la que se han reunido historiadores, juristas, politólogos, periodistas, examinando distintas vertientes que nos permite abordar un espacio cada vez más complejo como resulta el fenómeno terrorista. Estructurada en diez capítulos, la pluralidad de autores de distinta formación encuentra una perfecta conexión e integración en el análisis del terrorismo debido a la complejidad que constituye el terrorismo como objeto de estudio.
La sociedad española no es ajena a los actos terroristas, por ello y después de casi cinco décadas de atentados de la banda terrorista ETA y de la aparición en el espacio internacional del terrorismo de corte yihadista, estimamos necesaria una obra como la que aquí se nos presenta. Su trasfondo se encuentra, por un lado, en la obligatoriedad no olvidar la merma que implica en nuestros derechos y libertades y por otro, la necesidad de poner en valor a las victimas del terrorismo como referentes morales y actores fundamentales para deslegitimar la violencia con intencionalidad política (p.15). Además, los autores ponen el acento en las mujeres como víctimas del terrorismo y como actores que lo han combatido siempre bajo el respeto escrupuloso de los parámetros del Estado de Derecho.
La existencia de la banda terrorista ETA motivada por “unos factores ambientales que favorecieron su surgimiento en Euskadi, la tradición nacionalista nacida a finales del S. XIX, el recuerdo de la guerra civil, la opresión de la dictadura, etc.” (p.36) marcó todo el proceso de la Transición y hasta su “cese definitivo de la actividad armada en octubre de 2011” (p.33). Desde esta perspectiva, la legislación antiterrorista infirió una evolución en el Derecho en general, identificando aquí sí, el bien jurídico protegido con el interés del Estado de derecho y la propia seguridad nacional (pp. 176-178). Por ello, puede reseñarse como uno de los hitos más significativos en materia legislativa en la lucha antiterrorista, la aprobación de la Ley Orgánica 6/2002, de 27 de junio, de Partidos políticos, fruto del Pacto Antiterrorista nacido de la firma del “Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo” llevado a cabo en diciembre del año 2000 entre el PP y el PSOE. Esta norma resultó fundamental para expulsar a la izquierda abertzale de las instituciones públicas por medio de la ilegalización de sus respectivas marcas políticas (Herri Batasuna, Euskal Herritarrok y Batasuna) (pp.157 y ss.). Todo ello “fue clave en la lucha por una verdadera deslegitimación de la actividad de la banda” (p.164) si bien, la premura en la legalización de sus nuevos partidos políticos (Sortu y EH Bildu), ha permitido de nuevo “la rehabilitación del entorno proetarra” (p.165) y su vuelta a la presencia en las instituciones públicas con más poder si cabe que en aquel entonces.
Con todo ello, uno de los factores determinantes a la hora de plasmar el estudio del terrorismo recala en la forma en la que se pone en valor a las víctimas, siendo este, un requisito tanto social como político (p.16). No obstante, hemos podido comprobar como durante décadas, las víctimas han sido casi invisibles a ojos de la sociedad, en realidad, hubo una generalizada ausencia de respuesta ciudadana ante el terrorismo. Esta escasa proyección de las víctimas en la sociedad tuvo una especial ausencia de referencia en la prensa española durante la Transición. Por aquel entonces, las noticias se centraban casi en exclusiva en los grupos terroristas y en todo lo que generaban, haciendo que “se atendiese más a los perpetradores que a las víctimas” (p.83).
Todo ello se ha traducido en una especial invisibilidad en el espacio público dominada éste por los victimarios y no por el apoyo a las víctimas (directas e indirectas). En este sentido, es un activo terrorista “el recurso a la violencia como herramienta legítima para la persecución, exclusión y expulsión de ciertos colectivos” considerados como “enemigos del pueblo” (p.62), de lo cual subyace uno de los aspectos más profundos de la nueva deriva en el marco terrorista, y es que, tras la agresión sufrida por dos miembros de la Guardia Civil y sus parejas sentimentales en Alsasua el 15 de octubre de 2016, “se produjo en determinados sectores (políticos, sociales y mediáticos) un enaltecimiento de los victimarios y un menosprecio de las víctimas en público y declaraciones institucionales” (p.75).
En definitiva, estamos en presencia de una obra referente que disecciona el fenómeno del terrorismo desde el rigor, combinando para ello, análisis, descripción y opinión sólidamente argumentadas.