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TRIBUNA

El triunfo del mal, y sus cómplices exitosos

jueves 21 de julio de 2022, 20:24h

Esta mañana no tengo más remedio que despertar a mis lectores de El Imparcial con una sonata que no solamente no es tan hermosa como sí lo son las Mañanitas mexicanas, que tanto me gustan, sino con otra tan desabrida que incluso podría recordarles a ustedes el duro estribillo del gaucho Martín Fierro: “Cantas raro, pajarraco, repites letras y letras, y nadie atiende a tu canto”. Se trata de algo no tan raro e inhabitual, en efecto, porque además tiene mal estribillo: este verano hay dos librerías menos en Burgos, tan pocas y generalistas que apenas quedan algunas que puedan ser contadas con los dedos de media mano. De todos modos, no quiero jeremiadas, así que ahí va mi pequeña sonatina en re menor, cuya música prefiero escuchen ustedes en vivo y en directo mientras agradezco su amable benevolencia por no cambiar de disco:

Dr. Carlos Díaz: Nos sentimos honrados con la oportunidad de publicar la obra que nos envió. Lamentablemente decidimos no hacerlo por la siguiente razón: en este país hay muy poca gente que lea obras con la calidad y profundidad de pensamiento que usted utiliza en el tratamiento de temas educativos. El comité editorial de Piedrasanta admira y valora su trabajo en alta medida. Nos detuvo la razón que le expongo. Mil gracias por haber pensado en nosotros”. Lo firma Daniel Caciá, Gerencia de Formación y Recursos y de Edición. Editorial y librerías Piedrasanta, 5ta calle 7-55 zona 1. Guatemala.

Como perro viejo ladro sentado, y no quisiera en modo alguno armar una escandalera como réplica, ni morir de un golpe de indignación por semejante respuesta. Cada autor presenta su libro, y la Editorial que lo recibe para análisis está en su pleno derecho de publicarlo o de no hacerlo, y en este último caso la mayoría de las veces sin acusar recibo ni dar explicaciones. Muchas veces –y quizá pudiera ser también mi propio caso- los autores nos creemos mejores de lo que son nuestros libros y nos falta objetividad y humildad. Nada, pues, que objetar al dictamen editorial, antes al contrario agradecer el honor de haberlo leído, lamentando además haber hecho perder su valioso tiempo a los censores o censoras. Estoy a la presente en una edad en la cual me resulta ya más penoso hacer perder el tiempo que no ver satisfechas mis demandas.

Por otra parte, la guatemalteca Editorial Piedrasanta asegura en su propaganda, y no dudo de su veracidad, ser la editorial centroamericana más laureada, incluso en Europa, por sus productos. Yo conozco algunos de ellos. En consecuencia, este mi escrito carece de voluntad partidaria y litigante, o al menos no lo deseo. Así pues, me limitaré a una reflexión breve y sin el menor enfado subjetivo sobre el motivo aducido por la casa editorial para rechazar mi libro y su argumentario, y ello en la medida en que se trata de algo que me trasciende, dado su carácter objetivo, y no tanto de una estéril rabieta narcisista a estas alturas de mi vida.

“Lamentablemente –escribe mi fallido editor- decidimos no hacerlo por la siguiente razón: en este país hay muy poca gente que lea obras con la calidad y profundidad de pensamiento que usted utiliza en el tratamiento de temas educativos. El comité editorial de Piedrasanta admira y valora su trabajo en alta medida. Nos detuvo la razón que le expongo. Mil gracias por haber pensado en nosotros”. No creo por mi parte que el libro tenga esa altura, no solamente porque no soy capaz de alcanzarla, ya me gustaría, sino también y sobre todo porque antes de atreverme a enviarlo a nadie se lo di a leer a algunas personas muy sencillas que lo entendieron perfectamente, o al menos eso me dijeron.

De todos modos, sé bien (y bien que me duele) que existan países en los cuales el nivel de lectura y de escritura es menor que en otros, a veces casi inexistente o inexistente del todo. Mi opción personal por Centroamérica se debe precisamente a la voluntad de aportar en la medida de mis capacidades mi granito de arena contra esa intolerable situación a estas alturas de la historia en que las gentes viven en cavernas. Sea como fuere, he publicado en Guatemala (Editorial Sinergia) treinta libros -digo treinta, que se dice pronto-, y enseñado en muchos lugares de la República, y me parece que el nivel no es siempre tan bajo en todos los lugares como dice Piedrasanta, a pesar de que sobre esta cuestión sean posibles muchas y muy distintas valoraciones.

Lo realmente importante sería que, si “en este país hay muy poca gente que lea obras con la calidad y profundidad de pensamiento que usted utiliza en el tratamiento de temas educativos”, las editoriales harían muy bien en publicar cosas mejores y de más calado científico. Una gran editorial como me parece ser la suya, tan benemérita y tan permanentemente publicitada por todos los medios, ¿no siente la obligación moral de publicar cosas de mayor calidad y enjundia, aunque sea al riesgo de obtener supuestamente un menor rendimiento económico?

No pretendo dar lecciones a nadie, pero me veo obligado a traer a colación en este momento aquel conocido sarcasmo de don Miguel de Unamuno cuando decía: “Puesto que el vulgo es necio, y lo paga, hablémosle en necio”. “Hay padres tan increíbles –añadía- que hablan a sus hijos aún balbucientes balbuciendo ellos mismos: así no llegarán jamás a una parla adulta, flaco servicio les están haciendo”.

Por mi parte, yo no soy más que un pobre intelectual que no debería osar emular al maestro Piñones, “que no sabe leer y da lecciones”, pero aun así considero que dignificar al pueblo ofreciéndole mejores productos educativos e instructivos es una obligación cuando menos profesional de todos cuantos nos dedicamos a la cultura, en sus modalidades oral y escrita. De lo contrario, ¿cómo podremos frenar la caída en el vacío de pensamiento y de reflexión que está padeciendo la entera humanidad, quién le pondrá alguna vez el cascabel al gato, a qué editoriales y a qué profesionales correspondería la tarea de luchar contra la barbarie, cómo romperemos el círculo vicioso de lectores malos, editoriales malas, sociedad malas? La cultura que no abre brecha no pasa de ser una cultura de mantenimiento funerario del pre-cadáver.

El catálogo de las editoriales –y no solamente de las dedicadas al negocio de la enseñanza- suele ser extremadamente sumiso a las directrices marcadas por las instancias económicas, políticas y burocráticas mundiales, y en consecuencia no siempre muy encaminadas a leer la realidad y transformarla. Aquella servidumbre voluntaria debería quedar reservada en particular a los editores de pasta de papel con menos escrúpulos, pero solamente a ellos.

Limitarse, en fin, a vender lo que tiene una venta asegurada porque forma parte del currículo obligatorio no me parece decoroso, y siento mucho manifestarme en estos términos. Mientras tanto, que cada palo aguante su vela, yo procuraré seguir aguantando la mía asiéndome a su mástil tras las huellas de Ulises en su regreso a Ítaca, para que durante la procelosa travesía no me conviertan en cerdo las sirenas abisales con su voz estudiadamente dulce.

Y ya no polemizo más, porque eso sería dar publicidad a un libro mío (del cual no he dado a conocer ni siquiera el nombre) tan malo por ser tan bueno que resulta impublicable. Ganas dan de ser más malos para lograr verse publicado y publicitado. A ver si no termino cayendo en la tentación, dada mi quebradiza salud moral.

Cuando en una sociedad triunfan los autores malos, los buenos tendrán que seguir acumulando inéditos. Total, al final la quema de libros será la misma para todos, los buenos y los malos, incluidos los editores.

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