Con la dirección musical al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real a cargo de Scott Dunn, las imágenes de Robert Mapplethorpe, la escena de Jörn Weisbrodt y la iluminación de John Torres, ayer el estreno de Hadrian, etiquetada como ópera por sus creadores, convenció y al final de la función el público concedió al elenco de artistas cinco minutos de ovación.
La obra se inspira en el que pudo ser el último día del emperador romano Adriano (que gobernó entre 117 y 138) y en su profundo e inquebrantable amor por Antínoo, al que conoció en Grecia mientras recorría su Imperio. Tras más de seis años de convivencia, Antínoo murió ahogado en el Nilo en extrañas circunstancias. Hadrian, presentada ayer en el Teatro Real, pretende ofrecer una explicación a esta muerte del amante de Adriano y a la política de éste, y aspira a trasladar al espectador el hondo sentimiento de dolor que debió de sentir el emperador Adriano por este abrupto final y a dar a conocer lo que los autores consideran una de las mayores historias de amor de todos los tiempos.
El primer acto comienza con el último día de Adriano. Al final de este acto, Plotina -mujer del emperador Trajano y quien condujo a Adriano al trono, y a la que preocupa el avance del monoteísmo- ofrece a Adriano dos noches pasadas con Antínoo a cambio de que actúe contra Judea y el monoteísmo. Con la aceptación de Adriano el libreto se traslada al pasado. Tanto en este acto como en el siguiente Adriano repasa su vida con Antínoo y su trayectoria como emperador, reviviendo momentos políticos, con el conflicto con Judea en el fondo, y escenas de la vida de los dos amantes. En el tercer acto, que comienza fuera del tiempo, Adriano y Antínoo viven su amor. Al final de este acto Antínoo muere, traicionado por Turbo, intentando dar su vida para que Adriano recupere su salud. En el cuarto acto, la acción regresa a la noche en que muere Adriano. Conocedor del engaño que ha costado la vida a Antínoo, el emperador despliega una política de venganza que supondrá la ruina del Imperio, fracturado por un debate en torno a la religión.
El romance de Adriano y Antínoo fue descrito por George Bernhard Shaw como una historia que trasciende los simples hechos, donde dos hombres quieren hacer el amor y la mujer trata de detenerlos, en una pequeña pero épica remodelación del triángulo amoroso fundamental, en la que se recoge también el fin de la era clásica y su orden mundial politeísta -tan prolífico en las artes y testigo del origen de la democracia- y los albores del monoteísmo como opción de fe en el mundo conocido -origen de guerras por motivos religiosos y causa de la supresión del ser humano, el conocimiento, el arte y la ciencia en el centro de la filosofía-.
El mensaje final de la obra es que el amor es lo único que permanece y que, a la vez, es lo único de lo que el ser humano no se puede apropiar. El verdadero legado de Adriano habría sido que él sí amó. Antes de morir, dirá:
«De una manera yo era sincero.
Una manera de ser recordado. Este último aliento, mi legado:
Él amó».
El reparto vocal contó con las voces del barítono Thomas Hampson en el papel de Adriano, la soprano Alexandra Urquiola como Plotina, el tenor Santiago Ballerini como Antínoo y el bajo Christian Federici como Turbo, entre otros cantantes (Vanessa Goikoetxea, soprano, muy aplaudida, Alejandro del Cerro, tenor, Vicenç Esteve, tenor, Gregory Dahl, barítono, Pablo García-López, tenor, Josep-Ramón Olivé, barítono, David Lagares, bajo, Berna Perles, soprano, Albert Casals, tenor, y Patricia Redondo). También intervino, excelente como siempre y a las órdenes de Andrés Maspero, el Coro del Teatro Real, que protagonizó uno de los momentos con mayor efecto de la velada, con sus integrantes gritando: «¡A la guerra! ¡A la guerra!».