La primera goyesca de la Plaza de las Virtudes, que cuenta con más de cinco siglos de historia, quedó grabada en una placa. Y en la memoria de los espectadores, mejor dicho, de los afortunados que han tenido buen gusto de acercarse al coso cuadrado manchego. La corrida de cuatro toros de La Peregrina para el maestro Antonio Ferrera y dos novillos para Raquel Martín.
El primero de la tarde, el castaño Desvergonzado (1º, nº152), salió como los espectadores: desmayado por el calor y sediento. Hasta el arañazo, tomado a mucha distancia, le sentó mal y perdió las manos. Los pares de banderillas igual, se quedaba el torete acostado en el albero. La faena de Antonio Ferrera tuvo que ser más fina que el encaje de Almagro: todo medido, administrado con cuentagotas, distancias, tiempos y pases. Aún así se caía el toro. No le faltaba la bravura: acostado en el albero se estiraba para seguir la franela, pero el cuerpo pesaba más de que el alma. Más aún, con la estocada hasta los gavilanes, el peregrino de hierro de Ferrera no cedía ni se derrumbaba. Tal desajuste entre fuerza y bravura, es algo rara. Los veterinarios deberían avistar a conciencia los chiqueros que más sol reciben en las fechas poco habituales para esta plaza.
Ligero (2º, nº139) remató en casi todos los burladeros habidos y por haber. Antonio Ferrera lo recibió con lances de temple y mirando al tendido. El cornibrocho tomó la vara y le administraron buen tercio de banderillas. El morlaco no regalaba las embestidas. Se ceñía y remataba los pases con algún que otro cabeceo y tendiendo a las tablas. A pesar de todo, hubo pases al natural de gran trazo del hombro al tobillo. Una belleza. Un afarolado, un pase circular y otros de adorno fueron acompañados con el cante y baile flamenco a cargo de Rafael de Utrera, El Carpeta o Manuel Fernández y Antonio Farru. Sí, sí, no los pasodobles, sino el flamenco cantáo y bailáo. Un espectáculo nunca visto antes.
El tercero correspondía al primer novillo para Raquel Martín, que abrochó los lances con una verónica entera. El brindis al maestro Ferrera y ahí estaba Raquel sacando al burel con los pases genuflexos a los medios. La faena construida paso a paso, enlazado con los cambios de mano oportunos. El novillo no se prestaba mucho y prefería el refugio de las tablas. Al final, se ha ido a menos. Al bicho rendido, Raquel se impuso y le sacó unas tandas de mérito. La estocada caída, tirando a baja, con derrame. Pero la actitud de la novillera y el entusiasmo del público le otorgaron dos orejas y un rabo. No quedaba más apéndices por cortar. Su segundo novillo se ceñía mucho, de los que agotan a cualquiera, pegajoso. Andaba ganando el terreno a Raquel Martín, desarmaba. Pero ella puso el pie en pared y, a costa de exponerse mucho, logró una faena. Le costó mucho ponerlo en suerte suprema. Es comprensible, cuando uno tiene a cuatro personas a grito pelado aconsejándola. Descoloca a cualquiera. Magnífica tarde de la novillera que creció mucho desde su debut con caballos en Olivenza en marzo.
Antonio Ferrera tenía dos peregrinos más de su hierro encerrados en los chiqueros. Candillejo (3º, nº153) de lámina y hechuras preciosas. Ensillado, cuesta arriba y agalgado, con mucho morillo y nervio. Rajó el capote verde en uno de los galleos. La puya se la quitó él solito. La segunda, enganchó el peto con intención y estuvo a punto de descabalgar al jinete. Complicadas las banderillas con mucho capotazo e indecisión. Al son del pasodoble de la banda, se ovacionaron las tres primeras tandas. Las demás al son de flamenco. Gran coordinación: los tiempos de descanso del astado correspondían al baile del nieto del gran Farruco. El torillo de mucho cuidado. Se ceñía más de la cuenta en varios pases. Una gran estocada y dos orejas que se sumaban a las dos anteriores.
Estimado lector, no se desespere, aún queda mucho por contar. El cuarto de Antonio Ferrera, Montero (4º, nº112), saltó al ruedo. Si el toro fuera pintado, su creador pasaría por un exagerado. La piel negra, fina, dejaba entrever cada músculo del contrario del matador. Una larga cambiada de rodillas puso al público alerta. Ocho lances ligados, una chicuelina incluida, afirmaron: habrá faena. Al tomar la vara, el toro sigue el envés verde del capote. El galleo superior. El tercio de banderillas fue compartido entre el diestro Ferrera, José Chacón y Fernando Sánchez. El bicho cortaba el terreno, yendo sin el mínimo pundonor hacia los toreros. Tanto se esmeró en eso el morlaco, que Antonio Ferrera repitió el par, poniendo el primero bis al violín entre los pitones. El torero agradeció a la banda de música y dirigió el brindis a los músicos flamencos. Enseguida de rodillas, domina tanto al toro que se intercambian los papeles: Ferrera de pie y el peregrino dando pases con manos dobladas. El son del cante adquiere profundidad. La faena va tomando grandeza. El maestro establece el diálogo con el toro. El público parlanchín y bullicioso se queda en silencio ante una obra de arte. Lo que le faltaba al toro, se lo puso el torero. Un molinete y la franela queda recogida en la mano. Se adorna el torero. Escarba el toro. La franela despliega sus vuelos: se torea al natural por bulerías. Pases de cintura quebrada y la pierna hecha un eje inamovible. Dos afarolados, transforman al toro parado, poco apto para lucimiento en una maravilla. El hechizo de inteligencia frente al noble bruto. Éste saca el mal genio al cuarto derechazo y el diestro evita la cornada trazando un afarolado, agachado entre los pitones. El toro no sale de su asombro. El zapateo sobre el albero y la muleta sobre el hombro. Corre la voz: ¿Qué va a hacer ahora? Una estocada de ley, es decir, al recibir que no ha visto la plaza en todos los siglos de su existencia. Dos orejas y rabo. Celebrado con un pasodoble interpretado por una extraordinaria banda de música.