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LA BÁMBOLA

Arden Lidia Falcón y Amelia Valcárcel en la Complutense

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 03 de agosto de 2022, 18:29h

Según el código deontológico del oficio una información ha de estar contrastada por tres fuentes. ¿Da igual que la fuente se tambalee? Sí, es igual. ¿Da igual que la fuente esté drogada? Sí, no importa, tampoco es para caminar mucho. ¿Da igual que la fuente no hable en español? Mejor, eso es ya cosmopolitismo. Trece, y nos tres fuentes, me confirman cómo arden los libros de Amelia Valcárcel y Lidia Falcón en la Complu, vuelta y vuelta como las chuletas, uno mea encima cuando se cansan para apagar/bendecir el cotarro. ¿Pero los libros son propiedad pública o privada? Eso ya no lo sé, pero arden como los ricos, no la plebe.

El nuevo terrorismo se llama “queer”: quema a las viejas maestras que tanto hicieron por el movimiento feminista y juegan a ponerse o quitarse pirula, según el antojo diario. “Me siento tal”, “Me siento cual”, etc. Dijo hace poco Jorge Martínez, del grupo Ilegales, en esa tertulia de grandes en YouTube llamada Casa Cavestany: “A mí es que me gustan las mujeres como eran antes, sin polla y sin barba”. El borrado de las mujeres es completo: ¿qué coño son “personas menstruantes? Lo “trans” –brazo político de lo “queer”, arma militar- está para quemar, sí, bien la hierba y la tierra que la sostiene: la salida a padres que no soportan a hijos homosexuales (bienvenido el taller donde los arreglan), el reino y destrucción del apetito (iniciada la Transición, reafirmada con toda clase de drogas y hormonas, sin vuelta atrás), finalmente la aniquilación del placer (rota la biología). “Nadie nace en un cuerpo equivocado” (Deusto), de Marino Pérez y José Errasti, disipa cualquier duda y subraya la monstruosidad total.

Arden las brujas rojas en la hoguera azul, las vampiras de uñas hasta los talones, las voladoras de melena hasta la cintura, las risas diabólicas de aquelarre y razón francesa. Lidia Falcón no pudo empezar con sus libros en mayor precipicio, una locura nueva y joven, la mujer como clase social marxista, toma ya, en lucha contra todos y a la conquista de los derechos perdidos, una maravilla. Amelia Valcárcel en todos sus libros ha hecho memoria, que no erudición, y ahí el sabio crece al fiarse más de la primera que de la segunda, junto a algo que solo he visto en ella, pasión por la prospectiva, desprecio de la letra muerta, todo el texto conspira sin titubeos por hacerse real, a la manera de “El contrato social” de Rousseau, sin demoras ni preñeces, ojo de águila, vuelto alto, aterrizaje violento, canela fina. Arden las damas blancas en una fogata negra donde los bárbaros proyectan la mímesis de otros, manejados como ganado, para luego sentirse lo que siempre fueron.

“Excelsior” publicaba hace poco un titular que supera toda ley “queer” del universo. El poema dice así: “Reclusa trans es cambiada de cárcel tras embarazar a dos compañeras presas”. La realidad supera a la ficción. Todo dios, con o sin tetas, quiere una cárcel de mujeres para sí solo, donde guiarse por el mástil duro de la guitarra española. ¿Podrá explicarnos la ministra Montero esa monta? Todos nos sentimos lo que no somos, hasta que llega la realidad, y toca hacer de conejo, porque lo de liebre es capricho. Se lo decía Luis Artigue –recientemente incorporado a este periódico- a su progenitor mientras estudiaba Filología Clásica: “Papá, es que yo quiero ser poeta”. “Eso lo queremos todos: apruebas o te vienes conmigo a la obra”. Hay binarismos que son así de contundentes. Llueve, luego el suelo se moja. Incluso monismos. Nada más peligroso que un analfabeto que, a partir de su caso particular, quiere legislar para todos. ¿Y si te sientes Napoleón qué ley nos espera? Tanto mamón no puede concursar a una titulación superior reglada.

Arden las viejas maestras, a las que llaman “fachas” y “fascistas”, recibidos y todavía frescos los primeros palos del franquismo represor. Valcárcel, escapando como un gorrión por los ventanucos de la universidad; Falcón detenida y engrillada, ante cualquier mohín la primera hostia a mano abierta. Quemar un libro es mucho grave de lo que pensamos, porque todo símbolo construye una libertad o su contrario, y borrar las huellas es el camino más fácil para volver a perdernos. El Fascio, desengañémonos, jamás desaparece, se oculta, y Ultraeuropa está ahí, Orbán y Le Pen y muchos más, con el odio al extranjero y al pobre como primeros altavoces. Arden, crujen churruscadas, las maestras serenas que ven hoy la Democracia en peligro. Tremendo.

¿Y lo de “trabajadoras sexuales”? Para quemar el chiringuito. La prostitución jamás es un trabajo sino trata, mafia, droga, dinero negro, explotación y todo lo que ya sabemos, a doble espacio y todo seguido. Errasti/Pérez no han podido presentar su libro al natural y sin escolta en muchos sitios, otros cancelados por órdenes gubernamentales. La Democracia, en mayúsculas, no es eterna, y vive sus asedios como puede, a veces en la parrilla, poniéndose de lado, porque no queda otra que la resistencia. Una izquierda le grita a otra que no le tome el pelo y no haga leyes en su nombre. Empieza todo –sentencia Valcárcel- por una lucha gramática: apropiarse de un nombre –el de Feminismo- para llevar a cabo cirugías que no nada tienen que ver con su finalidad. Arden las maestras buenas mientras los más callados –fíjense- son los primeros que echan chimichurri dos veces. Arde la libertad para volver a prohibir lo que no puede hacerse. Prohibido prohibir, nenes.

Diego Medrano

Escritor

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