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TRIBUNA

Humor político

jueves 04 de agosto de 2022, 19:38h

A veces hay que salir por los campos de Utiel, que a muchos les parecen salidas erradas por los cerros de Úbeda. Toparemos con los desalmados yangüeses, con el yelmo de Mambrino, con la pastora Marcela, con la hermosa Dorotea, sostendremos litispendencias con cabreros y disciplinantes, dialogaremos con el bachiller Sansón Carrasco y podremos sorprendernos viviendo extrañas aventuras con el bravo caballero de los Espejos, nos acaecerán extravagantes encuentros con el caballero del Verde Gabán, y participaremos en las bodas de Camacho, remaremos atados al duro banco con los remeros de las galeras, y seguiremos vivos, aunque –como es mi caso- acabe de salir esta mañana del quirófano para extirparme un grano, vivos hasta que el grano nos separe.

Desde que tuve la fortuna de conocerlo, siempre me acompañó el humor de un uruguayo excepcional, mi amigo Gerardo Mendive, que nos deleita así: “Un candidato de las fuerzas de izquierda llegó al pueblo de San Ignacio, en Honduras, durante la campaña electoral de 1977. El orador trepó la escalera que hacía las veces de estrado y ante el escaso público proclamó que la izquierda no soborna al pueblo, no vende favores a cambio de votos: -¡Nosotros no damos comida! ¡No damos empleos! ¡No damos dinero! -¿Y qué mierda dan, entonces?, preguntó un borrachito recién despertado de su siesta bajo un árbol de la plaza”. La respuesta estaba bastante clara para cualquier lúcido: ¡Pues, amigo borrachito, en general lo que dan los candidatos de una y otra calaña a los candiditos de uno y otro signo es eso: mierda!

Segundo divertimento: “A un político menor le toca ‘destapar al candidato del PRI en Coahuila. Le notifican que será Agustín Villavicencio, presidente municipal de Saltillo. Toma el micrófono y se lanza: “Compañeros. Nada me da tanto gusto como festejar a uno de los mayores aciertos de nuestro partido, una elección inobjetable. Sí, amigos y correligionarios. Agustín Villavicencio es el hombre ideal, infatigable, insobornable, todo él una maquinaria militante, un patriota convencido, un mexicano hasta las cachas. ¿Qué mejor destino para nuestro noble y glorioso Estado que la conducción férrea y el temple viril de Agustín Villavicencio?”. En eso se halla cuando le pasan un papel. “Ya cállate. Cambiaron de opinión en el Centro. El bueno no es éste, el bueno es el senador Gonzalo Díaz”. El político se turba un instante y luego prosigue: “Sí amigos, el PRI es el espacio de los grandes hombres y de las sorpresas siempre gratas. ¿Oyeron todo lo que dije de Agustín? Pues eso no es nada, porque al lado de Gonzalo Díaz es un pobre pendejo. ¡Ese si es el bueno! ¡Ese sí que es el hombre de Coahuila!”. He aquí que una verdad se torna ridícula, al mismo tiempo que una cosa ridícula se torna verdadera.

Tercer viaje al Parnaso, y último: “Cuando en la etapa de Felipe González los integrantes del Partido Socialista Obrero Español dejaban el poder entre cargos y culpas de corruptelas, “¡Federica, Federica –gritaban los jóvenes- el socialismo ha tomado el poder!”. “¡No, les respondía, el poder ha tomado al socialismo!”[1].

Mientras tanto, y mientras tantos, Gerardo Mendive no va a estar nunca –mientras yo viva- remando solo contra viento y marea, aunque con algunas excepciones siga autoeditando sus propios numerosos libros, pues es bien sabido que la libertad no tiene quién la patrocine. Como él es un uruguayo universal, carece de patria chica donde reclinar la cabeza ni comedero donde pastar por cuenta ajena. En el viscoso mundo de los negocios editoriales no sería mal aliviadero el rincón que a los escritores sin predicamento público les ofrecen las Editoriales de su patria chica; sin embargo, el escritor demasiado protegido no progresa como tal escritor, la suya no pasa de ser literatura de cordel. Agraviados comparativamente, los apátridas morales carecen de toda casa editorial donde reclinar la cabeza bibliográfica y culturalmente, y por lo mismo nunca contarán con la protección de ninguna Editora Regional. Por contrapartida, y aunque el tener esa protección supone sin duda alguna un beneficio para los escritores sin otro mérito que el de ser lugareños de la región, su labor es imprescindible para dar a conocer a excelentes autores desconocidos tan sólo por el mero hecho de no vivir en Madrid o Barcelona, donde el caciquismo se eleva exponencialmente. Yo estoy gratamente sorprendido por la plétora de cantos sonoros que han alegrado y seguirán alegrando algunos rincones del mundo. Y quisiera tener una Editorial donde pagar a los escritores que viven pese a todo, aunque mal, del laboreo de sus palabras. Que en el caso de Mendive son palabras de honor[2].

[1] Mendive, G: El mundo actual y sus desafíos. Autoedición, México, 2006.

[2] Recomiendo todos sus libros: Cotidianería., Y entonces... Miradas desde el relato, Pasando a otra cosa, En andares compartidos, Oficio sin escuela, La persona y sus desafíos...

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