Tiempo de instituciones
jueves 02 de octubre de 2008, 21:24h
Como viera Hannah Arendt los Estados se fundan por hombres pero persisten por sus instituciones. En los momentos de creación, que eso son las revoluciones, son necesarios los grandes hombres, los founding fathers, personalidades relevantes por su sabiduría y prudencia. Tras ellos el camino es más fácil, pues se trata de continuar, sin enmendar ni contrariar, lo que establecieron. En el Estado constitucional, que es el marco obvio de mis reflexiones, la salud del sistema, una vez establecido, me parece que depende de dos condiciones; la primera consistiría en la asunción de su complejidad. También seguramente, en segundo lugar, se requeriría un cierto optimismo en la capacidad de los sujetos que ponen en marcha el orden político, que lo hacen funcionar en los tiempos ordinarios de normalidad.
El Estado constitucional es un mecanismo complejo. Es un reloj con muchas ruedecillas que se comunican, se estorban y se refuerzan. Es un artefacto sofisticado y sutil, una obra ingeniosa y trabada. No se pone en marcha a impulso de una sola voluntad o centro, por eso no tolera el caudillismo, aunque aparezca como democrático o busque la legitimación directa del pueblo. Las decisiones en un Estado constitucional son adoptadas tras procesos de discusión en diversas instancias, después de haber superado la prueba del contraste y la crítica. Esas decisiones tenderán a la moderación, pues se toman bajo un escrutinio político, en la medida que pueden condicionar el voto de los ciudadanos en las siguientes elecciones, y un control jurídico, pues han de ser conformes con la ley y la constitución cuya observancia corresponde a los tribunales ordinarios, en un caso, y al constitucional, en otro.
Quiere esto decir que la salud política de nuestro sistema depende de sus instituciones, a las que hay que dejar actuar y en las que debemos confiar. Confiemos en la disposición o diseño constitucional que dejó la generación de la transición, que hizo un trabajo extraordinario, proveyendo a la compensación de unas ramas del Estado sobre otras, estableciendo una planta política equilibrada y fuerte.
Empero, el éxito del funcionamiento del Estado no depende sólo de lo que podríamos llamar las condiciones externas de la instituciones, en un plano de mutua coexistencia y comunicación, sino de la capacidad de éstas para generar un espíritu propio, una moral institucional, que saque lo mejor de las mismas. Las instituciones tienen en efecto una capacidad para obtener el máximo partido de sus miembros, cuya actuación ya en el seno del organismo, obedece a una lógica que traspasa sus condiciones personales. Dentro de la institución sus miembros tienen oportunidad de escuchar otras opiniones y puntos de vista, y pueden proceder a una reformulación de su posición que ahora ya no se adoptará exclusivamente de modo individual, sino en cuanto integrantes del colegio al que pertenecen.
Estas consideraciones sobre el significado de las instituciones en la democracia, no pretenden diluir la responsabilidad de acertar en la designación de sus miembros. Se trata de un deber que a su vez es deseable se lleve a término de manera institucional. Creo que es lo que, aunque con una actuación mejorable en la forma, ha sucedido con el nombramiento del Presidente del Tribunal Supremo. Ojalá siente un precedente.
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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