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TRIBUNA

Transformar el carro de la compra en carro de combate

miércoles 10 de agosto de 2022, 19:56h

Existen servidumbres procedentes del exterior, y otras del interior, constelaciones autoritarias de fuera y de dentro. La pregunta es: ¿fueron antes las servidumbres de fuera, o las de dentro, las dictaduras interiorizadas de la dictadura exterior, o a la inversa?

Con certificado de democracia y con ciudadanos expertos en ser “buenas personas”, a veces las democracias hacen guerras mundiales y las personas se matan entre sí. Semejante espectáculo engendra espectáculos semejantes: nunca nos ocurre nada nuevo con el pie cambiado que antes no viniese ya con el pie cambiado. La voluntad de exterminio (de poder) es la clave de la historia.

Dicho lo cual, mientras la atmósfera se va a pique y no aguanta más, nosotros seguiremos duchándonos cada mañana, y dormiremos con aire acondicionado y ventilador si podemos, hasta que la energía nos estalle en nuestros dormitorios dejándonos helados de calor. Así capearemos el temporal. Parece que los procesos de supervivencia resultan más letales para la supervivencia.

Por su parte el Estado capitalista liberal (y no hay otra clase de Estados, de derecha o de izquierda) crea crisis que, lejos de resolver cíclicamente, agrava cada vez más. Ya no puede con sus propias contradicciones, sus soluciones son patadas de ahogado. Los procesos globales afectan a nuestros privilegios y a nuestro bienestar particulares, y la reconstrucción de dichos procesos globales lo único que hace es acelerar su progresiva decadencia. Todos alimentamos la mecha de la bomba, a veces incluso cuando pretendemos desactivarla..

Con este panorama la comunidad humana adopta el darwinismo como filosofía, a veces paladinamente confesado: ha llegado de verdad y de forma brutal la lucha por la supervivencia y el abandono de toda esperanza militante. Todos los héroes han muerto y todos los poetas están acabados, mientras los profetas rumian su soledad.

Este silencio de los corderos lo llenan los ruidos y los gritos de quienes transforman la frustración existencial en resentimiento y en culpabilización. No hay inocencia global, y a los inocentes particulares se les aborta y se les mata dejándoles sin posibilidades de supervivencia. Tales son los elementos discursivos dominantes continuamente reformulados.

Obviamente, quien denuncia esta euforia catastrófica de “orgullo” supremacista (gay o no gay), quien pone el dedo en esta discatástrofe que se enmascara con el esplendor de la decadencia, es tenido por irredento catastrofista conspiranoico y desestabilizador. No hay forma alguna de confrontar sin sobresalto a una sociedad que ha devenido intrínsecamente perversa. Al sentirse amenazada la sociedad, sus mecanismos de defensa reactiva se vuelven paroxísticos.

Ahora bien, si no cambian las cosas radicalmente, el colapso es inevitable, y sólo queda plantearse el postcolapsismo, es decir, las guerras de exterminio total para la supervivencia de los más fuertes. En primer lugar, la guerra de exterminio dictada por la propia naturaleza, la cual, para autodefenderse, reaccionará matando todo lo que la hace daño, incluidos los excedentes tóxicos humanos. La naturaleza supervivirá matando paroxísticamente. Rousseau se equivocaba.

En segundo lugar, se matarán todavía más los hombres y las mujeres entre sí, la gran escabechina. Los diversos poderes se van a resistir organizando una –esta vez sí- guerra mundial termodinámica, la cual agravará de suyo y por sí misma la decadencia planetaria. Somos la mayor máquina de cazar (consumir) y de matar porque el crecimiento de la caza disociado de los recursos acaba con todos los cotos de caza habidos y por haber.

De resultas de lo cual habrá alimentos, muchos menos, pero no todos podrán pagarlos, el aumento de los excluidos crecerá exponencialmente. Cuando la demanda crece, los recursos decaen. Viviremos peor, no podremos volar en aviones, todas las fuerzas espirituales declinarán ante las exigencias perentorias de la supervivencia. Incluso quienes no lo crean vivirán de mal en peor.

Los flotadores para la supervivencia serán los nuevos oasis en pleno desierto. Feliz quien tenga un pozo, un huerto, unos animales que den productos comestibles, casas térmicamente aisladas, sombra, aprovisionamiento energético propio y capacidad de reciclar. A la granja de Orwell. En resumen, no sólo habrá que cambiar la forma de organizarnos, sino la forma de vivir decreciendo o simplemente no creciendo más. La austeridad será obligatoria si se quiere evitar la desertización de los propios oasis. Beatus ille, feliz aquel que tiene un pequeño paraíso.

Hemos tocado techo en nuestra capacidad de sufrir. Ya no hay más cosas por las que merezca la pena sufrir, ni sufrimientos que merezcan el esfuerzo. A vivir, que son dos días. Nada mejor pueden esperar los supérstites o supervivientes. Ahí terminará todo, una vez abolida la voluntad de transformar el carro de la compra en carro de combate.

Por influjo de la compañera sentimental de Heidegger suele hablarse de la banalidad del mal. Pero el mal no es banal, sino su banalización, no hay nada menos banal que el mal. En algo, al menos, llevan razón los enmascaradores y las enmascaradoras del mal, a saber: en que la banalización absoluta de la vida lleva a la plenitud del vacío (es decir, de lo vano), la metáfora estética por excelencia. Qué bella es la pasarela.

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