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TRIBUNA

Acostumbramiento a la indecencia

domingo 14 de agosto de 2022, 19:01h

Jodidos, pero contentos

Ya desde que tiene uso de razón pedagógica, el alumno se acostumbra a obedecer las leyes (jurídicas, médicas, docentes, etc). Los derechos humanos son meros formulario, pues no basta con promulgarlos solemnemente sobre un papel, hay que trabajar también su vigencia. Por no hacerlo, pocas cosas habrán mantenido su esencia tan inalterada en el tiempo como las violaciones y los atentados contra la dignidad humana, sin que ningún siniestro hilo de ignominia se haya roto de verdad. Al final, los instrumentos son las personas mismas.

Lujosos Codes of Ethics, códigos éticos justificalotodo para mayor alabanza de la empresa, la ética empresarial (business Ethics), extraen beneficios sin límite. Proclaman que no debe haber “ni héroes éticos ni mártires que entreguen hasta su vida por el bien común, sino trabajadores y empresarios eficientes”, pero los villanos de la farsa son siempre los peor pagados. Pedir a los ricos que cuiden a “sus” trabajadores queda reservado para gentes de otro planeta. Esta nueva aventura de los consultings éticos empresariales ha demostrado ser un lavado de cara, una prueba más de la capacidad de adaptación de la empresa a los “malos tiempos”, en los cuales los obreros indefensos van a la calle con los códigos empresariales encuadernados con su propia piel.

La empresa no tiene por meta satisfacer necesidades sociales dentro de un marco de respeto a los derechos de consumidores, empleados y proveedores, pues se orienta hacia el beneficio económico a corto plazo. Si alguien toma decisiones moralmente correctas en la empresa habrá de jugarse su puesto, piénsese en la situación de intranquilidad en que se encuentran algunos directivos dignos cuando tienen que tomar decisiones empresariales que ellos sienten en conciencia como inmorales. Se hace obligado replantear el diseño y funcionamiento moralmente correcto de la empresa para que sus miembros puedan comportarse moralmente sin heroicidades.

Comprendemos que hay que ser positivos, dar un margen de confianza, abandonar la actitud derrotista y a la defensiva que nada propone. Pero manteniendo la vigilancia. El verdadero rearme moral de la empresa habría de orientarse en el marco de los derechos humanos asumidos mediante el diálogo comunitario, por cuya virtud una norma institucional deviene justa cuando puede ser aceptada por todos los afectados en un diálogo libre y simétrico; y cuando decimos por todos los afectados estamos mirando también a los afectados que no hablan. Sin embargo, se reduce lo moral a lo legal, olvidando que hay normas legales que son inmorales.

Entonces, ¿qué actitud tomar ante las leyes democráticas legales pero inmorales, acaso acatarlas, contraviniendo la propia conciencia? Ciertamente no. ¿Desobedecerlas? Sí, aunque no resulte cómodo. Lex iniusta non est lex, de ahí la necesaria objeción de conciencia moral frente a las leyes injustas, por eso la única garantía de que los derechos se respeten necesita que los trabajadores estén convencidos de que vale la pena hacerlo. Pero las víctimas laborales mismas terminan empatizando y aceptando las leyes por miedo a ir a la calle. Pocos elevan la humanidad a nuevos destinos.

Primero mi perro, por favor

Primero van los valores de cosas comprables con dinero, luego los valores animales (la perrifamilia), finalmente los valores personales, si están impregnados por los valores anteriores: hoy vale menos un espalda mojada en patera que una foca monje, quizá por la escasez de vocaciones de estas últimas. Hoy se utiliza un buque rompehielos para liberar a una ballena varada, pero por la vida de los negros moribundos de Sierra Leona nadie se compromete. Aunque los humanos tendían a creerse intrínsecamente necesarios al mundo, de hecho sólo lo son una parte suya, y no la más numerosa. Un tribunal de Nueva York acaba de negar el derecho de una elefanta a ser persona contra lo solicitado por animalistas, según los cuales dicho animal posee habilidades cognitivas como las humanas. Contra la “soberbia antropocéntrica”, el animalismo el animal ha devenido lo más humano. Si alguien se empeña en que soy un perro y yo no logro convencerle de lo contrario, ¿qué podría yo, a no ser no tratarle como a un perro, pero procurando que no me muerda? Incluso las escenificaciones zénicas hacen equivalentes los reinos mineral, vegetal y animal atribuyendo la misma responsabilidad a un chinche que a mí.

El célebre mochaorejas mexicano declaró que a sus víctimas secuestrar y mutilar les causaba dolor, pero que él no sentía remordimiento ya que en su entorno jamás pudo aprenderlo, y es que por debajo de ciertos límites de abominación no brota la conciencia moral. Idéntico abotargamiento se da en el mega-empresario que a mi pregunta sobre si quería ser el hombre más rico del mundo (como lo era en ese momento) antes que justo, me respondió impávido que él daba trabajo a medio México, y para eso necesitaba explotar a sus trabajadores. Ni rastro de sindéresis moral, ningún remordimiento.

Por hipertrofia reactiva, hay conciencias escrupulosas, que se sienten culpables si no preguntan al amigo si es alérgico antes de enviarle las flores. Pero también están las conciencias laxas, que de nada se sienten culpables y cuyo número crece. Lo que faltan son conciencias rectas bien informadas que no sólo trabajan para sí, sino también para la universalización del bien. Así pierden humanidad.

¿Examen de conciencia, de qué conciencia?

El análisis o examen de conciencia (hoy llamado meditación) pasa por dos momentos, el primero de los cuales (deliberación, decisión) se mueve aún en el ámbito del mero pensar, y el segundo consiste en pasar a la acción, actuar. Si asumo un deber he de intentar al menos saber hasta qué punto me considero capaz de ejercerlo, es decir, cuáles son realistamente los límites de mi poder, pues ¿qué sacaría yo en claro si sé, quiero y debo, pero me resulta imposible llevar a cabo el deber? Yo puedo hacer algo, pero no puedo hacerlo todo. A lo imposible nadie está obligado. Cabría que la voluntad quiera y pueda, quiera y no pueda, no quiera, aunque pudiera, o ni quiera ni pueda. ¡Y hasta cabe que una parte de mí mismo se oponga a otra parte de mí mismo en su complejo querer-poder! He ahí entonces algunas de las frustraciones más comunes: -No sé lo que puedo, quiero, o debo hacer. -Sé lo que quiero hacer, pero no me atrevo. -Sé lo que quiero hacer, pero no me merece la pena intentarlo. -Soy sinceramente incapaz de dominar mis impulsos. -Sé, quiero y puedo, pero no sé bien con quién podría. Al final, no son pocos los que, en lugar de hacer algo por corregir sus deficiencias, se dicen a sí mismos: -No tiene remedio el mundo, huelo “deber” y me tapo la nariz. -Si lo tuviera, yo no sabría qué hacer ni dónde hallar ese remedio. -Si todo lo anterior fuese superable, yo no sabría con quién asociarme. -Y si también esto último pudiera solucionarse, el cambio sería tan lento, que yo no llegaría a contemplarlo, así que no.

Sin embargo, el poder sigue al ser, allí donde hay ser hay también poder. El minusválido tiene poder ante quien le ama. Hasta un enfermo postrado impotente en su lecho goza al menos del poder de dar lástima. Es que el poder brota no sólo de las capacidades del ser, sino de las fuerzas que nos confieren quienes nos aman. Y, si nos aman bien, ellos nos dirán: los cántaros cuanto más vacíos, más ruido hacen. Quien pierde contacto con el suelo nunca tendrá una idea, ni siquiera aproximada, de la propia estatura: necesidades pequeñas, expectativas moderadas, aspiraciones elevadas. Las voluntades débiles se traducen en discursos, las fuertes, en actos. Basta un instante para hacer un héroe, pero una vida entera para hacer un hombre. No importa que sea de derrota en derrota, si no hay otro remedio, hasta la victoria.

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