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LA BÁMBOLA

Un verano llamado Elvis

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 16 de agosto de 2022, 20:37h

El verano es una lengua de fuego a cuya orilla, lentos y paralizados, masticamos silencio. Los más listos saben cómo no todo viene del calor, sino de familiares locuaces, capaces de hablar catorce días con sus catorce noches, mientras nosotros no despegamos los labios o soplamos. En un verano de comida fría, muchas pastillas, sobrepeso y cierta caricatura de lo que fue un flequillo rompedor, falleció Elvis Presley, cuyos 45 años de su ida celebramos por estas fechas, entre mudos resucitados, capaces de seguir hablando con un corcho de bidón en la boca y los habituales en cada oreja, mayores aún, porque la radio emite pero no oye, trabaja y no descansa, habla y habla.

El muchacho empieza a ser Elvis en otro verano –el de 1953- donde, todavía vacilante pero ya con patillas como espuelas, se adentra en “Sun Records” para hacerle un homenaje a su madre. Iba buscando la muerte y pocos lo sabían, si acaso un ciego a la entrada, quien vio a muchos en casos similares: subir deprisa, disolverse rápido y quedar para siempre. En otro verano, agosto de 1977, la estrella se apagaba. John Lennon dijo que antes de Elvis no había nada, el Rock nace con él, la música pero también el espectáculo, un golpe de cadera como un disparo con americana y camisa blanca recién planchada. Una rebeldía (negra) de chorreras y chorro de voz. Viene de los 50, 60 y 70, donde el jazz es otro navajazo fino, llámese blues o toda la ristra de derivados. El pelo corto, el flequillo revuelto, la mirada larga, las manos rápidas; jazz blues y bebop bebidos a gollete y vomitados de otro modo. 42 años de vida, una sombra para siempre al final de la carretera, mucho desierto por ambas mitades, lengua de fuego donde masticamos luto.

La fiera de Mississippi viajaba a Memphis con trece años y ya era el blanco más negro de toda la historia musical, sin haber recibido una clase en su vida. Sun Records quería música afroamericana, sí, pero no tenía claro que fuese vocal, ese engolamiento y ese fraseo y esas vocales crujientes como hojaldre y esas consonantes como cordilleras en mitad de una tarta gigante, sin nombre. Al nuevo le ponen guitarrista (Winfield “Scooty” Moore) y contrabajista (Bill Black) pero todo salta por los aires cuando el muchacho agarra su instrumento y toca un blues de 1946 (“That´s all right”). Las sombras quedaron en más sombras, los acompañamientos empequeñecían y la estrella crecía: todo el mundo a los cascos oía a un negro, el público aborto, RCA le hace famoso en 1956 con su primer disco, al segundo ya millonario. No se le podía comparar con nadie, según Roy Orbison, ni precisar mucho sus orígenes, y llegaron las películas y la televisión, cada vez más seguidores.

Todos los hijos de la Segunda Guerra Mundial empezaron a seguirle sin cerrar la boca, plagiarios en la interpretación porque con el vozarrón no podían. El ya estaba en las drogas, en la bebida, y en el infarto fulminante, utilizado por todos (Sinatra/Nixon) para señalar el mal con el dedito índice de bajarse la bragueta. Fue una banda de uno solo y mientras trabajaba como camionero lo dijo de broma pero muy en serio: “Si logro que un blanco cante como un negro me haré rico”. Eso es poética, tradición, pasado, vino nuevo en odres viejos y prospectiva. Nos faltan dedos en los pies y en las manos para contar sus millones, discos de uranio, platino, plutonio y kilos y kilos de oro. Todo empezó con un espejo de cuerpo entero (intérprete, actor, cantante) y una libreta donde estudiar discos que no escuchaba nadie (compositor). Se comió el siglo XX de un bocado e hizo de la tecla del piano una llamarada similar a la cuerda de guitarra. “Este solo vale para baladas”, dijo otra luminaria en aquel primer estudio con un ciego a la puerta vendiendo el cupón que era Homero. Para ese se pegó el gustazo posterior de “Love me tender”, con el que se meó hasta el gato, sin despeinarse, a lo suyo, grande.

La crítica ridiculizaba su Hollywood de rebelde de garrafón pero seguía ingresando. El camaleón podía convertir en versátil su voz-casi ventriloquia- y entonces descubrieron una segunda libreta, la específica de las canciones religiosas negras, que podemos seguir llamando blues o como dicten sus señorías, pero que definió el gigante una mañana mientras se peinaba con un tenedor: “Conozco prácticamente cada canción religiosa que se ha escrito”. Unía emoción y acción, y así el agua subía en la pota hasta la pintura completa “Rockabilly”.

Sun Records mandaba un papelito a las acémilas críticas oficiales: “Es crucial el estilo vocal crudo, emotivo, la mala pronunciación y el énfasis en la sensación rítmica del blues con las cuerdas y el rasgueo de la guitarra del country”. La notita era casi de pegar en la nevera pero dentro había mucho más: solos de guitarra, notas acústicas tipo “boogie” ejecutadas de forma simultánea, notas dobladas del “blues”, el góspel que jamás dejaría, etc. El verano letal, sí, fue el de los caramelos, el de las pastillitas, el del frente común a todos los daños invisibles, el de equivocarse con las gominolas y el del trancazo final, seco y definitivo. Elvis fue un mismo verano repetido sin calma ni retroceso posible. Una leyenda, a bocados, cada uno más sabroso que el anterior. Sigue hoy en la alucinación en vivo, sin postal ñoña, auténtica y renovada a cada paso. No tuvo tiempo para el calor ni para el sermón ajeno. Lo suyo, al tocar y escribir, era recordar y al mismo tiempo responder a ese pálpito inmediato sin cambio de frecuencia. Por eso fue verano y regresa como tal, eterno.

Diego Medrano

Escritor

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