Como vivimos en una constante campaña electoral, es decir, todo lo que se decide y hace desde el Ejecutivo (y en la oposición también) está medido y calibrado con vistas a conseguir engatusar al votante, e incluso al futuro votante, no sorprende que ahora se escuche que Pedro Sánchez quiere reducir el número de ministerios con el que ha venido funcionando toda esta convulsa legislatura.
Varios medios de comunicación se han hecho eco ya de lo que podrían ser algunos cambios significativos tanto en Moncloa como en el propio PSOE para encarar unas elecciones que se le están poniendo muy cuesta arriba según todos los sondeos, incluido el CIS.
El presidente del Gobierno, en una forzada visita a la isla de La Palma para preocuparse por los damnificados del volcán, se ha apresurado a decir que eso son solo “intoxicaciones” de la prensa. “No entra en mis planes hacer ninguna crisis de Gobierno”, respondía, casi indignado porque él siempre ha dicho que está “muy satisfecho (incluso “extraordinariamente orgulloso”) con el trabajo de todos sus ministros y ministras”.
Y digo yo: ¿Cuántas veces han “intoxicado” los medios de comunicación con actuaciones y decisiones de Pedro Sánchez y después resulta que estaban en lo cierto? ¿Cuántas veces ha dicho el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE que nunca haría algo y, sin embargo, lo ha hecho? ¿Cuántas veces hemos comprobado y sufrido que el representante de todos los españoles, la cabeza visible de España, ha dicho una cosa y ha hecho la contraria? ¿Cuántas veces nos ha mentido a la cara vilmente?
Sánchez recogerá -ya está recogiendo- lo que ha sembrado todo este tiempo. Evita el cara a cara con la gente de la calle porque teme una nueva y sonora pitada. Huye del contacto directo con el ciudadano de a pie porque los insultos y desprecios “no venden” bien electoralmente. Solo fotos con afines, con militantes. Instantáneas preparadas. También, efectivamente, porque a nadie le gusta que le ofendan a la cara, pero es que es eso lo que él ha hecho con los españoles.
Así, el jefe del Ejecutivo niega que vaya a realizar cambios en el organigrama del PSOE y en los ministerios. No veremos entonces como la ministra de Economía, Nadia Calviño, asume más competencias y gana más peso en el Gobierno porque la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, se dedica más a poner orden dentro del partido.
Tampoco será sustituido el ministro de Interior, Fernando Grande Marlaska, por Antonio Hernando, hoy en labores de Moncloa. Y tampoco habrá noticias sobre cambios en las responsabilidades de Félix Bolaños, Pilar Alegría o Carolina Darias. Curiosidad personal, por otra parte, con cómo acabará la legislatura la ministra de Defensa, Margarita Robles.
De esta forma, Sánchez confirma que no va a reducir el número de carteras ministeriales. ¡Con lo que se ha criticado este exceso de gasto! En cualquier caso, como saben, solo serían en caso de producirse las que afectan a miembros del PSOE porque las verdaderamente inútiles, las que encabezan miembros de Podemos o IU, no se podrían eliminar al estar blindadas “por contrato”.
¿Qué quiere decir que el presidente del Gobierno diga que no va a hacer cambios? Pues que, probablemente, sí los haga. Si me permiten el símil futbolístico, es como cuando en un club de fútbol confirman la continuidad del entrenador ante una mala racha de resultados. En el 90% de los casos, el entrenador se va a la calle la semana siguiente.
La realidad incontestable es que, con una recesión a la vista, en plena escalada inflacionaria, y, sobre todo, con las encuestas totalmente en contra, el PSOE necesita cambios. No será rara la enésima crisis de Gobierno. Del mismo modo, prepárense para más paquetes de medidas urgentes. Todo esto es síntoma inequívoco de declive, caos, ruina y calamidad.
No hay recambios válidos. ¿Quién hipoteca su credibilidad, profesionalidad y experiencia en un Gobierno de coalición vendido al nacionalismo de ETA y separatismo? Sabe que quedará marcado de por vida como el que formó parte del Ejecutivo multitudinario e inflado del PSOE y Unidas Podemos. Solo aceptarán los que han vivido siempre del partido y esperan una recompensa a modo de recolocación después. Es decir, están disponibles los “canteranos”. No hay crédito para “fichajes”.
El problema para Sánchez es que no tiene banquillo y, por terminar con la comparación futbolística, por muchas rotaciones que haga no encontrará el equipo adecuado. Quizá entonces, ante la falta de dirección y de gestión, debería pensar que la única salida solo esté en que dimita el presidente del club… o del país.