La novela Abel Sánchez. Una historia de pasión, publicada en 1917, tres años después de Niebla, intenta apoderarse de la intimidad del personaje: “Empecé a odiar a Abel con toda mi alma, y a proponerme a mi vez ocultar ese odio, abandonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. ¿Odio? Aún no quería darle su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nací al infierno de mi vida”. Esto ocurre a Joaquín el día de la boda de su amada prima Helena con Abel, su amigo íntimo, a quien odia a la vez que ama: “El odio a Helena, y sobre todo a Abel, porque era odio, odio frío cuyas raíces me llenaban el ánimo, se me había empedernido. No era una mala planta, era un témpano que se me había clavado en el alma; era más bien mi alma toda congelada en aquel odio. Y un hielo tan cristalino que lo veía todo a su través con una claridad perfecta”. Frío es el calor del odio. Intensamente frío lo es en grado máximo: a partir de ese momento Joaquín no va a ser Joaquín, sino el que odia a Abel, el que necesita a Abel para ser, aquel cuya autoconciencia es el odio, forma extenuante de conocer.
Joaquín necesita que viva Abel para vivir él mismo, Joaquín, parasitismo existencial sin mezcla de identidad personal alguna fuera del odio. A mayor incremento de odio, mayor mengua de ipseidad: necesitar al otro para no ser sí mismo. De ahí también su consecuencia perversa: convertirse al otro para ser uno mismo no siéndolo, no siendo uno mismo, con-versión sin mezcla de diversión (di-versión). Conversión perversa que entraña la liberación del odio que constituye ya a la persona de Joaquín, que tampoco podía ser marido de su mujer porque no era dueño de sí, sino una simple res nullius, cosa de nadie. Cuando se casa con Antonia, la hija de la señora a quien cuidó como médico hasta su muerte, también su relación estaba llena de vacío: “¿Pero llegué yo a querer de veras a mi Antonia? Ah, si hubiera sido capaz de quererla, me habría salvado. Era para mí otro instrumento de venganza. Queríala para madre de un hijo o de una hija que me vengara. Aunque pensé, necio de mí, que una vez padre se me curaría aquello. Mas ¿acaso no me casé sino para hacer odiosos como yo, para transmitir mi odio, para inmortalizarlo?”.
De nuevo la muerte del amor entraña la eternización del odio: “Vi que aquel odio inmortal era mi alma. Ese odio pensé que debió de haber precedido a mi nacimiento, y que sobreviviría a mi muerte. Y me sobrecogí de espanto al pensar en vivir siempre para aborrecer siempre. Era el Infierno. ¡Y yo que tanto me había reído de la creencia en él! ¡Era el infierno!”. Allá donde fuera Joaquín, allá llevaría a cuestas su infierno, eso estaba claro para Joaquín: “Esta idea de que ni siquiera pensasen en mí, de que no me odiaran, torturábame más que nada. Ser odiado por él por un odio como el que yo le tenía era algo y podía haber sido mi salvación. ¿Por qué no me odia, Dios mío, por qué no me odia?”. Pues si hubiera habido la misma intensidad en el intercambio de odios, al menos habría habido una relación, pero la ausencia del odio ajeno contra el mío propio crea una todavía más odiosa despotenciación de mi propio odio; dicho de otra manera, si el otro no me odia, mi yo no existe: ¡un yo odiador que además no existe como ser, maldito infierno!
“Por qué no me odia, Dios mío, llegó a decirse, por qué no me odia? Y se sorprendió un día a sí mismo a punto de pedir a Dios, en infame oración diabólica, que infiltrase en el alma de Abel odio a él, a Joaquín. Y otra vez: ‘¡Ah, si me envidiase…si me envidiase!’. Y a esta idea, que como fulgor líquido cruzó por las tinieblas de su espíritu de amargura, sintió un gozo como de derretimiento, un gozo que le hizo temblar, hasta los tuétanos del alma, escalofríos: ¡Ser envidiado! ¡Ser envidiado!”. Inevitablemente, el odioso odiador tiene que echar la culpa a todo lo que se mueva: “¿Por qué he sido tan envidioso, tan malo? ¿Qué hice para ser así, qué leche mamé? ¿Era un bebedizo de odio? ¿Ha sido un bebedizo mi sangre? ¿Por qué nací en tierra de odios, en tierra en que el precepto parece ser odia a tu prójimo como a ti mismo? Porque he vivido odiándome, porque aquí todos vivimos odiándonos”.
Georges Brassens sabía lo que cantaba: “Si Dios existe, exagera”. Como escribe Albert Béguin, “sólo el pecador que ha experimentado la tiranía de Satanás y aprendido así de qué libertad disponía para arrancarse de ella, asciende desde el fondo más bajo a fin de ofrecer a Dios esta misma libertad que procede de Él. Y es por haber entrevisto las llamas del infierno por lo que la criatura se arroja a la combustión del amor divino, que debe un día transformarla en un horno”[1]. Quienes pasan su vida envidiando no haber enviado lo suficiente, nunca matarán lo suficiente. Acusado de asesinato James Rodgers, y preguntado por su último deseo, respondió: “Un chaleco antibalas”. Mas no cayó esa breva.
Mientras tanto, en el cotidiano vivir, la gente busca la fama, la pasarela, salir en los programas cutres de la tele, ser vista, tener seguidores, sobre todo para que la envidien. Y a fe que algunos lo logran, aunque la mayoría siente envidia de quienes lo logran, aunque sea imitando. Es una envidia barata. Hasta para envidiar hace falta tener clase.
[1] Béguin, A: Léon Bloy, místico del dolor. FCE, México, 2003, p. 29.