La longeva monarca británica que parecía a veces incombustible, ha fallecido en Balmoral, su residencia escocesa, allá en la patria chica de su madre, la sí centenaria Isabel Bowes-Lyon, cuando apenas cuarenta y ocho horas antes la vimos erguida recibiendo a su decimoquinta primera ministra. Un caso inusitado por tal contexto. Es verdad que asistimos a ver la Historia y el fin de una era.
La monarquía británica, quiérase que no, posee un halo particular y una importancia histórica que no comparten sus pares europeos. Y no de ahora.
Lo que parecía una alerta médica rutinaria fue sepultada por la noticia del deceso de la soberana. Sin más. Debimos sospechar que algo no andaba bien cuando semanas atrás no pudo atender todas las festividades del Jubileo de Platino. Delegar y reducir su agenda, la consiguiente más frecuente aparición del Príncipe de Gales en diversos actos públicos, las cancelaciones… y cuando el Duque de Cambridge se mudó cerca de Windsor a donde la reina decidió retirarse. Después de todo, eran movimientos de alguien muy directo en la línea de sucesión, avisando que las cosas estaban cambiando alrededor de la reina y eran síntomas de debilitamiento. No cabe duda de que la partida del príncipe consorte fracturó su resistencia. ¿Era todo ello, premonitorio? Al final, falleció en Balmoral, donde nunca antes lo hizo ninguno de sus predecesores. La mujer que vio transformarse y perderse al Imperio británico y que rompió tantas marcas regias en un extenso reinado que aún no sabemos si se consolidará llamándolo segunda época isabelina, tal y como la aludimos años atrás en esta columna y la premier Truss lo hizo en su escueto mensaje de pésame a la Corona británica y a la nación, finalmente no consiguió como lo auguré la semana anterior que sí lo conseguiría, desbancar a Luis XIV en detentar el reinado más prolongado de la Historia.
Tengo el honor de presentar las palabras de personas ligadas al Reino Unido, quienes generosamente nos comparten su sentir en estos momentos y a quienes externo mi agradecimiento. Elizabeth Card, quien se define como británica de sangre con raíces mexicanas, apunta: “¡La Reina ha muerto, viva el Rey! Después de 7 décadas de reinado, la soberana del Reino Unido ha partido a reunirse con Jorge VI, su amado padre. Isabel II accedió al trono sin haberlo deseado, el amor a su país la envolvió de fortaleza para enfrentar los diversos eventos ocurridos durante su reinado. La entereza que en todo momento demostró, fue determinante para ganar el respeto del mismo Churchill y de su propio pueblo. Hoy se derrumbó el puente de Londres y deja en el corazón de los británicos un vacío difícil de llenar”.
Desde Manchester, Lynn Collinson puntualiza: “Me siento realmente triste por el fallecimiento de nuestra Gran Reina Isabel II. Ella fue la monarca que más tiempo reinó Gran Bretaña y será profundamente echada de menos. La Reina asumió el trono a muy corta edad cuando lamentablemente falleció su padre, recién había contraído nupcias con el Príncipe Felipe y juntos formaron un gran equipo para reinar y regir a nuestra gran nación. Trabajó incansable y profesionalmente a lo largo de su reinado y hoy, nosotros los británicos y miembros de la Commonwealth al rededor del mundo, la extrañaremos y guardaremos luto”.
Isabel II es un personaje que sin tener poder político, siempre estuvo. No se trata de hacer de sí una hagiografía. Iba con su tiempo, laboró en pro de su país hasta el último momento, prácticamente. Deja una honda huella como lo hizo su tatarabuela Victoria, pero ha muerto en malos momentos. Si a Victoria la nubló la segunda guerra bóer que no vio concluir con el triunfo británico, Isabel se va en plena crisis de gobierno, con inflación, pandemia y desempleo, descapitalización y con un Brexit que determinará el futuro británico inmediato y mediato –que proseguirá con la mano firme de la Truss– y mientras se envalentonan los escoceses planteando de nuevo la independencia, dejando hasta pendientillos diversos como el futuro rol del segundón Harry, que ahora es el hijo del rey británico y no puede ir por ahí jugándole al sujeto de a pie sin asumir responsabilidades propias de la regalía. No es la primera vez que se habla de conseguir la perdurabilidad del Reino Unido, mas ahora nos resulta particularmente apremiante y es real el desafío.
No puede dudarse de que Isabel II tuvo el don del saber estar y supo sortear las crisis que la envolvieron. Dominó llevar con dignidad una institución que es tan cuestionada en nuestro tiempo. Supo estar fuera de los escándalos ajenos en primera persona hasta donde le fue posible y defendió lo que consideró propio, desde su estatus hasta Gibraltar o Malvinas. En el estrecho margen que tuvo, movió sus cartas. Y al final, era más la viejecita venerable que otra cosa. Muy disminuida, por lo demás, consumiéndose muy rápidamente.
Hay una sensación extraña flotando en el ambiente. Cuando murió la reina Victoria, los británicos se llamaban a huérfanos y veían con incertidumbre el futuro. Faltaba quien siempre estuvo allí, según recordaban. Eso mismo siento en estos momentos. Siempre estuvo allí, Isabel II. Con sus más y sus menos, pero siempre. Con su muerte confirmamos que sí era cierto aquel extraño recuento mórbido de procederes intitulado “El Puente de Londres ha caído” ideado por ella décadas atrás (1960). Y nos hemos enterado de los otros pasos a seguir en el regio relevo ya verificado en el Reino Unido e, incluso, de usos esperados en la Mancomunidad Británica de Naciones.
Años atrás en varios países de la Mancomunidad debatían si al fallecer la reina, debía ya de cortarse el nexo simbólico de su titularidad como su jefa de Estado. Canadá o Australia lo debatieron, Fiji y Barbados lo hicieron en vida de la monarca. Esa continuidad y cómo será recibida Camila por los británicos y no británicos, son dos incógnitas no menores en aras de la institución, así como el título largo definitivo de Carlos III, cuando el otrora Príncipe de Gales ha elegido un nombre que infortunadamente cuenta con antecedentes nada loables en sus dos predecesores portadores del mismo. Carlos III, el rubicundo asemejado a Jorge IV.
En estos momentos históricos, aguardando la proclamación del nuevo rey, mientras sus súbditos aún cantan en los estadios de la Premier League un God Save The Queen que está a nada de ya mudar por el “King”, me recuerdo una antigua frase que rezaba “Inglaterra caerá el día que colapsara la monarquía, quebrara el Banco de Inglaterra y se arruinara la flota mercante”. Por lo que toca a Isabel II mantuvo un alto sentido del deber y, así, la monarquía a flote. Fue una ardua tarea. Ahora el reto es para Carlos III, quien pese a su edad, puede cobrar nuevos bríos. La reina no abdicó. Ese puede ser su ejemplo y aliciente. Y aprisa deberá entrenar a Guillermo, porque no pasa desapercibido que apenas este año se presentó a la apertura del Parlamento. Acaso ya es tiempo de menos fotos y más deberes para el futuro Príncipe de Gales. La Magdalena no está para tafetanes, que eso de reinar no es cosa de popularidades, sino de responsabilidades. La primera ministra Truss definió a Isabel II como “la roca sobre la que se construyó la Gran Bretaña moderna”. Esa es la clave para sus sucesores. Eso sí, hablar de rey y no de reina, costará un tiempo acostumbrarse. Después de todo, 70 años fueron muchos años.